010 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Tierra Quieta, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Una vieja casa de madera de cuatro pisos se alzó en el panorama, con antorchas que seguían ardiendo con intensidad pese al fuerte aguacero. Zareth se acercó a la puerta y golpeó la aldaba tres veces, dejando en claro que no era la primera vez que acudía a ese lugar. Luego retrocedió, poniéndose al lado de Elennaia, y la puerta se abrió, revelando al otro lado a una figura alta sin rostro que sostenía un bastón con un zafiro incrustado en su centro, el cual brillaba levemente.
—Zareth, ¿qué haces aquí a estas horas de la noche? —examinó aquella presencia con una voz cálida que contrastaba con el ambiente sombrío. Dio unos pasos lentos hacia delante, permitiendo que la lluvia lo envolviera, y movió la cabeza de arriba abajo, analizándolo primero a él y luego a la mujer vestida de novia a su lado—. ¿Acaso… acabas de casarte, muchacho? ¡Y no me invitaste! Qué descortés eres conmigo… Por cierto, qué encantadora señorita. ¿Es ella tu destinada?
Al escuchar aquello, el ambiente se volvió opresivo, incómodo, también, y tanto Zareth como Elennaia se observaron durante unos segundos, con los ojos ligeramente abiertos. Luego miraron al mismo tiempo a la presencia, y Zareth negó con la cabeza como si su vida dependiera de ello, mientras Elennaia bajaba la mirada, avergonzada.
—No es así. Ella es la mujer de otro hombre —murmuró, con los músculos tensos—. Estoy aquí porque necesito que me ayudes en algo importante —añadió con cierta duda, como si su voz supiera lo que su mente no quería aceptar: que aquello no era una buena idea. Observó de reojo a Elennaia, que mantenía la mirada baja—. Esta mujer requiere de tu magia ahora mismo, Fallo. Es cuestión de vida o muerte.
—¿Con qué mi magia…? —musitó, arrastrando cada palabra con un dramatismo exasperante—. Tú nunca traes personas ante mí. Tú eliminas amenazas. Siempre ha sido así. ¿Por qué esta vez es diferente? —Se acercó hasta quedar frente a ella—. Dime, muchacha, ¿qué llevas contigo para que un hombre como Zareth decida ayudarte tan… fácil?
Elennaia desvió la mirada un segundo, asustada. Aquella presencia la aterrorizaba mucho; no sabía si era por su carne oscura y arrugada en capas o porque no tenía ojos con los que pudiera verla. Fuera lo que fuera, su cuerpo le gritaba que se alejara de él lo más rápido posible.
—Yo no... no sé —tartamudeó ella—. No sé qué tengo.
Fallo dudó durante varios segundos. Entonces, su bastón se iluminó levemente cuando lo movió hacia un lado, y un lazo azul rodeó a Elennaia como una serpiente, ascendiendo hasta envolverle la cabeza. A través de ese lazo, él comenzó a adentrarse en lo más profundo de su mente, buscando los temores que la mantenían prisionera del miedo. Luego asintió despacio, se dio la vuelta y caminó hacia el interior de la casa. Zareth lo siguió sin decir una palabra y sin siquiera mirarla a ella, dejándola atrás sin indicarle qué debía hacer.
Elennaia tragó saliva, y avanzó hacia la casa, aunque se quedó estática en el umbral, con la respiración agitada y un nudo doloroso en el estómago. Todo en su mente le gritaba que no entrara en ese lugar, donde quedaría a solas con dos completos desconocidos. Aun así, llenó sus pulmones de aire y se obligó a dar un paso hacia delante, pero retrocedió. Luego, caminó adentro, despacio, encontrándose entonces con un interior cálido y acogedor. Su mirada terminó posándose en un gato blanco, hecho un ovillo, que dormía plácidamente sobre el sofá.
—¿Qué fue lo que sucedió, muchacha? —examinó Fallo, dejándose caer en una silla con cuidado—. Debió ser muy malo para terminar caminando bajo la lluvia, sin temor a enfermarse, y con un vestido así.
Elennaia ni siquiera intentó responder.
—La familia de esta mujer acabó muerta —respondió Zareth, tirándose al sofá sin preocuparse por la mentira tan cruel que decía—. Tenían información jugosa para atrapar a un delincuente, y pues... los encontraron y los borraron del mapa. Ella fue la única que salió bien librada de eso. Pero bueno, quién sabe cuánto le dure la dichosa suerte.
—¿Los encontraron en la boda de ella? —preguntó Fallo en tono bajo—. Qué mala suerte que un matrimonio termine de esa manera.
—Sí, lo es —dijo Zareth.
Elennaia sintió un nudo más fuerte formarse en su estómago cuando esas palabras terminaron de acomodarse en su cabeza. Parpadeó varias veces, queriendo despertar de esa terrible pesadilla. Su familia era demasiado horrible, no podía negarlo, pero a pesar de los insultos, las humillaciones constantes, abuso extremo, y ese odio tan especial que sentía por ellos, desgraciadamente, seguían siendo su familia, y en su cabeza no había poder humano que pudiera cambiarlo.
—¿Y cómo piensas impedir que lleguen a ella?
Zareth cerró los ojos con fuerza por varios segundos. No tenía muy en claro como soltar esa idea sin que sonara demasiado apresurada, incluso absurda para todos. Jugueteó con el rifle colgado en su pecho.
—¿Y bien, Zareth? —insistió Fallo—. No me dejes con la duda.
—Necesita una nueva identidad —contestó, bajando la mirada a sus manos entrelazadas—. Algo que la vuelva invisible para todos los que ya saben quién es ella. Y tú puedes ayudarnos con eso. —Soltó un suspiro pesado, levantando la mirada hacia Elennaia, que lo observaba como si se hubiera vuelto loco—. Tal vez como aspirante a cazador... así podría llevarla a Rivernum sin levantar sospechas. Ningún delincuente puede atravesar las barreras mágicas del castillo.
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Editado: 05.01.2026