Todos quieren gobernar el mundo
Val
Cualquiera pensaría que ser yo es fácil, pero nada más alejado de la realidad. Primero, tengo que lidiar con un idiota que tiene la misma cara que yo y comete todas las estupideces posibles en este planeta. Segundo, debo mantenerme a la altura de mi apellido, siempre a la línea, siempre perfecto, como dice mi papá: "Lo que puede tener cualquiera pierde su valor". Y tercero, volviendo al imbécil que tiene mi cara, tengo que solucionar los problemas que causa, porque, claro, alguien tiene que hacerlo.
No me malinterpretes, no es que no ame a mi hermano Fernando. Vamos, nacimos el mismo día con segundos de diferencia, pero a veces me pregunto si esos segundos de más fueron los que me dieron el cerebro que él parece haber perdido. Por ejemplo, entrar al salón de clases el primer día y encontrarlo empapado, rodeado por un par de novatos que le reclaman algo... ¿Podría decir que esto es algo nuevo? No. Es solo otro episodio en el circo que es su vida.
Fernando intenta darme una sonrisa, de esas que usa para salir del problema, hoy no está funcionando, tiene el cabello chorreando agua, su uniforme está arrugado y manchado. Fantástico.
La risa burbujea en mi garganta, pero la reprimo, es demasiado fácil, casi insultante. En lugar de eso, opto por el sarcasmo y el desdén que he perfeccionado a lo largo de los años.
El chico vacila, mirando de reojo a la muchacha que está a su lado. Ah, ella, tiene el cabello tan rojo que parece un incendio forestal, sostiene su termo contra el pecho como si fuera un escudo, es obvio que quiere desaparecer, lo cual es interesante.
Antes de que pueda responder, la pelirroja da un paso adelante.
Su voz es suave, pero clara, tiene ese tono que dice: "Por favor, no me metas en esto más de lo necesario". La observo por un momento, notando el leve sonrojo en sus mejillas y cómo evita mirarme directamente. A su lado, el chico cruza los brazos, como si quisiera desafiarme, pero no termina de decidirse.
Fernando se encoge de hombros, tratando de restarle importancia. La chica mira al suelo, y el chico finalmente desvía la mirada, quizás dándose cuenta de que aquí no hay mucho más que decir. La campana suena, y el maestro entra al aula, observándonos con una ceja alzada. Fer pide permiso para ir a buscar su uniforme de repuesto al casillero, a lo que el maestro no se niega tras ver el desastre.
Tomo asiento, dejando que el incidente se diluya mientras el profesor empieza a hablar, puedo sentir las miradas sobre mí, como siempre. "Valentín Onasis. El imbatible, el perfecto, el inalcanzable". O al menos, así es como me ven, si tan solo supieran.
La pelirroja lanza una última mirada en mi dirección antes de girarse. La ignoro, hay cosas más importantes de las que preocuparme, como el hecho de que, aunque no lo admita, estoy agotado de siempre ser el que mantiene todo bajo control.
La clase sucede sin mucha pena ni gloria. El tema lo manejo sin problemas, por lo que me dedico a observar a los dos extraños sin que se den cuenta. La pelirroja la tengo calada desde el encuentro en el pasillo, con su cabello imposible de ignorar, pero con el muchacho es diferente. Aquel descaro, esas agallas con las que intentó desafiarme. No puedo evitar pensar que tendrá que aprender que este no es su lugar. Aquí, en el reino de los Onasis, las reglas las pongo yo.
Álvaro, siempre en su mundo, parece desconectado hasta que sigue mi mirada. Rasca su nuca, intentando encontrar una respuesta adecuada, aunque ya le he puesto en evidencia.
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Editado: 08.01.2026