010 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Tierra Quieta, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Elennaia se levantó y salió de la casa, sin prestarle mucha atención a la lluvia que seguía cayendo fuerte. Necesitaba olvidar, aunque fuera por un segundo, que la esperaba una academia militar para molerla a entrenamiento. Se sentó debajo de un árbol, clavando la mirada en los dos anillos que adornaban su mano, con unas ganas feroces de arrancarlos con dedo incluido, y lanzarlos lejos donde nadie pudiera encontrarlos. Sin embargo, tenía demasiado miedo de hacerlo, a pesar de no tener los ojos juzgadores de su familia monitoreando cada acción que realizaba, porque consideraba que cualquier acto de rebeldía contra aquel matrimonio sería firmar una condena divina a su espíritu.
Sentía muchísimo respeto —o quizá muchísimo terror— a los dioses como para arriesgarse a obtener una maldición por parte de ellos. Los amaba a su manera, aunque nunca la hubieran tocado, aunque jamás hubiera sentido ese poder divino que, según los libros y las demás personas, debían proteger a la humanidad de todo mal. La habían abandonado en varias ocasiones, por supuesto, pero seguían siendo los dioses, y nada en el mundo poseía poder suficiente para cambiarlo.
Aun así, estaba segura de no querer contraer matrimonio con nadie, ni dejar su vida de lado para ser solo una mujer que servía y complacía sin soltar ni una sola queja, pero ¿qué otra opción tenía? Según su madre, había nacido para casarse y darle hijos a su esposo. Su padre le repetía una y otra vez que debía ser una mujer discreta con todas las personas a su alrededor. Y ni hablar de su abuelo, que era un abusador más, que, con su poder, quería moldear el mundo a su completo antojo.
Apoyó la cabeza en sus rodillas, suspirando con pesadez.
Asimismo, Zareth se apoyó en el umbral de la ventana, con los brazos cruzados, observándola con una expresión serena. Aún le dolía el golpe que ella le había dado, y eso le arrancó una risa que se obligó a contener. Dejó que la cabeza se le inclinara ligeramente hacia un lado, sin apartar la mirada de ella. En ese momento, Fallo se colocó a su lado.
Ninguno dijo nada durante varios minutos, hasta que Fallo rompió el silencio, indicándole con voz suave que fuera con ella. Zareth soltó una risa carente de humor y negó con la cabeza, como si de pronto el hombre se hubiera vuelto completamente demente. Pero Fallo insistió, esta vez con una voz más severa, y Zareth se removió, incómodo. Luego soltó un suspiro exasperado y se dirigió hacia la puerta, arrastrando los pies de mala gana. Se pasó una mano por el cabello mojado y caminó hacia Elennaia, quien alzó la mirada; sus ojos se encontraron durante unos segundos antes de que ella volviera a bajarla, afligida.
—¿No sientes frío? —preguntó Zareth, algo incómodo, sentándose a su lado—. La lluvia seguirá estando fuerte por unas horas más.
Elennaia lo observó y, por un instante, algo en su expresión se quebró antes de que lograra recomponerse. La garganta le empezó a arder y las lágrimas asomaron en sus ojos, ansiosas por escapar. No podía permitirse mostrar debilidad frente a alguien a quien apenas conocía; sin embargo, los sentimientos enredados en su interior parecían empujarla en dirección contraria, y eso hacía que se odiara.
—El frío y la lluvia es lo que menos me importa ahora —respondió con amargura—. Estoy aquí, contigo, cuando hace nada me encontraba por dar mi juramento. —Una risa sarcástica salió de su boca—. Es una completa locura, ¿sabes? No quiero estar aquí, pero tampoco quiero…
—Casarte… —completó Zareth con una voz gélida, más fría que la lluvia, bajando la mirada hasta la mano de ella, donde brillaban los dos anillos—. ¿Por qué no quieres casarte? El matrimonio es algo… bello.
—Créeme que para mí no lo es —dijo, con el pecho oprimido, y se acomodó el cabello—. No quiero casarme con ese hombre. Es tan… malo, pero no importa lo que haga, mis padres ya eligieron por mí.
—¿Y qué piensas hacer al respecto, D’Allessandre? —cuestionó, con un tono que intentaba parecer indiferente—. ¿Aceptarás ese matrimonio, aun sabiendo que no serás feliz con él, o renunciarás?
—No lo sé —admitió en un susurro—. De verdad no sé qué hacer.
—Si no lo sabes, entonces ya tienes la respuesta que necesitas.
—¿Qué quieres decir? ¿La respuesta que necesito?
Zareth cerró los ojos por un momento y, cuando estaba a punto de responder, algo en su mente encajó de pronto, como las piezas finales de un rompecabezas. Se puso de pie de golpe y caminó hacia el interior de la casa, dejando a Elennaia con una mueca de confusión.
Él se dejó caer junto a Fallo, pasándose ambas manos por la cabeza, mientras Elennaia relajaba los hombros de golpe, con un nudo apretándole la garganta que le impedía respirar bien. Intentaba comprender qué había querido decirle, pero no lograba descifrarlo. Todo sonaba como un acertijo diseñado para hacerla perder la cordura.
Repentinamente, una carcajada rompió el silencio en el que estaba encerrada, haciéndola estremecer de inmediato y mirar a todas partes. En ese momento, un aroma muy fuerte a lavanda la envolvió. Se levantó rápido, sintiendo el estómago encogerse, y las náuseas comenzaron a subirle por la garganta, obligándola a cerrar los ojos con toda la fuerza que albergaba para no ceder ante el mareo inesperado.
#9490 en Fantasía
#17694 en Novela romántica
#3286 en Chick lit
feminismo, mujerespoderosas, fantasía drama romance acción misterio
Editado: 05.01.2026