Jugando al detective

El hurto (III)

Se detuvo en el vano de la puerta. La chica, que usaba camiseta de tirantes y un short de lona desgastada, efectivamente lavaba en la pileta que había bajo el cobertizo ubicado cinco metros más allá. El ritmo de sus movimientos era sugerente y muy a su pesar la imaginación de Santi se encendió.

—¿De verdad te resulta agradable la vista? —inquirió Daniel que llegó por detrás. Santi no lo había oído llegar.

—Mentiría si digo que no.

—¿Qué dijo mi madre?

Bella los escuchó, les dirigió una rápida mirada y volvió a lo suyo. A Santi no se le escapó que fue una mirada furibunda.

—Que se asegurarán de cerrar bien todas las ventanas.

—¿Por qué no me sorprende? ¿Vas a interrogar también a mi hermana?

—Que no es interrogar. Simplemente hablaré con ella.

—Yo lo hice. Dice que durmió como roca y que por qué le iba interesar robar mi consola si mis padres nunca la dejan que ande escasa de dinero. Sabes, creo que le dan más a ella que a mí. Y eso que soy el mayor.

—Bueno, vuélvete la niña de sus ojos.

Daniel le dirigió una mirada recriminadora.

—Ja, ja. Igual, creo que pierdes tu tiempo. Ya se hizo que nunca más veré mi adorada consola de videojuegos. Estaré en la sala lamentando mi mala fortuna.

Cuando se quedó a solas, Santi vio que sus manos temblaban ligeramente. «¡Pero si no me le voy a declarar! Simplemente platicaré con ella como siempre.» No recordaba en qué momento la presencia de la muchacha había empezado a ponerlo nervioso.

«Es hermana de mi mejor amigo —se dijo otra vez—. Y apenas va a cumplir catorce. Y yo ya tengo diecisiete».

—Una vez mi madre estuvo enferma casi una semana —dijo, acercándose y tomando posición al lado de la pileta. Se guardó las manos en los bolsillos para que no notara que temblaba. Hasta que la charla no cogiera fluidez, no se sosegaría. Ojalá pudiera esconder de igual forma lo trémulo de su voz—. Esa semana me tocó lavar y hacer la comida. No se me dio mal, según ella misma, pero no es algo que quisiera hacer todos los días. ¿No te resulta cansino a ti?

—¿Y qué si lo es? —la agresividad de la muchacha lo tomó por sorpresa. Que recordara, nunca había sido grosera con él. Con Daniel, a mares, pero con él, ni una gota.

—¿Te molesto?

—Interrumpes mi cansino trabajo.

«¿En qué momento metí la pata?», se preguntó. Adiós a una charla amena llena de risas y buena vibra en la que al final se atrevería a invitarla a tomar un helado.

—Lo siento. De todas maneras, verás…

—Vienes por lo del tonto juego de mi hermano.

—Nunca te había parecido tonto. Que yo recuerde, hemos jugado juntos y todo el rato nos divertimos.

—Sí, un rato. Pero lo suyo ya rayaba la locura. Horas y horas dale que dale, la una de la mañana y yo despierta escuchando que aún está prendido en su estúpido juego.

«Vaya, excepto Dani, todos en esta casa le tenían inquina a la pobre consola».

—¿No te dejaba dormir?

—No. Bueno… sí, pero, verás… ¿Y a ti qué te importa?

«Seguro está en sus días. De otro modo no me trataría así». Pero en lo que de verdad pensaba era en la turbación de la muchacha. ¿Sería la agresividad una forma de defenderse? ¿Defensa de qué? ¿De mí?

—¿No estás preocupada porque se hayan metido a robar a tu casa anoche?

—Mi ventana y mi puerta permanecen cerradas con llave. Si entran y se llevan algo más, ya es asuntó de papá y mamá. Seguro que a partir de ahora Daniel también empieza a cerrar todo bien.

«Ni que lo digas».

Santi sacó el trozo de tela color rojo y lo puso enfrente de la muchacha.

—¿Lo reconoces?

El gesto de fastidio de la muchacha se trocó en uno de sorpresa durante un segundo, no más. Los músculos de sus labios se atirantaron como si fuera a abrir la boca y los ojos siguieron el diminuto trozo de tela casi con avidez. Pero todo fue tan breve que al instante siguiente Santi estaba preguntándose si no habrían sido imaginaciones suyas.

 —No, no lo conozco. —Respondió rápidamente—. Y ya deja de estar fastidiando. Mi madre siempre ha dicho que eres un chico raro. No lo creía, pero ya veo que tienes razón.

Si le hubiera dicho que tenía novio no le habría dolido más.

—Lo siento —balbució y se fue a casa.

Se fue directamente a casa. No entró por la puerta posterior para salir por la frontal. No se despidió de doña Matilde ni de su amigo. Rodeó la casa y no despegó la vista de la calle hasta que llegó a la suya. Se dirigió al naranjo y no se movió de la silla ni se permitió ningún pensamiento ajeno hasta que terminó el balance general que tenía de tarea.

Cuando terminó, Daniel lo miraba con los brazos cruzados y cara de extrañeza.

—Sí que eres raro —dijo.

Y fue lo peor que pudo decir.




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