046 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Corazón Roto, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Cuando la noche cayó, se obligó a levantarse de la cama, perezoso. Se ajustó el oscuro uniforme y arrojó el fusil pesado sobre su espalda. Se acomodó la capucha, ocultando su rostro, y salió a paso lento hasta la sala, donde ya sabía que no había nadie. Amaralyan estaba encerrada en su habitación, escuchando música a todo volumen mientras cantaba a exclamaciones; su madre alimentaba a los animales del jardín; su padre trabajaba en el puesto que Zareth quería para sí mismo. No deseaba la muerte de su padre —lo amaba demasiado—, solo quería que se retirara de una vez y le cediera el título de Magistrado de Guerra, aunque él aún no llegara a los treinta años.
Colocó la carta que había escrito hacía unas horas sobre la mesa y chasqueó los dedos, apareciendo nuevamente en la Corte Suprema, donde había tantos criminales siendo llevados a las celdas que no pudo evitar reír para sus adentros, desalmado. Buscó a Arael con la mirada hasta dar con él, conversando con una cazadora que se había graduado hacía apenas unos meses, aunque ya era reconocida por su capacidad. La mujer le dedicó a Zareth una sonrisa y una reverencia temblorosa antes de alejarse con rapidez, dejándolos solos. Arael, sin perder la compostura, pasó un brazo alrededor de sus hombros y comenzaron a caminar, con algunas miradas posándose en ellos sin descaro alguno.
—Iremos al castillo donde vive D’Allessandre —susurró, asegurándose de que nadie los escuchara, y Zareth lo miró de reojo, tensando los músculos—. Conocerás a su padre y, por supuesto, podrás distinguirla a ella con claridad. Quiero que te grabes en la cabeza cada una de sus facciones: la manera en que camina, cómo habla, cómo trata a los demás. Recuerda siempre, muchacho, que hay brujas capaces de adoptar la apariencia de otras personas con una magia que desconocemos. Así te será más sencillo reconocer a D’Allessandre en caso de que su identidad llegue a ser suplantada por una bruja maldita.
—Sigo pensando que esta es una muy mala idea —expresó él, con la quijada apretada—. ¿Y si todo se arruina, Arael? ¿Qué haremos? Aunque no quiera admitirlo, las malditas brujas son muy poderosas. ¿Qué tal que yo no pueda proteger a esa… mujer como tiene que ser?
—Confío demasiado en ti, Zareth —dijo Arael con la seriedad que estremecía a muchos, menos a él, sin dejar de caminar—. Sé que eres capaz de cuidar a D’Allessandre muy bien, o de lo contrario habría buscado a otro imbécil que lo hiciera. Sé que es una situación muy compleja, para la que quizá no estés entrenado, pero es tu deber. Mejor dicho: es nuestro deber proteger a la gente. Y si esa mujer tiene en sus manos el destino de esas personas, quiero que seas tú quien se asegure de que nada malo ocurra. Estuve contigo desde que eras un potrillo. Te entrené muchas veces. Sé de lo que eres capaz, hombre. Lo sé bien.
Zareth asintió con la cabeza, y Arael chasqueó los dedos. En cuestión de segundos, se encontraron dentro de un despacho oscuro con un fuerte olor a vino y una chimenea dorada, proporcionando un leve calor. Había varios cuadros pegados a la pared del consejero junto a su familia. Zareth entrecerró los ojos al notar como en ese retrato la única hija y su madre estaban detrás mientras los demás se encontraban sentados, como si fueran reyes. Le pareció muy gracioso, pues su padre jamás permitiría algo así con las mujeres de su familia.
La puerta se abrió después de varios minutos, donde Zareth ya estaba perdiendo la paciencia. Levantó la mirada, encontrándose con el tan famoso Vermon, un hombre oscuro de mirada cansada ya fuera por los años que llevaba encima —aunque tuviera solo cincuenta y cinco— o por su ardua labor como consejero del emperador, un trabajo tedioso cuando se trataba de una persona tan necia como su majestad.
—Arael —murmuró Vermon, con una sonrisa, saludando al hombre con un apretón fuerte de manos—. Me alegra que ya estés aquí, por fin.
—Lo mismo digo, Vermon —dijo Arael antes de dirigir la mirada a Zareth—. Te presento a mi mejor hombre: el comandante Zareth, es el hijo mayor del Magistrado de Guerra, Caelstrom. Será el responsable de la seguridad de tu hija hasta que pase todo el peligro de las brujas.
—¿Cómo puedo confiar en él? —preguntó con su voz áspera, recorriendo a Zareth con un gesto de desconfianza. No podía darse el lujo de aceptar sin cuestionar nada, pues se trataba de la vida de su única mujer—. No quiero que cualquier hombre cuide a mi Elennaia.
—Tampoco me emociona cuidar de una persona como un perro faldero —soltó Zareth, cruzándose de brazos, sin apartar la mirada de Vermon—. Si Arael me lo pidió, es porque confía en mí más que en cualquier cazador en la corte, ¿no cree usted eso, señor D’Allessandre?
—Ten fe en mí, Vermon —intervino rápidamente Arael, notando cómo la tensión crecía como humo—. Las canas en mi cabeza son más que pruebas suficientes. Nunca he fallado en una misión para proteger al imperio, y nunca fallaré para proteger a una mujer. Zareth es la persona indicada para esta tarea. Le confiaría incluso mi propia vida.
Vermon asintió y les ordenó que lo siguieran por el pasillo sombrío hasta llegar a unas escaleras de piedra, por las que subieron en silencio antes de volver a otro pasillo que terminaba en una sala grande, excesivamente lujosa. La puerta estaba entreabierta, y allí se encontraba Elennaia, jugando entre risas con su hermano Cedrix.
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Editado: 05.01.2026