Juego De Brujas

CAPÍTULO 018: El PESO DEL SILENCIO

08 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día del Último Aliento, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

Vermelys parpadeó lentamente, mirándola como si de repente le hubieran crecido dos cabezas que se movían con brusquedad. Volvió a parpadear, levantando la mirada al cielo, pero no había nada allí.

—Elennaia, las brujas no son un maldito juego —habló Vermelys, entre dientes, desconcertado—. No puedes andar diciendo cosas como esas. Menos en lugares como estos, dónde hay muchas personas que podrían alarmarse y destruir la calma. Por favor, concéntrate en la danza y deja de querer llamar la atención, hija. Ya no eres una chiquilla.

Elennaia cerró los ojos por un segundo, tomando una gran bocanada de aire. Odiaba en demasía a su padre en ese momento.

—No busco llamar la atención, padre. —Su mirada se despegó del cielo, dirigiéndose ahora hacia el hombre junto a ella—. Tienes que creerme. De verdad acabo de ver una bruja. Era hermosa y sus alas… sus alas eran aterradoras. Iguales a las de los cuervos —afirmó, tragando con fuerza—. Debemos avisar que hay brujas en este coliseo.

La expresión de frustración de Vermelys fue decayendo poco a poco, hasta que solo le quedó confiar plenamente en la palabra de su hija.

—Esto no es bueno —murmuró para sí, aunque Elennaia lo oyó con claridad—. Nada bueno. Si realmente viste una de esas cosas… debes irte. Tienes que regresar al castillo de inmediato, hija.

Antes de que pudiera pronunciar una palabra, Vermelys se levantó de golpe, la tomó del brazo con una fuerza que le arrancó un gesto de dolor y, sin dar explicación alguna, la arrastró hacia la salida bajo la mirada confundida de Delyssaney y Ericthys. Elennaia giró un poco la cabeza, encontrándose con varios ojos curiosos en ella, sobre todo, la del príncipe Caelus, quien tenía una ceja curvada. Volvió a mirar al frente cuando empezaron a bajar las escaleras a toda prisa. Elennaia apenas lograba seguirle el ritmo, intentando comprender qué sucedía.

—¿Por qué debo volver al castillo? —cuestionó respirando agitada.

—No hagas preguntas.

Elennaia miró a su padre con una mezcla de sentimientos encontrados. Pero no dijo nada más. Solo hizo una reverencia y subió al auto, con las manos temblorosas. Miró por la ventana cuando el vehículo comenzó a moverse. El vaivén debió haberla desconcentrado de sus pensamientos, pero obtuvo resultados equivocados, hasta que, de pronto, el auto solo se detuvo de golpe, ocasionando que su frente impactara con fuerza contra la ventanilla de adelante. De sus labios escapó un gemido de dolor mientras llevaba la mano a su frente maltratada. Abrió la puerta y sin pensarlo demasiado, salió del carruaje hecha una furia, encontrándose con el cielo de color naranja.

—Vuelva adentro, señorita Elennaia —pidió uno de los guardias, mirando a un punto fijo en el cielo—. En seguida partiremos al castillo.

—Quiero saber por qué nos detuvimos.

—Vuelva adentro —solicitó otro guardia.

Elennaia entrecerró los ojos, notando algo raro.

—¿Por qué nos detuvimos? —insistió Elennaia.

—Mi señorita Elennaia, vuelva adentro.

—¡Ya díganme que pasa!

Elennaia abrió los ojos de par en par cuando, de la nada, un corcel blanco como la nieve apareció delante de ella. En su lomo, había un cazador cubierto por una capucha que dejaba entrever sus ojos. Sin darle tiempo a reaccionar, él la sujetó con fuerza por la cintura y la alzó como si no pesara nada, colocándola sobre el caballo, que comenzó a galopear rápido antes de que ella pudiera siquiera soltar una sola queja.

Pero entonces percibió esa exquisita fragancia que había comenzado a sentir desde hacía días: vino fuerte y resina de pino, con un dulzor metálico, tan característico de la sangre. Frunció el ceño, con la mente girando en círculos. Nada de lo que estaba imaginando tenía sentido, o al menos eso quería creer, porque no era lógico que esa fragancia perteneciera a un cazador. ¿Qué podría estar haciendo el mismo cazador en los lugares a los que ella acudía cerca del castillo?

Agitó la cabeza, tratando de borrar esos pensamientos, y justo cuando abrió la boca para protestar, una risa macabra descendió desde el cielo, congelándole la sangre. Alzó la vista, lento, y vio a varias brujas volando hacia ellos con sus largas alas de cuervo. Un grito de terror escapó de su garganta, y por un instante, su cuerpo perdió todo rastro de equilibrio, inclinándose hacia abajo. Pero el hombre detrás de ella, la sujetó con fuerza de la cintura, evitando la caída a último momento.

Ese simple toque despertó algo que no tenía nada que ver con las brujas o con el peligro inminente de la situación en la que estaba atrapada, mucho menos con el intenso olor que desprendía ese hombre. Recordó todo lo que había pasado aquella noche: las palabras, los golpes y las humillaciones por parte de su abuelo. Lo que le hizo.

Separó los labios, deseando vociferar algo, pero las palabras no querían salir. Maldijo internamente y solo se obligó a levantar la vista hacia el cielo, donde las brujas seguían persiguiéndolos, soltando risas.

Sintió que el agarre en su cintura se aflojaba poco a poco, hasta que él se incorporó y, desde detrás de su espalda, sacó una hoja envuelta en rayos que por poco la alcanzan. Lo miró de reojo, con los ojos más abiertos que nunca. Luego, soltó un chillido ahogado al verlo saltar del caballo, como si hacerlo fuera pan de cada día. Encontró su blanco sin dificultad: el cráneo de la bruja se partió en dos con un sonido seco que arrancó gruñidos a las otras. Él aterrizó con precisión sobre el caballo, que galopaba en círculos, mientras las brujas huían volando en dirección contraria. Guardó la espada de nuevo en su espalda, rápido, junto al rifle oscuro que adquiría un tono rojizo bajo los rayos del sol.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.