030 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Corazón Roto, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
Mi madre me mataría con sus propias manos si llegara a descubrir dónde me hallaba en este momento y, sobre todo, con quién. Había logrado fugarme del castillo luego de dos horas después de la hora de dormir. Fue complicado y, por un breve instante, Elyssenaia casi me descubre, pero al parecer tenía tantas cosas en la cabeza que me ignoró. Solo esperaba llegar cuanto antes y poder dormir… o fingir hacerlo.
—Vendrás conmigo al paraíso esta noche, Elennaia —declaró Neferity, sonriendo en grande, como si lo que hubiera dicho fuera la mejor idea del mundo—. Por fin lo conocerás después de tanto tiempo.
Fruncí el ceño y entreabrí los labios. No era cualquier sitio; lo llamaban el paraíso en la tierra, un lugar en el que el lujo y el placer se entrelazaban en un espectáculo cautivador, y donde solo entraban los más poderosos de todo el imperio: funcionarios corruptos, cazadores con complejo de dioses y guardias que se creían intocables. La escoria con más dinero, básicamente. Un negocio sucio, pero muy lucrativo.
Neferity trabajaba ahí desde los quince años para ayudar a su madre enferma con los gastos del pequeño hogar que arrendaban. No podía atreverme a juzgarla por sus decisiones; las monedas que ganaba siendo una mujer de esas era absurdamente bueno. Pero tampoco me gustaba saber que mi mejor amiga era una… prostituta.
—¿Estás jugando conmigo, Neferity? —hablé soltando una risa incrédula—. ¿Recuerdas que soy la hija de un hombre reconocido por todo el imperio? Poner un pie ahí, en medio de toda esa gente repulsiva, es una chifladura. Sería mi sentencia de decapitación públicamente.
—No seas exagerada, Lenna. —Rodó los ojos, sin dejar de sonreír de esa manera tan hermosa. ¿Cómo era posible que un humano sufriendo, sonriera como si nada le pasara?—. No todas las personas que van ahí son tan horribles como lo parecen. Te lo aseguro. Créeme.
—Si alguien va a esos lugares, tan decente no puede ser. —Me crucé de brazos, evitando su mirada, incómoda—. Me parece muy ordinario.
—¿Recuerdas que trabajo ahí? —Curvó una ceja.
Suspiré pesadamente, relajando mis brazos, estresada. No me gustaba recordar que Neferity debía permitir que varios hombres asquerosos tocaran su cuerpo solo para poder sobrevivir como cualquier otra persona. No sentía repulsión por ella… pero sí por todos esos: hombres con esposas, con hijas, aquellos que la sociedad respetaba, pero que en la oscuridad buscaban lugares como ese para tomar a mujeres que, en muchas ocasiones, como Neferity, ni siquiera querían estar ahí. Lo sabía porque ella misma me lo había dicho en incontables momentos: detestaba la forma en que la tocaban, cómo su piel se estremecía de repulsión, cómo terminaba llorando después de salir de cada alcoba. Verla de esa forma solo me estremecía completa.
Le había implorado que lo dejara, que yo le pediría a mi padre que le consiguiera otro trabajo, uno más decente, donde no tuviera que sufrir humillaciones ni desprecio, pero nunca aceptaba. No sabía si era por miedo a lo que pudiera pasarle si lo hacía, o porque la cantidad de monedas que recibía era demasiado tentadora como para rechazarla.
—No te estoy juzgando a ti, Neferity —murmuré con sinceridad, apoyando mis manos en sus hombros, intentando darle una sonrisa tierna—. Sé que tienes necesidades. Los juzgo a ellos por lo que hacen.
—Tengo que aprovechar mi belleza mientras pueda. —Sus hombros se encogieron, ligeramente tensos—. El tiempo no perdona jamás, Elennaia. En unos años solo será un horrible recuerdo que desearé sacar de mi mente. Mientras tanto, me toca vivir de esta manera, y fingir que está bien. —Torció los labios en una mueca llena de tristeza.
En algo tenía muchísima razón: su belleza era hipnotizante, difícil de arrancar de la mente. Su cabellera larga y ondulada, me recordaba al dorado del trigo bajo la luz del sol. Y sus ojos, de un azul marino, solían observarme con una intensidad peculiar; no era algo desagradable, pero me resultaba extraña. Mi mejor amiga era hermosa.
—Podrías encontrar un marido que te ame, Neferity —propuse, casi con miedo, acercándome más a ella—. Hay muchas opciones en las que puedes aprovechar tu belleza. No solo vendiéndote. Lo digo en serio.
—No me interesa tener un esposo. No sirvo para estar detrás del trasero de un hombre todo el tiempo. Además, ¿quién aceptaría a una mujer como yo como esposa? —Soltó una risa breve, carente de humor—. Nadie, definitivamente. Ya estoy usada, como dicen todos.
Sus palabras no fueron sorpresa para mí, pero, aun así, seguían dejando un sabor ácido en mi garganta. Sabía que, en esta sociedad, una mujer como ella, marcada por tantos prejuicios, jamás sería vista como alguien digna de ser convertida en una esposa. Y, sin embargo, eso no significaba que no lo mereciera tanto como otras. Neferity era una persona muy buena, solidaria y empática, y con eso debía bastar.
—Pero Neferity...
—Olvida eso. —Puso un dedo sobre mis labios, silenciándome—. Mejor acompáñame. Por favor. Por favor. Por favor… Di que sí. Sí. Sí.
Volví a suspirar, sin decir nada más. Neferity sonrió y comenzó a escarbar en su closet hasta que sacó un vestido que dejaba mucho a la vista. Ni en mis peores pesadillas me pondría algo así. No combinaba con mi cualidad, ni con mi dignidad, ni con nada que gritara Elennaia.
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Editado: 05.01.2026