Jugando a ser papá

V. Pecado

Entro a la recámara y busco entre mi vieja ropa un pantalón de jean y un suéter rosa que me encantaba cuando estaba en la universidad. No es un atuendo para nada glamuroso, pero es bonito y cómodo.

Me doy la ducha más rápida de la vida y me visto con el temor de encontrar a mi amigo luchando por controlar el llanto de mi hijo. Me desenredo el cabello y salgo de la habitación con la respiración agitada.

—Lo siento, tenía que quitarme el olor de papilla de encima —me disculpo por la tardanza, apresurándome a llegar junto a Noah y recuperar a mi bebé; me apena haberlo molestado, pero me sorprendo al llegar a la sala y ver solo a Gael gritándole al televisor.

—¡Hazte a un lado! —exige cuando paso frente a él.

—¿Dónde están Noah y Alex? —indago asustada.

—¡Argh, Anel! No estorbes.

Empuja mi cadera haciéndome trastabillar, pues los gritos en la televisión le resultan más interesantes que su familia, y decido dejarlo con su bendito futbol e ir con Noah y mi hijo cuando alcanzo a divisarlos en la cocina.

Apenas doy dos pasos cuando mis oídos captan el sonido más hermoso del mundo, ese que me hace latir el corazón a mil por hora y logra sacar mis lágrimas sin siquiera intentar detenerlas.

—¿E-está riendo? —cuestiono cubriendo mi boca—. ¿Cómo lo hiciste?

—Oh, hice un pequeño regalo para Alex —informa Noah despegando su atención de mi hijo para mirarme y frunce su ceño al notar mis lágrimas—. ¿Pasa algo?, perdón, ¿debí preguntarte antes de dárselo?

Ni siquiera capto sus palabras, pues mis ojos y oídos se encuentran embelesados en el pequeño que ríe a carcajadas con el juguete que sostiene en sus manitas.

—¿T-tú hiciste eso? —pregunto atónita.

—Mm… sí, a eso me dedico, Ann. —Se ríe—. Bueno, no hice el juguete como tal, pero diseñé el programa que lo opera.

—¡Guau, Noah! Estoy tan orgullosa de ti —exclamo.

—¿Estás llorando? —estira su mano, desliza sus dedos por mi mejilla y retira la humedad de mi piel.

—Ah, eso… es que nunca había escuchado a Alex reír a carcajadas.

—¿De verdad?, eso es…

—Lo sé.

De pronto se forma un silencio incómodo que me apresuro a llenar con cualquier cosa, por lo que me doy la vuelta y comienzo a sacar los platos del estante para servir la cena. Enciendo la estufa sin mirar a Noah en ningún momento y caliento la comida bajo el siseo de la sartén.

—¿Anel?

—Noah, estoy bien —respondo, anticipándome a su siguiente pregunta.

—Si estuvieras mal, ¿me lo dirías?

No respondo, pues sé que no lo haría.

—Lo sabía —espeta—. Escucha… ya falta muy poco para la graduación; en unos días regresaré a la ciudad y quiero que sepas que…

—¿Ya está lista la cena, mi amor? —pregunta Gael llegando a la cocina, se dirige hacia mí y me abraza dejando besos en mi nuca que me hacen estremecer por la sorpresa.

—G-gael —tartamudeo, más que apenada con mi amigo que se queda callado ante la presencia de mi novio—. Y-ya está la cena, siéntate por favor.

—Gracias, cariño.

Me da una nalgada antes de alejarse y tomar asiento, mientras que yo no puedo más con la vergüenza; mis mejillas están calientes y, aunque no puedo verme, sé que me he puesto completamente roja.

Sirvo los platos para todos y me siento a cenar en silencio.  

*✩‧₊˚*✩‧₊˚*✩‧₊˚*✩‧₊˚*✩‧₊˚*✩‧˚

 

Una hora después aún seguimos en el comedor; Noah nos cuenta sobre su vida universitaria, mientras yo río a carcajadas con sus locuras y Gael finge que escucha, pero de vez en cuando lanza un bostezo de sueño.

—Por cierto, te he traído un regalo —espeta Noah, sacando de su abrigo una cajita adornada con un brillante lazo rosa—. Es solo un detalle. Espero que te guste.

—Oh… Noah. No debiste molestarte —murmuro recibiendo el obsequio de su mano—. El simple hecho de que hayas venido es el mejor de los regalos.

Gael bufa a mi lado, recordándome que sigue presente y gruñe:

—Y bueno… ¿Qué es? ¿No piensas abrir el detalle de tu queridísimo amigo? —resalta la última palabra con alevosía.

—Claro —mascullo apenada.

Deshago el lazo con sumo cuidado de no maltratarlo, pero Gael se desespera y me arrebata la caja, arrugando el listón entre sus dedos.

—¿Una pulsera? —cuestiona con desdén, regresándomela como si no fuera la gran cosa.




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