Julieta quiso quedarse

Amara

  Amara releyó los últimos renglones del hechizo que trataba de realizar. Manejaba el arameo como su propia lengua. Todos los brujos eran diestros en idiomas muertos y perdidos. Esa era la mejor manera de guardar secretos. Pero la bruja estaba desconcentrada. Probó por quinta vez el preparado de acónito. Estaba mal.  Había estado toda la mañana preparando cosas que no servían. En un arranque de ira lo estrelló contra la pared más cercana y luego lo evaporó. En los últimos cinco días le había estado dando vueltas al pasado, y más allá de que sabía de sobra que no era bueno dejarse arrastrar por las sombras de lo que se había perdido, en esos días y frente a un inminente final, no podía evitarlo.

  Cerró la puerta de la habitación de los hechizos, como le decía Senta y se sentó sobre los escalones de la entrada, lo último que podía soportar era a Aubrey propinando golpes a todo lo que encontraba y quejándose por haber perdido a sus amigos de la escuela. El piso de piedra estaba frío, casi helado. Pero a Amara no le importó, a pesar de que llevaba unas prendas más finas que la seda. Se restregó las sienes, le dolían mucho, en cualquier momento la cabeza le iba a explotar de pensar. No quería ser ella la encargada de llevar a cabo el hechizo, porque no estaba segura de poder soportar las perdidas. La pérdida.

   Un rostro volvió a danzar a través de sus pupilas por milésima vez con una claridad y perfección tales, que una máquina fotográfica de última moda, no hubiese sido capaz de captar la luminosidad de esos ojos y cada uno de los detalles que la hacían perfecta. Volvió a sentir ese calor casi olvidado en el estómago que provocó un huracán interior tan grande, que por poco se cae de cabeza del escalón donde se hallaba. Su amor seguía allí, como si los años no hubiesen transcurrido, intacto e impoluto. Como si años de historia no hubiesen significado nada para ella.

   Era consciente de que ahora no podía hacer marcha atrás. Había aceptado el trato con el Consejo Internacional. Lo había hecho por los suyos más que por ella misma.  Amara sabia de sobra que la violencia no acaba con la violencia. Este no seria el fin de la licantropía, seria el fin de todos ellos. Quizás a la humanidad le hiciera bien, que definitivamente la magia legitima y la verdad de los hombres se borrara de una vez. Que los primeros tiempos fueran siempre mitos que los niños aprenderían en la escuela, que nunca jamás encontrarán el hilo conductor que uniera a los hombres con sus creadores, porque quizás fuese más sano para todos. Nunca se puede predecir quienes van a volverse contra quienes. Que al menos los hombres sobreviviesen a su pasado.

  La bruja se paró y caminó por la sala. Contempló varios minutos los preparados que poseía en frascos de todos los tamaños, los grimorios. Allí había cientos de ellos apilados en cajas. Pensó en Roderica y en la ciudad de Amarna. En como aquella bruja había logrado comprenderlo todo, en la inteligencia que poseía y en el conocimiento que había perdido el mundo con ella y sus cuarenta y nueve compañeras. La humanidad había presenciado con ojos ciegos la desaparición y el abandono de muchos de sus dioses, pero con ellas muertas habían perdido la posibilidad de saberlo. Amara comprendió el egoísmo de aquel plan y entonces una guerra violenta de palabras mudas se desató entre las cuatro paredes de su cuerpo, dejando al descubierto la certeza que durante dos siglos se había negado. Ella no quería verlo morir. Sus vidas habían sido desgarradoras luchas. La sangre manchaba las manos de los dos.

   Los hombres tenían suerte, porque podían morir, porque no tenían lo que a ellos les sobraba: tiempo. Los hombres aprendían a olvidar y a perdonar con menor o mayor esfuerzo, pero lo hacían. La mayoría no se animaba a irse de este mundo sin amar, sin ser felices junto a los que querían.  Y lo que ellos creían se terminaba volviendo cierto. He aquí la magia. Y en el fondo, aunque algunas cosas los hicieran particularmente diferentes, ellos también eran humanos. Y quizás también pudiesen albergar la esperanza de un final sino feliz, al menos conciliatorio.

  Amara no necesitaba que nadie se lo dijese para saber quienes estaban totalmente entregados al plan y quienes no. Buscó en el estante de las donaciones la del brujo que necesitaba. Hizo un hechizo rápido de localización con sal, cera de abejas y una gota de donación. La gota roja se movió lentamente y marco un punto. No estaba lejos. Amara ya sabia donde encontrar a Blaz. Susurro su anima hider, uno que solo ella conocía, y salió.

 

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