Julieta quiso quedarse

Matt

   Hacia frío otra vez. Era el verano más raro de los pocos que había pasado en ese pueblo. Es decir, era raro, porque a diferencia de los veranos de calor insoportable y sol, este era más bien sombrío y frió. No frío frío, pero más parecido a un otoño avanzado o a una primavera que no se saca el invierno de encima. Me arrebujé en el pulóver de lana finita que mamá me había tejido un tiempo atrás. Me quedaba corto y tenía las mangas y los codos gastados. Pero hasta que no fuera una hilacha no dejaría de llevarlo. Era lo último que me había hecho con sus manos. Apuré el paso. Julieta y Blanca me esperaban y no quería llegar muy tarde. Ya estaba entrando la noche, y me imaginé que ambas estarían algo asustadas.

  Cuando Julieta abrió la puerta estaba pálida. Tenía las mejillas chupadas y se notaba que tenía frío. Llevaba el pelo negro suelto y revuelto. Y noté que la ropa le iba grande. Esa chica se estaba viniendo abajo sin darse cuenta. Sentí pena por ella, por que tuviera que haber pasado por todo eso. Entré y el calorcito del hogar encendido a unos metros me insufló una extraña felicidad. Me recordó a mis días en las cabañas del sur, con Myra. Pero este no era momento para pensar en ella. Nunca era momento de pensar en ella.

  Julieta me llevó a la cocina. Blanca tomaba mate sentada junto a la isla de trabajo y comían facturas danesas que habían cocinado juntas un rato antes. Mi hermano y mi papá ya debían estar apostados en algún lugar del terreno. Sabíamos que un enemigo había entrado a la ciudad hacía solo un par de días. No teníamos ni idea de que se tejía o destejía en el bando opuesto, tampoco teníamos idea de dónde se podrían haber metido los hechiceros. Papá había dejado sus actividades diarias solo para tratar de dar con uno de ellos, que jamás nos había fallado. Pero la última vez que lo habían visto databa de dos meses atrás, previa renuncia a su trabajo. Así que no se los había tragado la tierra, sino que se habían marchado por votus propio.

  A pedido de Julieta cebé mate, según ella yo era el mejor de los tres en la dichosa tarea. Era simpática, y quizás algo inocente. La observé mientras iba y venía por toda la casa contándonos cosas. Sus finísimas piernas blancas parecían palillos debajo del inmenso suéter que llevaba. Imagine que comería menos que el canario que tenía mi hermano.

-Pensé que ibas a traer a Milo –dijo mientras comía de a trozos tan pequeños una factura que me ponía nervioso. Como si le diera pena llevarse comida a la boca.

-Tenía que ayudar a papá en un par de cosas.

-Siempre tan servicial –dijo. Blanca comenzaba a prepararnos la cena. Lasagna. La comida favorita de Julieta.

-Fran lo esperaba -a la luz de la cocina Julieta se veía aún más fantasmal, eso no la hacía menos bonita.

-Voy a decirle que se de una vuelta mañana. Le caes bien –dije y era cierto. Dudaba de que esa cabezuda le cayera mal a alguien.

  Sonrió.

-¿Querés conocer la casa? a Blanca ya se la mostré. –se paró y me invitó a seguirla.

La verdad es que me daba algo de vergüenza recorrer sus lugares fisgoneando todo. De todos modos, aunque ella no se lo imaginara, yo había estado allí. Esa tarde que a la fuerza intente disuadirla de irse disfrazado de negro. En ese momento al recordarme me sentí estúpido y malvado.

  La casa era hermosa. Era al mismo tiempo lujosa, delicada y de algún modo austera también. Aun así, en toda mi vida jamás había estado en una casa como la de ella. Ni siquiera soñando. Nosotros estábamos destinados a ser pobres. Cuanto más pobres, mejor. Julieta encajaba con ese estilo entre viejo y moderno. Ella era un poco así, como un rejunte de cosas, de retazos. Retazos que lograban formar algo hasta poético. Pero había una cosa, una sola cosa que me inquietaba absolutamente, me desorientaba. Desde que había puesto un pie en la casa sentía miradas en cada rincón. Como si la casa me estuviera contemplando y conteniendo la respiración. Era esa quietud intencionada, la quietud que oculta el huracán. Y lo peor de todo es que percibía en Julieta el mismo sentimiento. A ella le pasaba lo mismo. No se sentía parte de su hogar y cada tanto miraba a su alrededor, o al techo esperando ver algo, o que de pronto algo se decidiera a pasar. Me mostró cada habitación y cada pasillo. Francesco nos seguía moviendo el rabo.

-Bonita casa –dije –no cualquiera tiene algo así de tan joven.

-Gracias –sonreía como niña halagada –Supongo que fue un golpe de suerte.

-Tengo mis dudas sobre eso –bromeé, pero la verdad es que fue amargo.




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