Julieta quiso quedarse

Alain

    Alain se había despojado de su piel humana y corría como alma que lleva el diablo entre los árboles de hoja perenne. Estaba agitado, cansado y dolorido. Llevaba horas corriendo. Pero aun así corriera hasta el fin del mundo, no podría despojarse de su pensamiento y memoria humanas.

     Se detuvo y pensó que el corazón iba a salírsele por la boca en cualquier momento. Le latían los oídos y solo escuchaba el zumbido del aire entrando y saliendo de sus pulmones doloridos. Clara. Clara. Clara.  Lo único que rompía el silencio del bosque era su respiración caliente, saliendo de sus fauces como un vapor pegajoso. Ojalá pudiese despegarse de la amargura que lo corroía, como hacía con su piel humana. Comenzó a correr de nuevo y solo se detuvo a beber en un espejo de agua.

    Se contempló en el reflejo un largo rato. Quería reconstruir su rostro a partir del de la fiera. Quería culpar al Alain humano de las decisiones que hacia tantos años había tomado el lobo hambriento. La decisión de matar a una niña inocente. A Clara. Rompió de un zarpazo la quietud del agua y reinició su huida. No sabía a donde quería llegar, solo el pasar incontables días en su forma lupina borraba de a poco el dolor de lo que había echo. El no quería ser un asesino. Toda su vida había luchado por sacar adelante la manada del estado primitivo en que sus alfas anteriores la habían sumido. No quería más muertes innecesarias. Y después él mismo en un arranque de hambre había cometido el peor de los delitos. Pero Alain sabía que si concedía demasiado tiempo al lobo este le borraría de a poco la humanidad y volvería a asesinar, así que solo le permitía salir de vez en vez. Para aliviarse. Esta era una de esas veces.

  El Alfa había seguido a la familia de su victima un tiempo, pero nunca se decidió a presentarse o a nada. Temía que ellos iban a descubrirlo si miraban fijamente sus ojos, porque verían la imagen. La imagen que Alain llevaba tatuada desde aquel momento. Se había enterado por periódicos, que junto a la nena desaparecida se habían hallado huellas de animal no identificado hasta la fecha. Y que momentos antes de su muerte se encontraba jugando con su prima un año menor: Julieta. Julieta Foster. Había olvidado su nombre hasta que John le diera la noticia. Lo había borrado porque le dolía saber lo que había hecho a esas dos niñas. Alain sentía que la vida le había tendido una trampa tan compleja que no podía descifrar ni una simple pista. Se sentía parte de un chiste amargo del cual era víctima. Porque claro, el destino se veía más que excedido con tamaña coincidencia. 

   El perfume a rosas dulces y el volado de un vestido rosa parecieron dibujarse frente a Alain como por arte de magia. Como aquel lejano día en que el hambre había sido más fuerte que él. Volvió a sentir el gusto de la sangre joven y la carne tierna en su boca.  Sacudió la cabeza en un intento desesperado de borrar ese terrible recuerdo. El humano que llevaba dentro pujaba por hacerse de vuelta con el control. Vómito bilis. Sus fauces estaban llenas de ella. Tendría que parar a reponerse. Olió el aire para orientarse. Estaba lejos de su manada, demasiado como para regresar a pie sin comida ni agua. Iba a cazar y reponerse.

   Volvió a oler el aire y recordó en su mente obnubilada que la casa de los Keller no podía estar a más de tres kilómetros. Era una distancia que aun podría cubrir. Cazó un conejo gordo y se lo comió crudo. Luego reanudó su camino, ahora a casa de los Keller, sus fieles empleados desde hacia más de una veintena de años.

    Anochecía cuando divisó la casa, casi escondida entre la maleza y los árboles frutales que la rodeaban como brazos. Se acercó y percibió el olor a manteca y azúcar en el aire. Se acercó más y adoptó con dolor y cansancio su imponente figura humana. Se tapó como pudo con una manta escondida siempre en el mismo lugar, nunca lo suficientemente grande para cubrirlo y golpeó la puerta con la contraseña acordada.  

  El viejo Roberto asomó su rostro enjuto y sonrió con esa luminosidad en los ojos que había convencido a Alain de que era un buen hombre. Y no se había arrepentido nunca de esa elección. Roberto Keller había sido el padre que la vida de lobo le había quitado tantos años atrás, de pequeño. Alain sonrió y juntó aire a duras penas en sus pulmones resecos.

-Querido Roberto –apoyó sus manos temblorosas por el esfuerzo en los hombros del viejo que notó al instante que las cosas no iban bien. –necesito hablar con Clara.

 

 

 

 

 




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