09 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Las horas fueron pasando lento como la muerte de una flor, y Delyssaney permaneció allí, sin moverse, hasta que la noche cayó. Elennaia comenzó a removerse, incómoda, y Delyssaney apartó la mano con cuidado.
Elennaia abrió los ojos por completo, como si hubiera dormido por años, y se encontró de lleno con la mirada preocupada y apagada de su madre. Pretendió pronunciar algo, pero solo botó una gran cantidad de aire. Pero luego de varios intentos, articuló su nombre, bajo, en un susurro. Había un resentimiento en aquel tono que estremeció a Delyssaney.
—¿Cómo te encuentras, Elennaia? —balbuceó Delyssaney, nerviosa.
—¿Qué haces aquí? —Su voz salió brusca, sorprendiendo a Delyssaney.
—Quise pasar tiempo contigo, hija —dijo, con la voz rota. Intentó levantar la mano para acariciarla, pero al final desistió—. Y… deseo hablar contigo de algo importante. —Se aclaró la garganta, con un nudo ardiente en el vientre—. He estado pensando en ello y… lo mejor será que empecemos ya con los preparativos para tu matrimonio con Alessioth. —Su tono bajo drásticamente—. Ya he enviado por el vestido.
Esas palabras fueron como otro latigazo para Elennaia.
—¿Estás segura … madre? —Ella la miró directamente a los ojos, sin preocuparse en ocultar su irritación y molestia—. Alessioth es muy guapo, no lo puedo negar, pero... parece un hombre tan arrogante. No siento que hayamos conectado muy bien, como esperaba. Ciertamente no me siento cómoda… madre. —Dejó escapar una espiración pequeña.
—No creo que “arrogante” sea la palabra correcta para describirlo —musitó Delyssaney, con ese tono condescendiente que usaba cuando pretendía ser amable—. Es un encanto de persona, Elennaia. Educado, bien hablado. Deberías sentirte a gusto con eso. —Acarició su mejilla lentamente—. Sabes perfectamente que ni tu padre ni yo permitiremos que te casaras con alguien que no pudiera darte lo mismo o incluso más de lo que nosotros mismos te hemos brindado durante estos años.
Elennaia torció los labios en una mueca de disgusto y movió la espalda, sintiendo cómo las vendas se desplazaban. No estaba de humor para soportarla, ni a ella ni a sus palabras, pero tampoco quería ganarse otra corrección por rebelde. Así que se acomodó mejor, dejó escapar un suspiro pesado y volvió a mirarla. Aun así, aquello de acelerar el matrimonio no le gustaba nada. Le habían dicho que sería hasta el año entrante, ya que la familia de él lo prefería de esa manera.
—Hay otras personas que tienen mucho más que ofrecerme, madre. Entonces, ¿por qué no puedo elegir yo? —habló con un tono tosco—. Tal vez por amor. Sé que suena estúpido, pero es lo que deseo. Que lo que llegue a mi vida sea porque yo lo elegí, no porque alguien más decidió por mí. Aprecio lo que hacen, pero quiero tener autonomía.
—El amor no sirve de nada —sentenció con una frialdad que a Elennaia le heló la sangre—. ¿Para qué sirve que te amen? ¿Para qué sirve que alguien te aprecie? Te lo diré: no sirve para nada. El amor es un lujo que solo se permiten las mujeres ingenuas, Elennaia. ¿Y sabes en qué termina siempre? En decepción. Los hombres traicionan, tarde o temprano, a las mujeres que los aman con locura. ¿Qué te hace pensar que contigo sería distinto? Nunca ames a un hombre que, aunque te ame, jamás te dará fidelidad. Porque el amor sin lealtad no es amor... es egoísmo disfrazado. ¿Por qué no puedes entenderlo, hija?
—¿Qué... qué dices, madre? —balbuceó, incrédula—. Pero tú te casaste con mi padre por amor... porque lo querías. ¿Por qué ahora me dices que no sirve? De verdad no tiene sentido lo que estás diciendo.
—¿Amor? —Delyssaney soltó una risa breve, demasiado amarga para ser genuina—. Yo nunca estuve enamorada de tu asqueroso padre —reveló con desprecio, levantándose de la cama—. Tenía apenas catorce años cuando me obligaron a casarme con él. Unas semanas después, ya estaba embarazada de tu hermano. Y tenía quince cuando volví a quedar embarazada de ese hijo varón que nunca nació porque tú le robaste su lugar. ¿De verdad crees que a esa edad sabía lo que era amar?
—¿Quince...? —Elennaia parpadeó lento, ahogando las náuseas.
—Nunca quise casarme, Elennaia —continuó, mirándola con todo el desprecio que podía sentir una persona lastimada—. Era una niña cuando todo ocurrió. Una niña obligada a hacer cosas que ni siquiera entendía... Odio con cada fibra de mi alma a mis padres y, sobre todo, al tuyo, Elennaia. Lo odio porque me arruinó la vida. Porque me forzó a hacer cosas que no quería. A tener hijos que nunca deseé. Lo odio por todo. Por cada pedazo de mí que se llevó sin mi maldito permiso.
Era la primera vez que Elennaia veía a su madre como una víctima real, una mujer con heridas tan enormes como una abertura y no solo como alguien que quería moldearla a su antojo. No conocía su historia, ni cómo contrajo matrimonio con su padre hasta ese momento. Nunca le preguntó, y ella nunca se lo describió. Y eso lo hacía más punzante, porque había vivido en la ignorancia absoluta durante todos esos años.
—Y también te odio a ti, Elennaia, más de lo que puedes imaginar. Te odio con mi alma entera. —Su mano llegó a la mejilla de Elennaia y la apretó con fuerza. Ella quiso apartarse, pero su agarré y el dolor en su cuerpo, no lo permitió—. Eres el recuerdo del infierno que viví cuando ni siquiera sabía lo que era vivir, en realidad. Te miro y me repugnas. Te miro y deseo arrancarte la vida con mis propias manos.
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Editado: 20.01.2026