011 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de las Llamas Eternas, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Elennaia abrió los ojos despacio, sintiendo los primeros rayos del sol entrar por la ventana, y todo se derrumbó como una montaña al darse cuenta de que todo lo que había estado implorando, no había sido una horrible pesadilla; seguía en el vehículo, rumbo a Rivernum.
Miró a sus compañeras, irritada. Ambas dormían profundamente; Destenaia tenía una pierna levantada y la cabeza apoyada en el borde de la cama, mientras que Deyneire permanecía completamente bajo las sábanas. Elennaia cerró los ojos un momento, respiró profundo y luego dirigió la mirada a la ventana, notando que atravesaban un bosque donde los animales se quedaban observando el tren al pasar.
Estiró los brazos, moviendo la cabeza de un lado a otro, y luego permaneció inmóvil durante varios minutos, hasta que sus compañeras despertaron e intercambiaron algunas palabras, justo antes de que la puerta se abriera, revelando a una mujer corpulenta empujando un carrito de comida. Aquella mujer les entregó a cada una un pan envuelto en plástico, junto con dos botellas metálicas: una con agua y otra con jugo natural. Después, les dio varias bolsas verdes de comida. Elennaia observó todo con incredulidad cuando la mujer le indicó que eso sería lo único que comerían durante hasta el anochecer.
Elennaia apenas dio un mordisco, asqueada, y luego bebió un sorbo del jugo, que estaba sin azúcar, provocándole un rechazo inmediato. Intentó tragar, pero no pudo, así que, de forma disimulada, dejó el pan masticado con el resto a medio terminar a un lado de la cama, moviendo la lengua rápidamente para deshacerse del saborcillo.
Casi de inmediato, su cuerpo comenzó a pedirle un descanso urgente. No sabía si había un baño, pero, a regañadientes, tuvo que decirle a Destenaia que le indicara si conocía uno. Fue entonces cuando ella decidió ir también, junto con Deyneire. Elennaia frunció apenas los ojos, incómoda de su compañía, pero no dijo nada y asintió.
Las tres salieron del cubículo y, siguiendo a Destenaia, llegaron a la zona de los baños, donde se encontraron con una fila inmensa de hombres y mujeres, así que no les quedó más remedio que formarse. Elennaia se removía incómoda, tratando de aguantar las ganas de orinar, hasta que por fin llegó su turno. Se encontró con un baño nada decente, pero no le prestó mucha atención y cerró la puerta de madera.
El tiempo pasaba de forma desesperadamente lenta en el tren, y Elennaia no sabía qué hacer para distraerse. Llevaba tres días metida en ese bendito cubículo. Tres días donde daba vueltas en esa cama dura como una roca, miraba por la ventana, salía a caminar un poco —recorridos que no duraban más de un minuto— y volvía a lo mismo. Estaba exasperada, con la tensión acumulada a punto de destrozarla.
Entonces, el tren se detuvo de golpe. Elennaia salió disparada de su cama y se golpeó la cabeza con fuerza contra la pared de enfrente. Llevó la mano a la frente, soltando un chillido de dolor. A su lado, Destenaia sacudía la mano con la que había logrado sujetarse a último momento, mientras que Deyneire terminó con la espalda aún más hundida contra su cama, el pecho subiéndole y bajándole con rapidez.
Elennaia se incorporó lentamente con una mueca de fastidio y salió de la cabina junto a las demás. Deyneire observaba todo el lugar como si fuera una niña pequeña descubriendo el mundo por primera vez. Destenaia, por otro lado, se acomodaba las trenzas hacia delante.
Tras unos largos minutos caminando por el pasillo, salieron del tren, encontrándose con la intensa luz del amanecer contra sus rostros, haciéndolas cerrar los ojos. El lugar donde estaban era extenso, y frente a todos los aspirantes —que fueron los únicos que bajaron del tren en ese momento— se alzaba un pequeño estrado delante de unas imponentes murallas doradas que parecían atravesar el firmamento, con tres vociferadores al frente, necesarios para que todos escucharan.
Cuando Destenaia estuvo por hablar, un rugido poderoso estremeció a todos los aspirantes. Elennaia levantó la mirada hacia el cielo y se quedó boquiabierta ante lo que sus ojos observaban: tres dragones se aproximaban en dirección a donde estaban ellos. El primero de todos era Vearhion, conocidos por ser los reyes indiscutibles de las tierras heladas alrededor del mundo. Su sola presencia bastaba para helar la sangre de las personas que los tenían cerca, no por crueldad, sino porque su naturaleza lo dictaminaba así.
Elennaia conocía todas las clases dentro de esa especie, y se había memorizado sus diferencias —escamas, garras, tamaños— aunque todos compartían el mismo aliento gélido, capaz de congelar el propio aire y convertir cualquier superficie en una tundra inquebrantable.
Ella sonrió levemente, girando la cabeza en dirección al dragón envuelto en rayos que venía detrás del Vearhion, un Xyphara, la única especie de dragones que habitaba entre las tormentas sin resultar heridos. Esas espinas que lanzaban desde sus colas eran armas poderosas que podrían atravesar hasta el más resistente de los muros, como si fuera solo papel mojado. Eran demasiado intimidantes, tanto que nadie quería tenerlos como destino, a excepción de los Trushyanos, quienes los aceptaban no por valentía, sino por afinidad, pues al ser ambos engendros de la tormenta y el rayo, se respetaban porque sabían que su naturaleza hacía gritar al mismísimo cielo sin clemencia.
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Editado: 05.01.2026