013 del Mes de Kaostrys, Dios de la Tierra
Día de la Vida Nueva, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Elennaia siguió corriendo sin tener un rumbo fijo hasta que se encontró con una gigantesca pared de piedra y ramas que se extendían de un extremo al otro, cerrándole cualquier escape. Maldijo internamente, preguntándose de donde había salido aquella cosa, si apenas hace un instante, al mirar a lo lejos, no había nada allí. Estaba empezando a odiar la magia del bosque. Se puso de rodillas, estresada.
Tomó aire y cerró los ojos con fuerza, intentando no perder la poca compostura que le quedaba, aunque la desesperación le estaba quemando cada una de las venas. Al alzar la mirada, no encontró ninguna salida. ¿Qué era ese bosque? ¿Un simple lugar lleno de árboles o un sueño retorcido donde las pesadillas se volvían reales?
Se puso de pie de un brinco, llevándose las manos al cabello mientras intentaba respirar con calma. Pero entonces, poco a poco, más paredes fueron alzándose desde el suelo a su alrededor hasta dejarla atrapada en la mitad. Las lágrimas amenazaron con deslizarse por sus mejillas; odiaba con toda su alma los lugares clausurados.
Negó con la cabeza una y otra vez, con las manos temblorosas, hasta que logró recuperar una pisca de tranquilidad. Hizo lo único que se le ocurrió en ese instante: intentar trepar, a pesar de que sabía muy bien que no lo lograría, pero tampoco tenía algo mejor que hacer. Colocó los dedos en la pared musgosa, pero antes de siquiera impulsarse, el brazalete en su muñeca vibró con como una serpiente, moviéndose de un lado al otro, como si tuviera vida propia. Repentinamente, una tira delgada y brillante salió disparado y se aferró a la cima de la pared.
Antes de que Elennaia pudiera reaccionar, la tira la arrastró hacia arriba con una velocidad que le sacó un chillido de pánico. Cerró los ojos con fuerza, convencida de que iba a morir hecha pedazos contra las piedras y las ramas puntiagudas. Sin embargo, llegó a la cima y su mano se aferró a la superficie dura y áspera. Se elevó con esfuerzo, sentándose finalmente en la tierra firme. Entonces, se permitió expulsar el aire contenido, con un jadeo que le hizo temblar los labios.
Bajó la mirada al brazalete, que se encontraba quieto en su muñeca, como si nada hubiera pasado, como si no la hubiera rescatado. Elevó las cejas, sorprendida y una sonrisa leve, casi infantil, apareció en su rostro cubierto de heridas pequeñas y sangre. El objeto que Zareth le había dado —según él, solo prestado—, le había salvado la vida. Tal vez, y solo tal vez, ese cazador no era tan malévolo como ella quería creer.
Se apresuró para adentrarse en el bosque, iluminado apenas por la luz de la luna. No obstante, justo cuando creyó que estaría a salvo, una mano fuerte y arisca le cubrió la boca. Elennaia abrió los ojos de golpe, sintiendo la desesperación adentrarse en su sistema. Forcejeó, queriéndose liberar, pero la fuerza de esa mano era más que la suya.
—Linda señorita —murmuró una voz masculina detrás de ella—. ¿Por qué estás tan solita en este peligroso lugar? ¿Quieres divertirte?
Elennaia le mordió la mano, arrancándole un pedazo de carne, y se alejó lo suficiente para sacar la espada de su espalda. Se volteó rápido, con el corazón golpeándole el pecho, encontrándose con dos hombres vestidos con el mismo uniforme que ella. No se miraban nada amigables, por lo que un mal presentimiento se instaló en su cabeza.
Con las manos temblorosas, levantó la espada hacia ellos.
—Tienes unos dientes filosos —mencionó el hombre al que le había mordido la mano, agitándola apenas—. Sí que duele. —Pasó la lengua por la herida, disfrutando la sensación de ardor—. No te alteres, hermosa. Todo estará bien. No soy tan brusco cuando someto a una mujer. Aunque, bueno, siempre terminan pidiendo más ustedes, ¿no?
—Déjenme sola —tartamudeó Elennaia—. ¡Largo de aquí!
El hombre que estaba al lado del otro dio varios pasos hacia adelante con una sonrisa torcida, escaneándola de arriba abajo, haciéndola estremecer. Aceleró sus pies, obligando a Elennaia a retroceder por instinto, pero solo logró caer como un saco de papas, y antes de que pudiera reaccionar por la caída, ya lo tenía encima de ella.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó él, aferrando sus dedos en las manos de Elennaia—. Debe ser igual de hermoso que tu rostro.
—Por favor —susurró, desviando la mirada. Respiró rápido, y muchos recuerdos llegaron a su cabeza—. No me hagas nada.
—¿Qué estás pensando que te haré? —Chasqueó la lengua, moviendo la cabeza de un lado al otro—. Solo quiero hablar contigo.
A pesar del miedo que sentía, pudo darle un golpe en la entrepierna al hombre que no tardó en caer a su lado, retorciéndose como un pez fuera del agua. Sin pensarlo demasiado, se lanzó hacia su espada y la agarró con sus dos manos que no dejaban de temblar, apuntándola hacia el único que seguía de pie. Él avanzaba con paso despreocupado, hasta que aceleró, pero Elennaia no volvió a caer como él quería; solo esperó a que estuviera muy cerca, y entonces giró sobre sí misma, con la precisión que había obtenido de sus rigorosas clases de baile, y dejó que la espada gritara por ella. La cabeza del hombre salió disparada hasta aterrizar a pocos metros de su cuerpo, que caía de rodillas, temblando por unos segundos antes de desplomarse por completo.
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Editado: 05.01.2026