020 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Viento Susurrante, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
Me cubrí la boca con ambas manos, perpleja. Ella estaba de rodillas, tratando de protegerse con las manos, lo que era una tarea difícil. Su piel estaba abierta en varios lugares, y ver aquello hizo que mi estómago se revolviera rápido. A pesar de todo eso, ella seguía respirando. Seguía ahí, suplicando por su vida. O lo que quedaba de ella. Un hombre detrás de mi le lanzó otra piedra, y la vi volar en un arco lento antes de impactar en su hombro. Ella soltó un grito que se metió en el fondo de mi cabeza, dando vueltas. Miré a Lunarys, quien tenía la mandíbula apretada, unos centímetros apenas delante de mí.
Otra piedra. Otro perverso golpazo, y el cuerpo de esa mujer se inclinó hacia un costado, como si ya ni siquiera pudiera sostenerse. Tragué con fuerza, incapaz de moverme. Mi respiración era un torbellino desordenado y mi estómago se retorcía cada vez más como si quisiera expulsar algo que no estaba ahí. Volví a tragar, asqueada.
Una parte de mi mente —la que había sido educada, obediente, moldeada para seguir las leyes al pie de la letra— me decía que ella había hecho algo terrible para merecer un castigo así, frente a todo el mundo, sin compasión. Pero… frente a mí no había ninguna criminal. No había un ejemplo para escarmentar. Solo había una mujer deshumanizada, tratada como si no fuera persona, sino animal. O eso quería creer. Porque en su mirada… en su mirada solo había malestar.
Comencé a retroceder, tomando el brazo de Lunarys para alejarnos de esa desagradable escena, pero ella se soltó de golpe y corrió hacia aquella mujer, interponiéndose entre algunas piedras y ella, dejándome sorprendida. Me quedé en blanco cuando se quitó la camisa y se la puso a la mujer rápidamente, quedándose apenas en sostén blanco, casi transparente. ¿Qué estaba haciendo Lunarys al ayudarla? Solo estaba provocando que la miraran de esa forma tan horrible. Se levantó junto a la mujer y se volvió hacia la multitud, sin soltarla, y yo me sentí pequeña, insignificante. Parpadeé rápido, confundida. Sin embargo, no me acerqué a ella, fingiendo no conocerla.
—¡Aléjate de esa prostituta sin dignidad! —vociferó un hombre a mi lado—. Terminará ensuciándote con su impura sangre de libertina.
—¿Quién os creéis para juzgarla? —replicó Lunarys, furiosa, con la mirada fulminante—. ¿Acaso alguno de ustedes es un dios puro para decidir sobre su vida? ¿Acaso algo más grande que un venerable dios?
Nadie respondió.
Desvié la mirada, incómoda.
—¿Acaso ustedes poseen un cuerpo libre de toda culpa?
Era la primera vez que veía a alguien defender a una mujer como lo hacía Lunarys, con esa fortaleza, sin ese miedo a que le hicieran daño. Su mirada iba de un lado a otro, esperando una respuesta que no llegaba. Parecía que nadie iba a decir nada, porque ella tenía razón: no podían juzgar a esa mujer, porque ellos no eran libres de pecado.
—Elennaia —llamó Lunarys, mirándome—, vámonos.
Hice una mueca de desagrado puro, volviendo a desviar la mirada. Muchos pares de ojos se clavaron en mí, haciéndome sentir incómoda, pequeña, como si de verdad fuera algo que llegó de otro universo. No quería que me vieran, no quería escuchar murmullos, mucho menos irme con ellas; no porque hubieran hecho algo malo, sino que… me daba vergüenza. Esa mujer era una prostituta, una persona que se vendía a cualquier hombre. Y yo no estaba de acuerdo con eso; no me importaba que Neferyn, mi mejor amiga, lo fuera, pero aun así me incomodaba estar tan cerca de ella: verla, olerla, sentir su presencia.
—Elennaia, vamos —insistió Lunarys, y yo me encogí, asustada.
Mi corazón latía con tanta fuerza que sentía que en cualquier momento terminaría saliendo de mi pecho. Sin embargo, cerré los ojos por unos segundos, llevando aire a mis pulmones y di un paso hacia delante, dejando de lado mi orgullo, y por un corto instante, mi miedo.
Pero no ayudé a la mujer a caminar como lo hacía Lunarys; solo caminé adelante, con la vista alzada, tratando de fingir que ellas no estaban conmigo. Sabía que estaba siendo egoísta, pero, Dioses, sentía un remolino de emociones en mi pecho que me hacía sentir vulnerable.
Llegamos a la casa tras unos minutos que se sintieron eternos para mí, donde la incomodidad no me liberaba. Los guardias nos miraban extrañados. Mejor dicho, a Lunarys; a mí ni siquiera me determinaban. Les pedí que me pasaran algunas bolsas, y la puerta se abrió cuando me puse delante de ella. Para nuestra suerte, no había nadie ahí, por lo que Lunarys se apresuró a llevar a la mujer a su alcoba: un espacio amplio, con una cama pequeña, una ventana que daba hacia el palacio y recortes de periódicos en las paredes, cubiertas con pintura terracota.
Lunarys ayudó a la mujer a sentarse en la cama, quien soltó un gemido audible, y yo me pegué a la pared, cruzándome de brazos, incómoda. No sabía qué hacer ni qué decir. Solo me quedé ahí, viendo cómo Lunarys rebuscaba en su clóset hasta sacar una pequeña caja de metal con utensilios para curar heridas. Se sentó frente a la mujer, preparándose para atenderla, y yo solo hice una mueca de repugnancia.
—¿Cuál es tu nombre? —le preguntó Lunarys a la mujer.
—Soy… —Hizo una mueca, cerrando los ojos—. Soy Willoden.
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Editado: 20.01.2026