Juego De Brujas

CAPÍTULO 029: LAS CENIZAS DE LAS BRUJAS

010 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra

Día de la Tierra Quieta, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

La noche se sentía densa y olía fuertemente a azufre. Las calles estaban transitadas por los ciudadanos como cualquier otro día: algunos hablaban en voz alta mientras vendían sus productos; otros compraban o simplemente ignoraban el bullicio a su alrededor. Vanyssira caminaba junto a su hija mayor, Lunarys, comprando el mercado del mes para la casa, algo que a Lunarys le resultaba inquietante. Su madre, una mujer excéntrica que siempre enviaba a las muchachas en su lugar, decía no tener tiempo para esas banalidades.

Por supuesto, Lunarys le preguntó a qué se debía aquel repentino cambio de opinión, pero no obtuvo más que una mirada severa. El silencio que siguió fue rápidamente devorado por el ruido del mercado.

Vanyssira la dejó junto al panadero para que comprara el pan mientras ella, con un aire extraño que no pasó desapercibido por Lunarys, se alejaba hacia otro lugar. Se internó en una tienda antigua, escondida en un callejón impregnado de olor a cigarro y abandono, donde las personas parecían no haber tocado el agua en meses enteros.

Abrió la puerta con cuidado y se encontró con un interior que parecía arrancado de las entrañas de la tierra. Las ventanas agrietadas dejaban pasar una luz mortecina y tenebrosa; había máquinas de escribir dispuestas en filas meticulosamente ordenadas y, al fondo, aquello que realmente le interesaba: estanterías inmensas, repletas de pócimas mágicas, runas encantadas y grandes candados dorados.

Habló con Sargeth, el encorvado y pestilente hombre encargado del lugar, y sacó la bolsa con el dinero, que tenía un sello familiar: dos espadas entrelazadas con un cáliz de fuego y una serpiente cubierta de joyas de oro, diamantes y zafiros. Vanyssira se la entregó con prevención, al tiempo que él le daba lo que había ido a buscar. Vanyssira guardó todo en su bolso y salió de la tienda, atenta, con el pulso acelerado, asegurándose de que nadie la estuviera observando.

Al llegar con Lunarys, que tenía obstruido en el pecho un extraño presentimiento, comenzó a hablarle al hombre con una voz demasiado anormal, a preguntarle por el pan y a pagarlo todo antes de que él siquiera pudiera responder. Tomó el brazo de su hija y la jaló lejos, mirando hacia atrás cada dos segundos, como si algo la persiguiera…

Fue entonces cuando Lunarys supo que su madre había hecho algo, aunque su mente no lograba entender qué. No preguntó; sabía que no habría respuestas. Solo se dejó arrastrar por su madre varias calles arriba hasta que —después de una hora caminando— llegaron a casa.

Entraron en completo silencio, uno que solo era roto por el crujir de las bolsas del mercado. Las muchachas se apresuraron a tomarlas y, entonces, Vanyssira se dirigió al fondo del pasillo junto a Bruce. Lunarys quiso ir a averiguar qué era lo que su madre había comprado con tanto misterio, pero antes de que pudiera dar un solo paso, ella reapareció junto a Bruce y ambos subieron las escaleras con rapidez.

En ese instante, Lunarys aprovechó para ir al fondo del pasillo, pero, como siempre, todo seguía exactamente igual. Sin quererlo, su mirada se detuvo en la gran puerta de hierro que siempre se mantenía cerrada —o eso era lo que ella creía—, y su corazón se le comprimió en el pecho. No sabía qué había detrás. Su madre nunca había querido contárselo.

Solo lo sabían ella y Bruce, como un secreto peligroso.

Simultáneamente, Elennaia se levantaba con pereza, y salió de la casa, sin prestarle mucha atención a la lluvia que seguía cayendo fuerte. Necesitaba olvidar, aunque fuera por un segundo corto, que la esperaba una academia militar para molerla a entrenamiento.

Se sentó debajo de un árbol, clavando la mirada en los dos anillos que adornaban su mano, con unas ganas feroces de arrancarlos con dedo incluido, y lanzarlos lejos donde nadie pudiera encontrarlos. Sin embargo, tenía demasiado miedo de hacerlo, a pesar de no tener los ojos juzgadores de su familia monitoreando cada acción que realizaba, porque consideraba que cualquier acto de rebeldía contra aquel matrimonio sería firmar una condena divina a su espíritu.

Sentía muchísimo respeto —o quizá muchísimo terror— a los dioses como para arriesgarse a obtener una maldición por parte de ellos. Los amaba a su manera, aunque nunca la hubieran tocado, aunque jamás hubiera sentido ese poder divino que, según los libros y las demás personas, debían proteger a la humanidad de todo mal. La habían abandonado en varias ocasiones, por supuesto, pero seguían siendo los dioses, y nada en el mundo poseía poder suficiente para cambiarlo.

Aun así, estaba segura de no querer contraer matrimonio con nadie, ni dejar su vida de lado para ser solo una mujer que servía y complacía sin soltar ni una sola queja, pero ¿qué otra opción tenía? Según su madre, había nacido para casarse y darle hijos a su esposo. Su padre le repetía una y otra vez que debía ser una mujer discreta con todas las personas a su alrededor. Y ni hablar de su abuelo, que era un abusador más, que, con su poder, quería moldear el mundo a su completo antojo.

Apoyó la cabeza en sus rodillas, suspirando con pesadez.

Asimismo, Zareth se apoyó en el umbral de la ventana, con los brazos cruzados, observándola con una expresión serena. Aún le dolía el golpe que ella le había dado, y eso le arrancó una risa que se obligó a contener. Dejó que la cabeza se le inclinara ligeramente hacia un lado, sin apartar la mirada de ella. En ese momento, Fallo se colocó a su lado.




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