No hay tiempo para gente toxica
Brandon
Ahí estaba yo, con la mirada fija en un punto y los pies plantados en el pavimento. Sujetaba los brazos de mi mochila con tanta fuerza que temí que se despegaran. Las personas pasaban como segundos en un cronómetro, pero yo seguía inmóvil.
Ahí estaba yo, pero sabía que ya no estarías tú.
El reloj parecía detenido, y mis hombros dolían de tantas veces que desconocidos chocaron contra ellos. Miro mi pantalón carmesí, tan distintos del caqui que usaba en mi antiguo instituto. Hace meses me prometí no comparar mi vida nueva con la pasada. Se supone que estoy en otro estatus, que debo relacionarme con personas diferentes. Y, aun así, lo único que quiero es volver a sentarme en ese pupitre desgastado, manchado de palabras obscenas, reírme mientras él vive su vida desde la primera fila, ignorando por completo mi existencia.
Un estruendo me saca de mis pensamientos. Giro la cabeza rápidamente y veo un bulto en el suelo. Ha vomitado cuadernos, cartucheras y hasta un botiquín de emergencia. Mi primer impulso es ayudar, pero mi costumbre de observar me detiene justo cuando alguien —no, ÉL— se acerca con esa sonrisa que compra el mundo y deja propina. Se agacha junto a la chica.
La maraña de cabello rojizo de ella brilla como rayos de sol, alza la cabeza y se encuentra con un rostro angelical (lo que imagino sería uno, si existieran los ángeles). Él le devuelve una sonrisa cálida, de esas que abrazan. En un abrir y cerrar de ojos, los cuadernos han desaparecido del pavimento. Él le ofrece la mano, ayudándola a levantarse. El mundo, que por un instante pareció detenerse, retoma su curso. Ella se marcha con las mejillas sonrojadas, mientras él ni siquiera la mira partir.
Intenta ocultar su emoción, pero ambos sabemos que siempre ha soñado con vivir una escena de película cliché.
Frida siempre ha sido el tipo de chica que parece destinada a protagonizar momentos así, nos conocemos desde el jardín de infancia. Cuando mis padres dijeron que nos mudaríamos a la ciudad y que asistiría a otro instituto, sentí que mi corazón se rompía, sabía que Frida no podría pagar la matrícula. Vamos, ni siquiera nosotros hubiéramos podido, de no ser por la lotería que ganó papá. Por suerte, Frida tenía las mejores calificaciones del politécnico y sus padres aceptaron dejarla dormir algunos días en mi casa si conseguía la beca. Así terminamos en un instituto privado donde no conocemos a nadie.
Recorrer los amplios y pulcros pasillos me resulta extraño, Frida parece no notar mi incomodidad; no ha dejado de hablar del chico que la ayudó.
No sé si les pasa a otros, pero yo me pregunto constantemente cuándo dejaré de ser espectador en mi propia vida. ¿Cuándo empezará mi historia?
Antes de que termine la frase, giro bruscamente. Mi mirada se enfoca en un grupo de estudiantes que ríen al otro extremo del pasillo, es ÉL, pero, a diferencia de quienes lo acompañan, su expresión es seria. Al segundo vistazo, me doy cuenta de que las risas no son genuinas; solo buscan agradarle. Él arquea una ceja y revisa su Apple Watch de última generación.
Me veo obligado a seguir pisándole los talones. Las expresiones alegres en los rostros del grupito cambian drásticamente a una agria, y por alguna razón siento que nosotros dos no somos más que unos payasos de un circo barato que han entrado a comprar zapatos en GUCCI. Incluso el uniforme les queda mejor a esta gente; una chica lleva bastante maquillaje, mientras que los tres chicos lucen impecables, con las camisas planchadas y los pantalones a la altura de los tobillos. El "carita de ángel" observa a Frida de los pies a la cabeza y, por alguna razón, en su rostro no hay un ápice de la sonrisa que le vi dirigirle hace unos minutos. Todo en ellos parece ser desprecio, como si fuéramos cucarachas que se interponen en su camino, las cuales no matan para no manchar sus zapatos de diseñador.
#328 en Joven Adulto
#1703 en Otros
romance, drama amor adolescente dolor y perdida, drama amor problemas
Editado: 08.01.2026