⚠️ Advertencia de contenido
Este capítulo aborda situaciones de abuso sexual y sus consecuencias emocionales. La lectura puede resultar perturbadora o desencadenante para algunas personas. Se recomienda discreción y cuidado personal.
030 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Corazón Roto, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
Mi abuelo no tardó en acercarse a mi hecho una furia y cerró su mano sobre mi hombro con tal fuerza que un chillido de dolor escapó de mis labios temblorosos. No quise levantar la mirada. No podía hacerlo. Mi respiración era errática y mi mente encerrada en el miedo.
—¿Qué haces aquí, Elennaia? —preguntó con un tono violento que me hizo tragar fuerte—. ¡Responde ya! ¿Qué haces en este maldito lugar cuando deberías estar en tu cama? ¡Abre esa maldita boca, mujer!
—Abuelo… yo no quise… —Un golpe fuerte en la mejilla me hizo tragar cada una de mis palabras, provocando así que mi cabeza diera vueltas, y un zumbido agudo me dejó aturdida por varios segundos.
Apenas pude recuperar el aire cuando sus dedos sé hundieron en mi cabello, sacándome otra vez un gemido fuerte, y me arrastró sin compasión —tirándome al suelo, como si no fuera más que un animal salvaje—, hacia la puerta que brillaba con una tenue luz carmesí, indicando la salida de emergencia. Quise despegar sus manos de mí, pero no lo conseguí. Lo intenté varias veces, obteniendo el mismo resultado. Las miradas de los demás que se encontraban ahí se clavaron en mi cuerpo, pero ninguno se atrevió a salir en mi defensa. Mis ojos se conectaron con las miradas de algunas personas que solo negaban con la cabeza; otros parecían divertidas por mi sufrimiento.
El sonido de mi cuerpo siendo arrastrado sobre las piedras se mezclaban con mis sollozos y súplicas por piedad, hasta que mi abuelo me lanzó dentro del auto. Las lágrimas calientes corrían por mi rostro mientras el traqueteo rápido me mecía hacia un destino desconocido.
—Abuelo, perdóname por favor. —Mis rodillas tocaron el suelo del auto, e intenté tomar las manos de ese hombre que me veía con decepción. De un manotazo, mis manos se alejaron rápido de las suyas.
—¡Desvergonzada! —me gritó, elevando la mano para darme otro golpe que me sacudió la cabeza—. ¿Eso es lo que te ha enseñado tu maldita madre, Elennaia? ¿A ser una perra busca hombres? ¡Responde, muchacha desubicada! —Su mano se cerró en mi mejilla, elevando mi mirada hacia sus ojos—. No sabes ni tender una cama, pero bien que te la pasas buscando hombres. ¡Muchacha desgraciada!
—Abuelo, no es cierto eso que dices —expliqué entre sollozos—. Te lo juro por los dioses, yo no estaba ahí buscando hombres. —Abulté los labios, respirando con dificultad, atrapada por el miedo—. ¡Créeme, te lo imploro! ¡Fue un error, lo reconozco, sí, pero… no me hagas nada!
—¡Cállate, mujer! —Su pie me lanzó contra el asiento, sacándome todo el aire que tenía contenido en el estómago—. ¡Ahora arreglamos!
—Abuelo, por favor —rogué, casi sin aire—. ¡Por favor, perdóname!
—¡Guarda silencio, Elennaia!
Asentí, con los labios temblorosos.
Después de unos minutos llegamos gracias a que los guardias activaron un portal. No entramos por la puerta principal. No. Él conocía otra que yo no: una que se encontraba cubierta por grandes arbustos. Tras de ella, nos esperaba una escalera metálica que se sintió interminable para mí. Apenas podía con mis piernas lastimadas, pero él me empujaba a continuar, hasta lograr subir al octavo piso, donde no había nadie. Nunca había nadie, y me generaba un pánico visceral.
El aire apestaba a velas derretidas, a soledad, a abatimiento, y sentía que todas las puertas estaban demasiado lejos entre sí. El pasillo era tan extenso que ni siquiera parecía tener un maldito final. Parecía extenderse más allá de ese fondo repleto de oscuridad, donde podía ver sombras alargadas moverse como si tuvieran vida propia. Mi cuerpo se tensó, los músculos me dolían y mis huesos se congelaron de golpe, sacándome un sonoro chillido de dolor, mientras mi abuelo seguía arrastrándome por el tenebroso pasillo hasta que se detuvo, pero eso no me calmó. Podía escuchar un silbido en mis oídos, un silbido bajo, lento, aterrador, como si fuera el aviso de algo espantoso.
La puerta de madera blanca frente a nosotros era demasiado vieja, tanto que parecía que en cualquier momento se caería al suelo. Dentro solo había una débil vela parpadeante sobre una mesa de metal. Las paredes estaban cubiertas por mantas gruesas de color blanco que se movían gracias al aire entrante por las grandes ventanas medio abiertas. Mi corazón comenzó a moverse a un más rápido, retumbando en mis dos oídos mientras mi cabeza se movía de un lado al otro, en completa negación: no debía entrar ahí. No quería hacerlo, pero tampoco tuve otra opción, porque él me lanzó al suelo dentro de la habitación, como si fuera un trapo viejo, provocando que mis labios besaran la piedra llena de mugre, y la puerta se cerró detrás de mí.
—Solo mírate, Elennaia... —escupió con desprecio, subiéndose encima de mí—. Pareces una cualquiera. ¿Eso eres, Elennaia? ¿Una puta que se ofrece al primero que te mira esas malditas piernas desnudas? —Su mano se cerró sobre mi cuello, cortándome la respiración de golpe—. Eso es lo que eres... —Apretó más fuerte. Tomé sus manos, queriendo apartarlo, pero no conseguí hacer nada—. ¡Una maldita zorra que anda provocando hombres! Pues te voy a enseñar lo que significa estar con uno de verdad, muchachita libertina de mierda.
#9489 en Fantasía
#17684 en Novela romántica
#3286 en Chick lit
feminismo, mujerespoderosas, fantasía drama romance acción misterio
Editado: 05.01.2026