Me quedé mirándolo azorado. La paraguayita a la que se refería era Jazmín con quien mantenía una relación clandestina, una relación paralela a la de mi novia. Jazmín era hija de Clotilde y también trabajaba en casa. Yo me preguntaba como sabían de su existencia y de nuestra relación. Estos tipos metían las narices en todos lados y tenían el poder para hacerlo y eso me daba miedo, mucho miedo.
Jazmín era una chica de 17 años, pasional como ninguna que he conocido. Era hermosa tenía la tez oscura, ojos negros, pelo largo color azabache con un brillo único, no importaba con que se lavara su pelo, siempre brillaba, no le hacía falta lavarse la cabeza con esos shampoos caros que nos venden por la televisión garantizándonos un pelo fuerte y sano, que nunca logran.
Era tal su pasión, que cuando la conocí le dije que para mí el sexo era lo más importante, que con una pareja (ocasional o formal) uno podía por lo menos una vez por día tener sexo. Lo que no supe es que lo tomaría al pie de la letra. Un fin de semana largo mi padre se fue a descansar a la costa, en total fueron cinco días. La invite a Jazmín a pasar esos días conmigo, tuve que mentirle a Cecilia, le dije que me iba de campamento a Córdoba. Ese jueves a la noche toque el timbre Jazmín, desde el momento en que entró hasta que se fue el lunes a la noche, no paramos de hacer el amor, bueno, al menos dormimos y comimos un par de horas. Era como una fiera insaciable y ¡Es tan linda! Su tersa piel no la comparo con la de nadie, su color de piel, su boca grande y carnosa, sus manos, sus pies, su dulzura, y su entrega, sobre todo esa entrega total y absoluta, sin peros, sin dolores de cabeza, sin fiebres, sin mentiras.
Era evidente de que me habían espiado de algún modo, nadie sabía de mi relación con ella, solo ella y yo, si se entera Cecilia me mataría. Me sentía desnudo, sentía que ante esta gente no podía tener ningún tipo de secretos. No valía la pena ni mentir ni ocultar.
- ¿Está claro pibe?
- Muy claro Krusat, todo muy claro, despreocúpese
- Me alegro por vos, no hagas boludeces.
Terminamos de fumar y bajamos hacia la oficina nuevamente. La sala seguía siendo casi un velorio, silencio absoluto. El ministro seguía echado en un sillón con la boca abierta y sus ojos perdidos. Marian trataba de reanimarlo, le tomaba el pulso, le ponía paños en la cabeza, pero nada, el ministro seguía ido, perdido, destruido.
Un sonido sórdido rompió el silencio de la sala, era el teléfono de la secretaria, sonó y sonó hasta que atendió Alicia.
- Buen día,... si... si... ya te lo paso con el señor ministro...
- Señor ministro, es la secretaria del señor presidente, quiere hablar con usted.
- ¡Pero vos sos pelotuda! ¿No te das cuenta que no puede atender? Que está destruido? Que tenés en la cabeza, nena? – gritó desaforadamente Marian...
Alicia no se quedó callada...
- Vos sabrás porque está así, vos saliste de su despacho detrás del, y creo que todavía tenías la boca manchada.
Yo ya quería irme, ya no quería escuchar más nada, ya no me quería enterar de nada más. Krusat agarró del brazo fuertemente a Alicia y la llevó hacia la terraza. Marian tomo el teléfono...
- Decile al señor presidente que el señor ministro tuvo una descompensación, pero ya está controlado. Decile que no se haga problema, que en menos de una hora él estará por allá, adiós, que tengas un buen día.
Como pudo asegurarle al presidente de la Nación que el ministro estaría en condiciones en una hora. El gordo estaba destruido, no podía ni si quiera ponerse de pie. Marian tomo las riendas de la situación.
- Bueno, hay que empezar a trabajar... Krusat, llevate al ministro al baño, que te ayude el pendejo...
Sospeché, que el pendejo era yo, si era yo, Krusat me hizo un gesto para que lo ayude a llevar al ministro al baño, que estaba en el piso de abajo de su despacho. Lo cargamos y lo metimos en el ascensor, al llegar al 3er piso, lo llevamos a un baño que era de película... Jacuzzi, televisor de 50 pulgadas, aire acondicionado. Tenía una espectacular vista al río. Tenía esos espejos que utiliza la policía que son espejos por fuera y vidrios desde el interior.
- Abrí el agua caliente, pibe – me dijo Krusat.
No podía negarme, no tenía alternativa, abrí el agua caliente la mezclé con la fría, y mientras tanto Krusat desnudaba al ministro...
- ¿Cómo está el agua?
- Perfecta, pruébela...
- A ver...mmm... está bien, ayudame a depositar al ministro en la bañera.
La verdad que era más pesado de lo que parecía o yo estaba muy débil, logramos meterlo en la bañera, Krusat comenzó a tirarle agua helada en la cara, no despertaba, le pegó un par de cachetadas, fuertes, muy fuertes, ahí el ministro reaccionó
- Eh...Kruzat... pero... y este pendejo quien es... hoy quiero solo mujeres...
- Señor, ministro, está delirando...
- Estoy delirando... no... no...
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Editado: 28.02.2018