045 del Mes de Yvelis, Diosa del Amor
Día de la Vida Nueva, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
Cathanna no era la mejor corriendo ni en broma, mucho menos la más veloz. Sin embargo, eso no la detenía en su búsqueda de la bandera que ondeaba en algún rincón de aquel inmenso bosque. Sus ojos se deslizaron hacia atrás, sintiendo la presencia de alguien. La ansiedad amenazaba con nublarle la razón, apretándole el pecho y sacudiéndole las manos, pero ella no iba a permitírselo. Nyxeret se encontraba volando sobre ella, protegiéndola de algún piloto problemático que deseara hacerle más daño del que estaba permitido.
—Alguien te sigue —dijo Nyxeret, con la voz brusca.
Cathanna no esperó a que ella se lo repitiera. Sus piernas ardieron como si las hubieran fundido en fuego puro y, sin pensarlo, se lanzaron a correr con una velocidad que la sorprendió. ¿De dónde había salido aquello? Pero no se detuvo a analizar su nueva habilidad, no cuando esa presencia se sentía cada vez más cerca, acechándola como un depredador que primero jugaba antes de lanzársele encima.
Necesitaba descansar, su cuerpo lo pedía a gritos. Sin embargo, no podía darse el lujo de perder cuando ya llevaba más de veinte minutos en aquel lugar. Sus piernas se detuvieron cuando una montaña apareció delante, con presas para escalar. Un bufido salió de sus labios, aun así, se preparó para subir, pero un fuerte agarre en su brazo la hizo caer al suelo, sacándole un rugido de dolor por el impacto.
Ella levantó la mirada y se topó con los ojos serios de Raihen, quien movía su espada con intenciones de parecer una amenaza. Antes de que aquella hoja pudiera impactar contra su rostro, giró con toda la velocidad que pudo, incorporándose de un salto. Con un movimiento ágil, sacó la espada oculta en su moño, dejando que su cabellera se deslizara hasta su cintura, ondeando con fuerza bajo el soplo del viento.
—¿¡Que es lo que sucede contigo!? —exclamó Cathanna—. Deja de querer matarme. ¡Dioses! ¿Por qué me jodes tanto la existencia?
—¿Y todavía lo preguntas? —escupió Raihen, entre dientes, recorriéndola con la mirada con una expresión imposible de descifrar—. ¡Por tu culpa casi nos expulsan a todos de Rivernum! Y no creas que olvidé lo que hiciste en el primer entrenamiento. Asquerosa perra de mierda… ¿De verdad te crees mejor que yo solo por tu dragón?
—¿Y por eso ahora me persigues como un lunático? —soltó Cathanna, con incredulidad. Dejó escapar una carcajada amarga—. Por si lo olvidaste, la que terminó castigada por esa “humillación” fui yo. —Apretó con fuerza el mango de la espada—. Ya supéralo. Lo que pasó ese día no fue para tanto. Nadie terminó expulsado. —Le sostuvo la mirada con un destello de desprecio—. Eres un chiste… y ni siquiera uno bueno, sino de esos mal contados que solo causan vergüenza ajena.
Raihen sonrió de lado, como si disfrutara de la confrontación, como si ella no fuera más que un simple espectáculo que lo entretenía como nunca. Llevó una mano a su nariz antes de lanzarse a ella y abrirle una herida superficial en la mejilla. Pero Cathanna no se quedó atrás examinando la situación como lo hubiera hecho antes, sino que le asentó un golpe fuerte en el estómago con el mango de la espada, haciendo que él se doblara de inmediato, retorciéndose en el suelo.
Cathanna lo observó con el pecho agitado, sin intenciones de rematarlo. Tenía muchas razones válidas para desear su muerte, pero ella no era una asesina. No importaba que en el pasado ya lo hubiera hecho, no quería volver a llenar sus manos de sangre, menos la de un cobarde con complejos de superioridad. Solo sentiría repugnancia.
—Escúchame bien, Raihen... —murmuró Cathanna, inclinándose hasta quedar a su altura—. No vuelvas a meterte conmigo nunca más, porque la próxima vez no tendré ninguna estúpida compasión hacia ti. Te enterraré esta espada hasta arrancarte los órganos. Yo quiero llevar la fiesta en paz y espero que tú también —continuó, dándole un golpecito en la cabeza, como si reprendiera a un perro rabioso, y luego se incorporó con calma—. Compórtate, gracias.
Guardó la espada en su cintura justo cuando esta volvió a encogerse, quedando diminuta entre sus manos. Comenzó a trepar la montaña justo cuando Raihen lograba ponerse de pie, pero para entonces ella ya estaba demasiado lejos como para que pudiera arrastrarla de nuevo al suelo. El cansancio aplastaba cada músculo de su cuerpo, amenazando con doblegarla, pero no iba a rendirse, no cuando la cima estaba tan cerca. Con un último impulso, se elevó y corrió hacia la entrada de otro bosque que la aguardaba a unos pasos.
Acomodó el rifle en su espalda, que pesaba como si llevara una roca de gran tamaño atada a ella. Tomó una fuerte bocanada de aire y continuó caminando entre los árboles torcidos y el suelo lleno de lodo. En su caminata, se cruzó con uno que otro recluta, cuyos rostros estaban tensos y llenos de sudor, y entre ellos divisó a Clyder, quien le regaló una sonrisa coqueta antes de desaparecer entre los árboles.
Cathanna se dejó caer sobre una roca para descansar después de más de media hora de búsqueda infructuosa. Nyxeret había desaparecido en el cielo para seguir rastreando la bandera mientras ella se daba un respiro. Estaba agotada, con el cuerpo pidiéndole rendirse. Puso la cabeza entre sus piernas y así se quedó por un tiempo, hasta que decidió que ya era momento de seguir en la búsqueda.
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Editado: 05.01.2026