Julieta quiso quedarse

Julieta

   Me sorprendí en cuanto lo vi ahí afuera sin decidirse a nada.  Estaba completamente vestido de negro, y de mangas largas. Salí fuera para recibirlo, el aire estaba cálido. Quizás había tenido problemas en su casa pero no lo decía. En ese caso lo entendía.

-¿Querés tomar algo Matt? –palmeé su hombro –sé que no son ni las ocho de la noche pero….

-¿Segura de que a tu novio no le va a molestar? –se restregaba las manos como si estuviese nervioso. Había aceptado a entrar, solo después de asegurarse de que Enzo no estaba en la casa.

-No tiene por qué molestarse –lo guíe hasta la cocina y allí serví Campari  con jugo exprimido para los dos –puedo tener amigos ¿No?

-¡Claro! –en ese momento pareció relajarse, aunque todavía mirase por encima del hombro cada dos segundos. Como si Enzo fuese a aparecer de un momento a otro a matarlo –No sobreviviría solo acá.

-Yo tampoco –admití –Tengo suerte de haberlos conocido a todos ustedes.

-Las condiciones no fueron las normales, pero en fin  -Matt se río –nunca me contaste que fue lo que te trajo a este lugar.

   Tomé un sorbo de la bebida fresca. Fuera ya era noche cerrada y solo las luces que había hecho colocar por todo el patio rajaban la oscuridad del bosque. Los grillos y las cigarras cantaban al unísono en un chirrido intermitente y agudo. Hacía calor, mucho calor.

-Un premio –dije al cabo de unos minutos de silencio –gané un premio navideño.

-¿Un premio? ¿El ganar un premio te trajo al pueblo? –frunció el ceño tratando quizás de comprender. Un mechón de pelo le tapaba la visión de un ojo, pero con el otro me miraba con sorpresa y algo más que no pude determinar.

- No es el ganar el premio la causa de venir a este pueblo. El haber ganado me dió la posibilidad de venir. Vivir aquí era algo que quería desde hacia mucho.

-¡Tamaño premio! ¿Ósea que compraste esta casa?

-Sí, esta casa es mia. –tomé aire lo aguanté unos segundos y luego lo largué como si en ese acto pudiese escupir el hastío de esos días, que no había tenido casi tiempo de rememorar –en mi casa las cosas estaban difíciles, y el ganarme ese dinero me dió la libertad de conseguir un lugar en el que vivir.  De independizarme.

-¡Que suerte! –Dijo, pero no era creíble – ¿No te tenía como jugadora?

-¡Y no lo soy! –empujé su brazo y sonrió –no pienses eso. En realidad era la primera vez que jugaba. Me convenció mi abuela. Fue suerte nada más.

-Ya lo sé. Es una lástima que hayas pasado por todo lo demás.

-Lo que pasó con Sofía es algo que todavía me cuesta creer. Y tengo pesadillas horribles con eso –confesé restregándome los ojos –Se mezclan todas las cosas en mi cabeza, lo de ella, la visión de su padre muerto, Clara, todo. –el nudo de siempre comenzó a formarse en mi garganta.

    Matt se volvió y vio algo en mis ojos. Lo supe porque automáticamente algo de los suyos duros y brillosos como el vidrio se hablando. Algo perdió fuerza en ellos, y un atisbo de pena o quizás dolor se asomó. Pero él, a diferencia mía, supo disimularlo.

-¿Quién es Clara? –preguntó. Pero algo me decía que él ya lo sabía. Quizás por la forma en que pronuncio aquel nombre, con suavidad, como si de depositar una pluma se tratase. Como si quisiera transformar el nombre en una caricia. Lo dijo suavemente y al mismo tiempo con un dejo de miedo. 

-¿Tenés tiempo y ganas? –pregunté y obligué al nudo a deshacerse. Algún día iba a tener que poder contar aquella historia.

   Matt asintió. Lo invité a pasar al living y llevé conmigo la botella del Campari.

-¿Seguro? –insistí.

-Si –masculló. Ya se había acomodado para oírme.

   Y entonces empecé a contar.

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