010 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Tierra Quieta, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Elennaia sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—¿Hoy? —repitió exageradamente despacio, como si la palabra no tuviera sentido—. ¿Cómo que me casaré hoy, madre? —Se giró hacia Delyssaney, con el rostro tan frío que congeló el aire—. ¿Acaso te has vuelto loca? No puedo casarme hoy. Es una idea absurda. No puedes hacerme esto. Todavía no estoy lista… yo no… no quiero. —Negó con la cabeza, temblando de miedo—. No puedes hacerme esto… Apenas acaba de pedirme matrimonio. Todo está siendo demasiado apresurado, madre.
—No empieces con tus dramas, Elennaia —sentenció con la voz baja, controlada, y la tomó otra vez del brazo—. Te casarás con un hombre poderoso, con un futuro asegurado, mujer. No te quejes ahora.
Elennaia miró el vestido otra vez. Ya no parecía hermoso. Era enorme. Pesado. Una trampa blanca y dorada esperándola en silencio.
—Tengo miedo —admitió, con la voz quebrada—. No lo conoces como yo, madre. No sabes cómo habla… cómo mira. Lo que él me…
Delyssaney suspiró, como si aquello si esas palabras la cansaran.
—El miedo se supera —decretó—. Aprenderás, mi niña. Todas aprendemos. Hazlo fácil, Elennaia. No luches contra lo inevitable.
Elennaia negó una y otra vez, totalmente asustada, mientras su madre la conducía al interior de la alcoba. En cuestión de segundos, las muchachas comenzaron a entrar, y eso fue suficiente para que la primera lágrima cayera. La limpió rápido y se abrazó a sí misma, como si así pudiera sostenerse. Una de ellas cerró las ventanas con golpes suaves. Otra tomó el velo largo. Otra estiró el vestido entre sus manos.
Observó a Ylissey, en el tocador. Luego a Serenaia, cuya mirada estaba tan tensa que daba miedo. Serenaia la tomó de la mano y la guió hacia el baño para que se duchara. No hablaron. Elennaia buscó sus ojos, pero no los encontró, y eso solo aumentó la opresión en su pecho.
Salió envuelta en la toalla de baño y entonces comenzó el verdadero calvario. El maquillaje fue más pesado y asfixiante que de costumbre, con sombras doradas y labios rojos. La tela del vestido se sentía densa mientras se lo colocaban, como si llevara miles de toneladas encima, y apenas podía moverse. Y su cabello fue dejado rizado por completo, y Serenaia soltó apenas dos mechones azules a cada lado, mientras el resto quedaba recogido en un moño elegante. Por último, le colocó el velo.
Se veía hermosa y devastada, como una novia muerta.
Cuando Elennaia miró hacia la ventana, se encontró con la noche cayendo. Se acercó y puso las manos en los reposa manos. Entreabrió los labios, respirando con dificultad, y llevó la mano enguantada al pecho, notando cómo su corazón latía con una fuerza desmedida. Giró un poco la cabeza y se encontró con las mujeres formadas en fila frente a ella, esperando una orden que Elennaia no sabía que debía dar. Estaba completamente perdida, sin saber qué seguía ahora. No sabía si debía llorar, gritar, sonreír o siquiera hacia dónde debía dirigirse.
Entonces la puerta se abrió y Vermon apareció, vestido con una túnica blanca que rozaba el suelo, adornada con grandes hilos dorados. Alzó la mano sin decir palabra, aunque por dentro no hacía más que repetirse lo hermosa que se veía su hija, vestida como una novia pura. Elennaia caminó hasta él y le entregó la mano. En ese instante, Serenaia le acomodó el velo y lo dejó caer sobre su rostro. Aquello solo empeoró su malestar: Elennaia sentía que ya no era digna de ocultarse tras esa tela, que no merecía el símbolo de una pureza que creía había perdido.
Vermon comenzó a hablar sin parar, expresando su orgullo hacia ella, pero Elennaia no lo escuchaba, ni aunque quisiera hacerlo. Su mirada estaba fija al frente, en la oscuridad que se extendía al final del largo pasillo. Tropezó levemente y su padre la sostuvo para evitar que cayera, pero ese simple contacto bastó para hacerla temblar de miedo. Tragó aire como nunca antes y comenzaron a descender las escaleras.
La sala de estar estaba vacía. No había rastro de su familia, ni una sola sombra. Solo los guardias, que abrieron las grandes puertas del castillo, revelando el automóvil que los esperaba del otro lado para transportarlos. El ambiente estaba impregnado de un olor particular: la esencia —una mezcla de especias frutales— que dejaba el agua sagrada de los sacerdotes cuando una mujer estaba en la casa de sus padres por última vez. Por eso el sacerdote había estado allí. Para marcar el final. La última vez que Elennaia pertenecería a ese castillo.
Ambos subieron al auto y este comenzó a avanzar despacio hasta la salida, y un trueno retumbó en el cielo, indicando una pronta lluvia. Elennaia miraba a través de la ventana, asintiendo a cualquier cosa que su padre le decía, aunque no estaba realmente escuchando. Él notó de inmediato lo ausente que se encontraba, pero no le prestó atención y guardó silencio. Cruzaron el portal y salieron a las calles de Aureum.
Elennaia cerró los ojos con fuerza, respirando tan profundo como podía, con un dolor abrumador en el corazón. No entendía cómo habían planeado todo sin siquiera decírselo, cómo lo habían hecho de manera tan apresurada. La rabia comenzó a arderle por dentro. Demasiado. Sus manos temblaron sobre el vestido y cruzó la mirada con Ylissey, que estaba sentada delante de ellos, observándola con una mezcla de frialdad y tristeza. Luego volvió a mirar por la ventana.
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Editado: 05.01.2026