011 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de las Llamas Eternas, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Se escuchó el sonido de un tren aproximarse a gran velocidad, y Elennaia levantó la mirada en seguida, confundida y asustada. Se limpió rápido las lágrimas, y se puso de pie justo cuando el tren apareció enfrente de ella. Era demasiado enorme, escarlata, y lanzaba humo por todas sus chimeneas que formaban una hilera larga hacia atrás. La puerta se abrió lentamente, mostrando unas escaleras negras y oxidadas que descendieron del vagón hasta sus botas. Dudó unos segundos antes de poner su pie sobre el primer escalón, subiendo lento.
Al ingresar al tren por completo, se encontró con un amplio pasillo largo, flaqueado de puertas de madera con bordes de hierro, a cada lado, decoradas con el logo del imperio en el centro, que llevaban a las diferentes cabinas de esa sección. Avanzó con cautela hasta llegar al fondo, donde una puerta más grande la esperaba. Puso su mano en la manija floreada, abriéndola de forma cuidadosa, como si detrás de ella estuviera un monstruo que la devoraría sin dejar nada desperdiciado.
Al otro lado, se encontró con un bullicio de personas entrando y saliendo de las cabinas, otras conversando en el pasillo, riendo. Sus uniformes no eran nada iguales a los de ella, pero no les prestó mucha atención. Sus pies se quedaron clavados en el suelo y la mirada se le volvió borrosa. Descendió los ojos a sus manos que tiritaban con fuerza.
—Parece que estás perdida, chiquilla. Los aspirantes están al fondo del tren —dijo una mujer, mirándola de arriba abajo, y luego señaló el fondo del tren—. No te quedes ahí parada. Anda, muévete, chica. Los cadetes tienden a ser muy… ¿Cómo decirlo? —Torció los labios, pensando—. Muy animales cuando ven carne fresca. Justo como… tú.
—¿Eh? —balbuceó Elennaia—. ¿Soy carne fresca?
—Eso fue lo que acabé de decirte. —Alzó una ceja y chasqueó la lengua—. Carita asustada, manos temblorosas, y seguro no sabes ni donde posar tu trasero. Eso anda gritando “soy carne fresca, cadetes”.
Elennaia iba a hablar cuando una persona apareció delante de ella, causando que un chillido bajo saliera de sus labios. No parecía un estudiante, mucho menos un profesor, pues tenía un atuendo colorido y dos cuernos largos en la cabeza, junto a un letrero que decía “Bienvenidos”. Retrocedió por inercia, dirigiendo la mirada hacia la mujer, que sonreía mientras observaba de reojo a la persona a su lado.
—¡Bienvenida al Tren del Camino, aspirante a cazador! —exclamó aquella persona con una voz exageradamente teatral, sacudiendo las manos frente a Elennaia, y unas chispas multicolores salieron de sus dedos amarillos y tan largos como espaguetis—. Estáis a punto de sumergiros en un extraordinario viaje hacia el fin del mundo… o quizá hacia el de vuestras vidas. —Desapareció y reapareció detrás de Elennaia, provocándole una exclamación un poco más audible—. ¿Estáis preparada para aterrizar en la titánica academia de Rivernum?
Elennaia parpadeó varias veces, llevándose una mano al pecho.
—¿¡Pero que ha sido eso!? —Lo miró con los ojos bien abiertos.
—Es Larky Parky —informó la mujer, moviendo la cabeza de un lado a otro mientras reía—. Es el encargado de darles la bienvenida a todos los aspirantes cuando suben al tren. Puede ser un poquito pesado cuando quiere… aunque creo que ya te disté cuenta de eso, ¿no?
—Oh, mi encantadora lady —dijo Larky Parky, haciendo una reverencia exagerada mientras llevaba un brazo a la espalda y deslizaba una pierna por el suelo—. Espero que su estadía en el tren sea más que grata. Si algo llegáis a necesitar, a Larky Parky debéis llamar, y enseguida lo solucionará. —Sonrió antes de desaparecer con un aire teatral, dejando tras de sí una pequeña nube de humo blanco.
—Siempre hace lo mismo. —Ella volvió a negar con la cabeza.
Elennaia frunció apenas el ceño y parpadeó un par de veces, observando cómo la nube de humo se disipaba lentamente. Arrugó la nariz al percibir el olor dulce, casi empalagoso, que él había dejado.
Cuando estuvo por hablar, una chica pasó a su lado y le golpeó el hombro al hacerlo. Torció los labios, siguiéndola con la mirada. Su cabello blanco estaba entrelazado en dos trenzas que colgaban de un moño desarreglado. La chica la observó de reojo, pero en lugar de disculparse, siguió de largo hasta desaparecer en el fondo del vehículo.
—Pero ¿quién se cree que es? —murmuró Elennaia con desprecio. Bufó molesta, y apretó los labios con fuerza—. Debe tener los ojos muy mugrientos para no ver a la persona que tiene delante de ella, tonta.
—Calma, fierita —se burló la mujer.
—¡Ahelin, ven aquí ya mismo! —gritó un hombre, asomando la cabeza por la puerta de una cabina—. ¡Yajeslihy se está vomitando!
—Fue un gusto conocerte —expresó Ahelin, dándole a Elennaia una mirada de arriba abajo—. Espero que te vaya bien en la prueba. Si bien… puede que mueras. —Se dio la vuelta y desapareció en la cabina.
Elennaia asintió con la cabeza, rápido, aunque Ahelin ya no la veía. Tragó con fuerza y comenzó a abrirse paso entre la multitud bulliciosa, sintiendo cómo la incomodidad le crecía en el pecho con cada paso que daba al frente. Se detuvo un momento, volviendo a tragar saliva, duro.
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Editado: 05.01.2026