010 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Tierra Quieta, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Antes de que Elennaia pudiera reaccionar —soltando un chillido de terror—, y antes de que la mujer diera un solo paso más dentro de la habitación que había quedado envuelta en una completa oscuridad, sintió una mano en su cintura y el mundo se disolvió en un torbellino de sombras en cuestión de segundos, obligándola a cerrar los ojos con fuerza. Para cuando los volvió a abrir, ya no se encontraban en el templo, sino que, en medio de una escandalosa tempestad, dentro de un río que parecía querer arrastrarlos hasta lo más profundo de su ser.
—¿¡Qué carajos te sucede!? —vociferó Elennaia, forcejeando contra el agua que le dificultaba cada movimiento. El vestido ahora le pesaba como si llevara cadenas en lugar de hilo, y los tacones se hundían en la tierra blanda, haciéndola tropezar y caer al agua una y otra vez—. ¡Llévame a casa ahora mismo, desgraciado, sinvergüenza!
Zareth soltó una risa escandalosa antes de tomarla en brazos con facilidad, como si su cuerpo no pesara más que una pluma, algo que incluso una simple hormiga podría haber levantado sin esfuerzo. Elennaia intentó resistirse al principio, pataleando con torpeza; su vestido no le permitía moverse con la misma libertad que el hombre que la sacaba del agua. Por un instante, parecieron una pareja recién casada… solo que atrapada en medio de una tempestad y no del templo.
—¡No puedes estar tocando a las mujeres de esa manera, desalmado! —clamó Elennaia cuando sus pies tocaron la tierra blanda empapada por la intensa lluvia—. Quiero volver con mi familia, ahora mismo. —Chasqueó los dedos, como si estuviera dando órdenes a uno de sus sirvientes—. No necesito perder mi tiempo con personas como tú, que se creen con el derecho de secuestrar mujeres. Estás demente, cazador.
—No es momento para comportarte como una niña pequeña, D’Allessandre —regañó Zareth, frustrado por su comportamiento—. ¿Acaso no te das cuenta de la magnitud de esta situación? Tus padres necesitan protegerte. Todos necesitamos que estés a salvo. ¡Las brujas no pueden dar contigo jamás! —Su voz salió más dura de lo que quería.
Zareth bajó la mirada por un segundo; sus ojos se detuvieron justo en su escote antes de subir de nuevo, rápido, hasta encontrarse con los ojos grises de ella. Tragó saliva con fuerza, tenso, como si ese breve desliz le hubiera costado más de lo que estaba dispuesto a reconocer.
—¿Por qué mi sangre es necesaria por las brujas? Pueden encontrar sangre en cualquier persona de Valtheria. ¿Por qué justamente tengo que ser yo? —tartamudeó ella, sintiéndose débil, aunque no sabía reconocer si era por el frío o por todo lo que estaba pasando—. Que yo sea una Dorealholm no significa nada. Tengo muchísimos parientes.
—Puede haber miles de mujeres nacidas con ese apellido, pero tú eres la última descendiente directa de Verlah —respondió él, con la paciencia casi agotada—. ¿Es que no lo comprendes, D’Allesandre?
—Sigue sin significar nada para mí —replicó Elennaia, cruzándose de brazos—. ¿Quién me asegura que no me estás mintiendo? ¿Y si eres un lunático con complejo de secuestrador que planeó toda esta locura desde el principio solo porque quieres tenerme contigo? —continuó entre dientes, con las cejas juntas y los ojos entrecerrados—. Eres un desgraciado abusador. ¡Degenerado! ¡Devuélvete ya con mi familia!
Él parpadeó varias veces.
—¿De qué mierda me estás hablando? —soltó Zareth, enfurecido.
—Aunque bueno... —añadió Elennaia, ignorándolo por completo—, carecería de sentido todo lo que dije, ya que desde niña llevo soñando con esa bruja... Pero ¿y si tú fuiste quien puso todos esos sueños en mi cabeza? —Lo señaló con un dedo, como si hubiera descubierto la verdad—. ¿Y si manipulaste mi mente para crear esta historia absurda y convencerme de ir contigo porque, no sé... te enamoraste locamente de mí? —Volvió a entrecerrar los ojos—. Entonces... eso significa que nada de lo que soñé es real. Que todo esto lo inventaste tú, que usaste tus poderes para distorsionar mi mente. Claro. Clarísimo. No hay explicación más lógica y racional para todo esto… ¿verdad, cazador?
Elennaia reconocía que lo que había dicho era un disparate total, más ilógico que la realidad que tenía delante. Pero aferrarse a una teoría absurda era menos aterrador que aceptar que su linaje estaba enredado con brujas, visiones, y maldiciones que venían a cobrárselas, a pesar de que ella no tenía culpa de lo que hubiera pasado hace muchísimos años con aquella perversa mujer y el imperio de Valtheria.
—¿De qué manicomio fue que te sacaron, D’Allessandre, o es que acaso tienes aire en la cabeza? —cuestionó, pasando ambas manos por la cabeza, con una notable irritación mientras retrocedía—. ¿De verdad crees que tengo el tiempo y la paciencia para orquestar algo así? ¡Por los dioses! Si fuera cierto, ¿por qué esperar tantos años? ¿Por qué no haberte tomado cuando eras una niña indefensa en lugar de ahora, cuando puedes cuestionarlo todo y salir con estupideces como estas?
—No lo sé... Tal vez disfrutas del dramatismo. —Miró hacia el otro lado, tratando de que la vergüenza no la dominara completamente—. Vi en un libro hace algunos años que todas las mentes funcionan de manera diferente. Tal vez la tuya funciona así; con dramatismo. No tiene nada de malo. Supongo yo —finalizó, encogiéndose de hombros.
#9490 en Fantasía
#17694 en Novela romántica
#3286 en Chick lit
feminismo, mujerespoderosas, fantasía drama romance acción misterio
Editado: 05.01.2026