Julieta quiso quedarse

Matt

   Cuando vimos el cuerpo de Julieta caer de ese modo al suelo algo dentro de nosotros se detuvo. Ninguna de las maneras de reanimación que conocíamos dió resultado alguno. Julieta no tenía pulso. O al menos nosotros no lo sentíamos. Enzo hablaba y se movía como un maniático, probaba hechizos y fórmulas que no daban ningún resultado. 

-¡No puedo perderla! –dijo. Tenía los ojos desesperados y la piel se le había demacrado de un momento a otro –¡no sé qué hacer!

   Sentí vergüenza de mí, que en ningún momento siquiera pude responder, estaba absoluta y estúpidamente mudo. El suelo parecía tironearme con fuerza, como si me atara los pies y mi cuerpo se ponía cada vez más rígido.  Julieta parecía empalidecer con el correr de los segundos, y como de costumbre no pude evitar que un aluvión de recuerdos que de nada me servían en ese momento me sacudiera el alma de arriba abajo. El tiempo comenzó a ralentizarse en mi cuerpo.

-¡Matt! –Enzo me sacudió con fuerza –¡Tenés que ir por Emma!

-¿Emma? Ella va a resultar un peligro para Julieta. –balbucí.

-¡Está muriéndose! –El chico abría tan grande los ojos y los tenía tan desenfocados que supe que todo se iría por derrotero –¡Tenemos que buscarla!

  El volvió a tomar a Julieta en brazos. La piel de la cara de Julieta era casi traslúcida.

-No podemos ir a la guarida de los brujos otra vez.

  Enzo se volvió a mirarme con otra expresión, aún más aguda, más aterrada. Eso era algo que no tenía que contar.

-¿De qué hablás?

-Llevémosla al sillón –dije. Obtuve como respuesta un empujón no muy fuerte. Enzo había quedado débil del ataque de la bruja.

-¡Decime que está planeando! ¿Cómo lo sabes?

-¡No sé nada Enzo, solamente que esta noche iba para allá!

  Enzo trató inútilmente de levantar a Julieta del suelo, los brazos le temblaban como si fueran de goma.

-Yo la cargo –dije. La tomé en mis brazos, Julieta pesaba como una pluma. La dejé sobre el sillón del living y percibí que una película de frío casi se me había pegado a la ropa. Rocé con los dedos su rostro, estaba absolutamente helada. Un escalofrío doloroso me recorrió la columna. Sentí que desesperaba y congelaba con ella, como si contuviera en mi interior una bomba que no se decidiera a explotar.

   Enzo se sentó a su lado y volvió a intentar todo tipo de artilugios, pero nada servía, además sospechaba que su magia ya no tenía fuerza.  Quedaba poco del chico guapo que había sido, a cada segundo que pasaba se lo veía más consumido.

-¡Enzo basta! –Chillé –¡Estás utilizando energía que no tenés!

-¿Qué querés que haga? ¿Qué me quede parado sin hacer nada? –indirecta muy directa.

Volvió a centrarse en sus hechizos. Lo tomé de un brazo y lo aparté, la electricidad de la magia que invocaba me dio un sacudón doloroso.

-¿Acaso te querés suicidar? –me miraba con ojos casi lupinos desde el suelo donde había caído. No se transformaría, de seguro lo hacía muy poco y ahora con la debilidad que tenía mejor no se arriesgara a afrontar una conversión.

-¡No vuelvas a hacer eso! –rugió.

Arremetió contra mí para apartarme de Julieta, entonces, ella abrió los ojos.

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