Julieta quiso quedarse

Matt

    El jefe se había apersonado en nuestra casa. Cuando lo vi parado con toda su figura en la puerta de nuestro pequeño ranchito casi me caigo de bruces. El rictus de su boca, el tono seco con que se dirigió a mi me dejaron entrever descontento. Me pidió pasar y dijo que solo hablaría con mi padre. Ahora llevaban algo de dos horas encerrados en la habitación, que solía ser despensa, convertida en nuestra guarida de cosas personales. Esas que el resto de las personas no debían ver, ni siquiera saber de su existencia.

   Iban a castigarme, lo sabía. Mi intrusión en la casa de Julieta solo había armado más alboroto.  Se me fue la mano. Tendría que haber utilizado otros métodos. Que el jefe se apareciera allí era inesperado y casi irracional. No sabíamos donde se guarecía el enemigo. Algo andaba mal. Eso saltaba a la vista. 

   Me froté las manos, nervioso, me transpiraban como el día de mi primera cita con Myra. Cuando pequeño. Hacia ya tanto de eso. Mamá vivía y Myra también. Recordé entonces a Julieta, y el miedo que había visto en sus ojos grises. Grises como el cielo de otoño. Sentí culpa por la pobre humana. Había tenido suerte de no matarla del susto. La chica era inteligente, huyó. Se puso a salvo. Rogaba que hubiese entendido el mensaje. Si ella se iba, mis problemas quizás no fueran tales. Milo había regresado al bosque lindero a su casa y había oído la discusión entre ella y el policía. Al parecer estaba arrestada. Si era viva, se iría. Al menos hasta que pasara lo peor.

   Papá salió primero de la sala, estaba demacrado. El jefe detrás no estaba mucho mejor. Se miraron entre sí y después se volvieron a mí. No quería imaginarme lo que me esperaba.

-Matt –papá soltó un poco del aire que venía acumulando –hemos cambiado el plan.

   Durante un par de segundos el silencio fue espeso y casi inquietante. Estaba rozando la histeria, aunque procuré que no se me notara lo suficiente. El mandamás lo gozaba.

- No vas a seguir asustando a la tal Julieta –el jefe sonrió casi malévolamente –vas a tener que acercarte a ella.

   Los miré de hito en hito a los dos como si no comprendiera, pero en realidad buscaba que me lo explicasen. Por algo habían decidido actuar a la inversa. El jefe hablo primero.

-Por lo que sabemos esa chica es del interés del enemigo. O al menos el enemigo se encarga de mantenerla segura. La presencia de la federal es cosa de ellos. Podría casi jurarlo.

-¿Qué tiene que ver con que yo tenga que acercarme a esa chica?

- Si a ellos les interesa a nosotros también. Tenemos que averiguar porque –levantó las cejas, como si lo que dijese fuera lógico.

-Podrían consultar un hechicero. –argüí.

-Si claro –se acomodó en el sillón frente al mió y miro a papá que se frotaba la barba de días. –pero no hay hechiceros por ninguna parte. No están.

-No pueden desaparecer –comenté más para mis adentros que para ellos –los hechiceros suelen ayudarnos.

-Matt, lo que el jefe pretende es que te acerques a ella de un modo diferente –su mirada significativa me dejó clavado al suelo –No para raptarla y sacarle información como hacemos con el enemigo. Ella no es culpable, y además es humana. Las reglas son reglas.

-¿Me estas pidiendo que….? –comencé.

-¡Si Matt! –el jefe removió su gigantesca figura del sillón y se puso de pie –eso mismo. Te las vas a tener que ingeniar para que el enemigo no note tu presencia aun estando contigo. Para nosotros es más fácil que para ellos –se acomodó el saco del traje y enfiló para la puerta –mañana comenzás.

-Pero… –iba a protestar.

-¡No hay peros! –rugió quitándome de encima de un puñetazo.

-¡No tenemos permitido acercarnos a mujeres humanas! ¡Cualquiera que…! –mi padre me fulminaba con la mirada. Bien sabía yo como detestaba que contradijera en lo más mínimo a su amado Jefe.

-¡Te estoy dando la orden! –masculló el jefe bajando una octava la voz –por esta vez y solo porque lo necesitamos podes acercarte a ella.

-Está bien –dije masticando mi rabia. Lo que menos ganas tenia era de liarme con esa sopenca.

-Y Matt –dijo el jefe ya traspasando el marco de la puerta –no te confundas. Sé que sos inteligente.

-Entendido –bufé y fui derechito a enterrarme de cabeza a la cama.

     La misión era la mas estúpida que había tenido que hacer en mi vida. Secuestrarla y hacerla hablar era más fácil qué tratar de ganarme la confianza de esa chica. Después podríamos darle un brebaje de Ojo de muñeca rebajado o de Trompeta del Ángel y chau. No sabría si había sido un sueño o lo habría imaginado. Me miré en el espejo sucio que tenia delante. Todavía me quedaba una posibilidad. Ella me tendría miedo, mi barba de meses, mi pelo largo y desordenado, mis ojos oscuros y hundidos iban a darle miedo. La altura de mi cuerpo, aguilucho y huesudo le recordaría a la del asesino que había visto en su casa, estaba segurísimo de eso. Sonreí en la oscuridad. Jamás estaría a la altura del policía modelo con quien se pavoneaba. Eso me dejaría fuera de la misión, tendrían que mandar a otro. Quizás a Lucas, el si era un galán. Aunque dudaba de que ella se fijara en él. Era demasiado engreído y los gustos de la tal Julieta eran diferentes.  Papá había hecho una investigación bastante detallada de su vida, buscando claro, algo de nuestro interés. Si bien no habíamos hallado nada, si había visto fotos de sus antiguos novios como así también sus profesiones y pasatiempos favoritos. Nada de Lucas coincidía con el perfil. O al menos me parecía a mí.




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