09 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Se incorporó de golpe y comenzó a caminar a grandes zancadas en busca de su madre. Durante un momento pensó que la tierra se la había tragado, hasta que la encontró en el comedor, frente a una taza de café ya frío. Sus miradas se cruzaron y Kethany sintió la sangre subirle a la cabeza. Ella preguntó por Elennaia, pero Kethany no le dio respuesta; se plantó frente a ella y empezó a reclamarle, con la voz llena de furia.
Kethany tenía poco respeto por su madre. La quería, sí, pero no la respetaba como un hijo debería —según las personas conservadoras— respetar a una madre. No después de ver cómo trataba a Elennaia, como la humillaba a diario por cualquier cosa. Porque esa indiferencia alimentaba más el desprecio que el afecto que aún intentaba conservar.
La tomó del brazo con una delicadeza que contrastaba brutalmente con lo que ardía en su interior y la obligó a caminar con él, casi arrastrándola. Subieron las escaleras una tras otra, buscándolo. Encontraron a Efrayth en su despacho, recién duchado, revisando unos papeles como si nada hubiera pasado. El pecho de Kethany se comprimió hasta dolerle. Sin pensarlo, le arrancó los documentos de un manotazo.
—¿Sabes cómo dejó este hombre a tu hija, Delyssaney? —reclamó Kethany, caminando de un lado a otro del despacho, con la mandíbula tan tensa que parecía a punto de quebrarse—. ¡La golpeó hasta dejarla empapada en sangre! ¡Casi la extermina! ¡Y tú actuando como si nada!
Con un movimiento brusco, Kethany empujó el escritorio, haciéndolo volcar hacia un lado con una fuerza letal. Los papeles cayeron al suelo como hojas inservibles. Tanto Efrayth como Delyssaney se sobresaltaron.
—¿Qué excusas tienes? —continuó Kethany, clavando los ojos en su abuelo—. Vamos, dilo. Justifícalo. Como siempre lo haces. ¡Hable ya!
Efrayth no retrocedió. Al contrario, alzó el mentón, con esa calma venenosa que solo empeoraba las cosas, y Kethany deseó golpearlo hasta hacerlo pagar por lo que le había hecho a su hermana. Lo despreciaba.
—Mide tu tono —objetó Efrayth, frío—. Estás hablando con tu mayor.
—No —escupió Kethany—. Estoy hablando con un monstruo.
—Esa niña necesitaba corrección —dijo Efrayth, plantándose frente a él, con los puños cerrados—. Se estaba desviando del camino correcto.
Kethany sintió que algo se rompía del todo dentro de él. Lo agarró del cuello de la camisa y lo estampó contra la estantería colmada de libros que había detrás; los libros cayeron a cada costado de ellos con un ruido seco. Efrayth miró a su nieto con sorpresa pura, desconociéndolo.
—No vuelvas a llamarla niña nunca más en tu asquerosa vida —gruñó, estampándolo más duro, sacándole un gemido ahogado—. No después de lo que le hiciste hoy. No después de casi matarla porque se estaba saliendo de tu camino de mierda, repugnante perro de mierda.
—¿Qué le hiciste a mi hija, Efrayth? —intervino Delyssaney luego de tanto silencio, frunciendo el ceño, con el corazón martillándole con fuerza.
Efrayth giró despacio el rostro hacia ella, mirándola severo.
—La corregí —respondió, sin rastro de culpa, y se soltó como pudo del agarre de Kethany—. Hice lo que tú no supiste hacer como su madre.
Delyssaney dio unos pasos hacia atrás, como si esas palabras hubieran sido una cachetada física. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido.
—¿Corregir…? —repitió Kethany, incrédulo—. ¿Llamas “corrección” a eso? ¡Tiene la espalda llena de heridas! ¡Esa mierda no es corrección!
Delyssaney llevó una mano a su boca, cubriéndola. Las piernas le flaquearon y tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla para no caer.
—Eso… eso no es posible… —susurró ella, con una incredulidad que le tallaba la garganta—. Elennaia… no…—Comenzó a negar con la cabeza, mirando el suelo con una mueca de disgusto, y cuando la levantó de nuevo, se encontró con los ojos serenos del hombre—. ¿¡Quién te ha dado el derecho para maltratar a mi hija, Efrayth!? —vociferó con una furia que jamás había permitido salir—. ¿Quién carajos te crees para ponerle una mano encima a lo que salió de mí? ¡Maldito desgraciado! —escupió, avanzando un paso, con los ojos encendidos y le dio una cachetada que retumbó por el despacho, como un latigazo—. ¡La golpeaste! ¡A mi hija! ¡En mi hija! ¡No la tuya! ¡Mía!
Efrayth tensó la mandíbula y le devolvió la cachetada a Delyssaney con tanta fuerza que la hizo caer al suelo. Rápidamente se agachó y le dio otra, que le arrancó un chillido de dolor. Kethany frunció el ceño, pero antes de que su mente pudiera reaccionar, ya estaba sobre su abuelo, dándole golpes con salvajismo. Delyssaney se tocó la mejilla, notando la sangre bajar. Levantó la mirada hacia la escena y su estómago se revolvió. Se incorporó rápido y se apresuró a tomar a su hijo del brazo para que se detuviera. Sus ojos ardieron, indicando que pronto lloraría.
Su mente no dejaba de decirle que había cometido una gran equivocación al hablar en ese tono fuerte hacia el patriarca y que, cuando él se lo dijera a su esposo, lo peor vendría para ella. Pero imaginar lo que ese hombre le había hecho a su hija —la misma que no toleraba y que despreciaba con cada respiración— le dio la fuerza necesaria para hablar duro, aunque se arrepentía, y mucho de hacerlo.
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Editado: 20.01.2026