Juego De Brujas

CAPÍTULO 014

08 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día del Último Aliento, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Elennaia soltó un gemido ahogado de dolor cuando la tela azul terminó de ajustarse alrededor de su cintura, presionándole el estómago y realzando levemente sus senos. Otra muchacha tiró con fuerza de los cordones del corsé por detrás mientras ella apretaba los dientes para no soltar una maldición sonora. En pocos minutos partirían a Aureum por el festival que se llevaba a cabo ahí una vez al año, y aunque no deseaba salir del castillo, no tenía más opción que asistir; su padre la estaba obligando, y debía obedecer, como siempre.

—El vestido es precioso, señorita Elennaia —alagó Devani, una de las muchachas, con una sonrisa leve—. Encantará a todos en Aureum.

Elennaia asintió sin llevarle la mirada del todo, acomodando su cabello liso hacia la espalda. La parte superior estaba suavemente recogida, sujeta por una horquilla dorada que era atravesada por un palillo metálico plateado, decorado con mariposas azul celeste. De él colgaban varias cadenas delgadas del mismo color, adornadas con pequeñas perlas y mariposas. Al menos podía sentirse bien con aquello.

Después de ponerse las sandalias de plataforma con base de paja trenzada, sujetas por tiras rosadas —del mismo tono que la falda, que ondeaba apenas con el viento que se colaba por las ventanas— y adornadas al frente con flores de plástico rosas, salió de la alcoba acompañada por Ylissey, que hablaba sin parar de cosas que ella no entendía. ¿Cómo iba a hacerlo, si sentía que en cualquier momento se desplomaría por la presión en el estómago? Se dio aire con ambas manos, intentando buscar un alivio que, por desgracia, no consiguió.

—Te ves tan hermosa —continuó Ylissey, mirándola con una sonrisa granda—. Me pregunto cuántos hombres se enamorarán de ti hoy. A tus padres se les cansará la boca rechazándolos, Mi Elennaia.

—Ylissey, no quiero hablar de hombres. Ni hoy ni nunca —habló, torciendo los labios con evidente irritación—. Y no me importa cuántos se enamoren de mi hoy. No tengo ningún interés en ser el trofeo que todos miran con avaricia. Voy porque es mi obligación estar presente.

—¿Por qué dices eso, señorita? —Su frente se arrugó—. La atención de los hombres es lo mejor del mundo. Hace que las mujeres nos sintamos hermosas. ¿Cómo alguien podría odiar ese tipo de atención?

—Si eso es lo único a lo que aspiras en la vida, qué tragedia ser tú —murmuró Elennaia—. Ninguna mujer consciente desea la atención de tantos hombres a la vez. Ninguno mira con respeto. Solo imaginan cuerpos ajenos en sus camas. ¿No te da asco? ¿No te incomoda que no te vean como persona, sino como algo que creen poder tomar?

—Para eso nacimos, ¿no lo cree? Para complacer a los hombres en todas sus necesidades. No entiendo por qué te pones de esa manera.

Elennaia arrugó el rostro, viendo a Ylissey de reojo, sin detener su caminar. No deseaba complacer a ningún hombre. Les tenía un miedo tan profundo que una simple mirada, un roce o una palabra bastaba para que su cuerpo se sacudiera con fuerza, porque recordaba vívidamente a su abuelo. Lo que hizo. Apretó los labios de una manera que sintió dolor, al tiempo que sus manos envueltas en los guantes se cerraban de golpe, y obstruyendo la luz de sus ojos, respiró profundo.

—¿Complacer a los hombres? —Su voz salió en un hilo.

—Por supuesto, mi Elennaia. —Sonrió en grande, como si sus palabras fueran la única verdad absoluta—. Es nuestro deber como mujeres complacer a nuestros hombres. Siempre ha sido de esa forma.

—Por favor, Ylissey… solo cállate. —Puso las temblorosas manos detrás de su espalda, como si eso pudiera ayudarla a calmarse, pero solo resultó para peor—. No quiero escuchar más sobre esa estupidez.

Elennaia continuó caminando sin prestarle mucha atención a la mujer, que cambió de tema rápido, hasta que sus pies se detuvieron en seco cuando visualizó a su abuelo hablando con su madre. En muchas ocasiones, cuando lo veía, bajaba la mirada o cambiaba de ruta, porque no quería sentir su asqueroso olor, mucho menos su mirada lasciva sobre ella. Pero a veces le resultaba tan difícil cuando era obligada a interactuar con él por culpa de su madre, quien no entendía nada.

Efraím la miraba de esa forma que la hacía estremecer por completo, como si creyera que su piel era algo que tenía derecho a reclamar. Había algo turbio que Elennaia notó de inmediato, y su mente se empeñó en traer de vuelta eso que quería borrar de sus recuerdos. Desvió la mirada, sintiendo el asco llegar a ella sin previo aviso. Giró su cuerpo y comenzó a caminar hacia la salida del castillo, sin esperar a su charlatana madre. Afuera, el sol estaba más brillante que nunca. Un guardia la miró por medio segundo más de lo necesario. Y aunque no dijo nada, Elennaia sintió cómo su piel pedía esconderse a gritos.

Bajó las gradas con la ayuda de dos guardias —aunque no deseara que ellos tocaran sus manos— y subió en el auto oscuro, donde su hermano Cedrix ya se encontraba, leyendo un libro de política y guerra.

—¿No te cansas de leer siempre lo mismo, hermano? —curioseó Elennaia, con una voz baja, mirando por la ventana cómo los guardias se preparaban para abrir las grandes rejas de metal que rodeaban el inmenso castillo—. Asimismo, eso es muy grotesco para tu cabecita.




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