Juego De Brujas

CAPÍTULO 017

⚠️ Aviso de contenido

Este texto contiene referencias o descripciones de violencia que podrían resultar perturbadoras para algunas personas. Se recomienda discreción al continuar.

09 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día de Lluvia, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Las horas transcurrieron con una lentitud exasperante. Elennaia estaba asomada en uno de los tantos balcones del castillo, observando el jardín con una mirada perdida y la mente en blanco. El sol caía con una intensidad cruel, y el calor resultaba insoportable. Ni siquiera el abanico en su mano lograba mitigar el sofoco. Liberó un suspiro pesado y acomodó la manga abultada de su vestido marino de dos piezas. Luego se alejó del balcón y salió de la amplia habitación, donde solo había un mueble viejo cubierto de polvo. Sus pasos apenas resonaban en el pasillo cuando, de pronto, se encontró con su abuelo.

Durante la mañana, en el comedor, él había actuado como si nada hubiera ocurrido la noche anterior, como si no hubiera irrumpido en su habitación para tocarla. Ni siquiera le había dedicado una mirada. Pero ahora sus ojos eran intensos, tenebrosos, y Elennaia sintió que el corazón se le detenía de golpe. Se giró despacio y comenzó a caminar en dirección contraria, pero un brazo la sujetó con brusquedad. Intentó forcejear, pero no logró encontrar libertad. Efraím comenzó a arrastrarla sin miramientos hacia el lado opuesto del opresivo pasillo.

Había servidumbre yendo y viniendo, pero todos bajaban la cabeza, fingiendo no ver nada. Incluso Ylissey desvió la mirada cuando presenció la escena, y eso hizo que Elennaia suplicara más alto que la soltara, pero él hacía oídos sordos, arrastrándola escaleras abajo. Nadie la ayudaba. Absolutamente nadie. Ni sus primas. Ni su madre, que la vio pasar y no hizo nada. Nadie. Y Elennaia se sintió traicionada. Las lágrimas se acumularon en sus ojos, pero se obligó a no soltarlas.

Cuando llegaron al templo donde veneraban a los ocho dioses del Alípe, Efraím la soltó de golpe, dejándola caer al suelo. Elennaia soltó un chillido ahogado, porque su brazo derecho recibió todo su pecho, y levantó la mirada, aterrada. Entonces él salió y cerró la puerta tras de sí, dejándola encerrada. Elennaia se levantó con desesperación y forcejeó con la puerta de hierro, pero no consiguió abrirla. Gritó. Llamó a su madre. A su hermano Calen. Pero no obtuvo respuesta. Aquel templo estaba en un lugar donde los oídos humanos no llegaban.

Se dejó caer al suelo, llorando con la boca abierta, sin emitir sonido alguno. Se estaba ahogando en la desesperación, en el miedo, en la certeza de que ese hombre no pensaba dejarla salir, quizá, en la vida.

Pasaron unos minutos antes de que la puerta se abriera. De pronto, una gran cantidad de agua cayó sobre ella y el mundo se detuvo de golpe —al menos para ella—, porque ya no sentía el aire. Solo el agua que seguía cayendo con la fuerza de una tormenta, empapándola por completo, mientras la voz de Efraím resonaba sin piedad por todas partes. Le reclamaba haberse convertido en una mujer desobediente, cuando antes no lo era. La llamaba rebelde, atrevida, altanera. Le decía que todo aquello lo merecía por no ser como antes. Que debía obedecerlo siempre. En todo. Porque el único que mandaba ahí era él.

Cuando el último balde de agua cayó sobre ella, él le ordenó que pidiera perdón a los dioses. Solo así —afirmó— su alma sería purificada por completo. Elennaia asintió con la mirada perdida. Asintió en sumisión, dándole la razón en todo, y se arrastró por el suelo hasta que sus rodillas rozaron los pequeños escalones del altar, donde estaban tallados los nombres de los dioses junto a sus símbolos sagrados y estatuas. Juntó las manos temblorosas y, mientras Efraím la observaba con una mirada cargada de ira, comenzó a rezar, fuerte.

Pidió perdón por ser una mujer desobediente. Pidió salvación. Una que llegara pronto, porque ya no soportaba seguir existiendo dentro del cuerpo de una mujer impura, indigna, rebelde… que —según su mente lastimada—, ya no valía nada. Y, mientras pronunciaba aquellas palabras, las lágrimas volvieron a brotar sin control. Su cuerpo empezó a tiritar, porque se estaba muriendo de un frío que le besaba los huesos. En aquel lugar apenas había una antorcha, suficiente para dar luz, pero no calor. Y si minutos antes se había quejado del sol implacable que abrasaba el jardín, ahora lo deseaba con una desesperación dolorosa.

Efraím se colocó detrás de ella y destrozó las cuerdas que mantenían ajustado su vestido, arrancándolas sin cuidado y dejando su espalda completamente al descubierto. Elennaia se tensó de inmediato. Sollozó con más fuerza, presa del miedo, pero no dejó de rezar. Esta vez imploraba protección, rogando a los dioses que alguno descendiera y la ayudara a escapar de las manos de ese hombre. Más en el fondo sabía que era inútil. Aquellos dioses que estaba obligada a venerar jamás la mirarían como ella necesitaba… Nunca lo harían.

Efraím se incorporó, tomó el látigo que había dejado junto a la puerta y lo descargó contra la espalda de Elennaia. El golpe le arrancó un grito mudo, atrapado en su garganta. Su cuerpo se arqueó por reflejo; llevó una mano temblorosa hacia la herida recién abierta y sintió el ardor insoportable de su piel rota. Apoyó la frente contra el escalón del altar y comenzó a rezar con más fuerza. Entonces llegó el segundo latigazo. Esta vez el grito escapó sin control, resonando por todo el templo. Después vinieron más. Uno tras otro. El sonido del cuero rompiendo el aire, la carne cediendo, la sangre manchando el suelo sagrado de rojo. Elennaia gritaba entre rezos, suplicando ayuda con toda la desesperación que podía albergar un cuerpo quebrado.




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