Julieta quiso quedarse

Julieta

    La convención irradiaba magia, pero no como la mía o la de Madre, sino una magia que sabía a mentira y a dolor. Magia perversa, nacida de las malas energías y del sufrimiento. No era la magia del origen ni de lejos. Sentí rechazo, rabia e impotencia, pero sabía que aquellos sentimientos no eran míos.

    La guerra comenzó y la lucha se volvió encarnizada. Cuando los malditos hubiesen caído comenzaría la desposesión. Y entonces una parte de la humanidad estaría, de una vez por todas, limpia.

   Brais, había sido el primero en morir. Había visto a su alma escapar hacía el aire, retornando a la fuente, donde esperaba, llegara limpia de todos sus crímenes. Su magia malvada al extremo, había formado un halo rojo a su alrededor, uno que solo los brujos podríamos ver. No quería marcharse, porque aquella magia perversa, regalada a los hechiceros por los dioses detractores de la creación, era como una enfermedad, como un ente. Acabé con ella en cuanto pude, o eso, o se personificaría molestando a cuanto ser existiese cerca.  De cada ser que caía, absorbí su magia, como si de un imán se tratara, un agujero negro. Debía llevármela toda, transformarla para poder regresarla al mundo de un modo diferente.

   Los cazadores, aunque no lo supiesen, y además no pudiesen utilizar la magia, si la contenían y la llevaban en sus venas. Los hechiceros, habían configurado viles sortilegios para crearlos, y aquello les había salido demasiado bondadoso para su desgracia. Los cazadores, habían sido siempre asesinos natos, pero nunca perversos como ellos. Seguían su causa creyendo a ciegas, que era justa. Y no tenían modo de pensarlo de otro modo, a menos que muriesen y regresaran como lupis. Solo de ese modo, cambiando su adn, podían ver la realidad. Eran solo títeres de la mala fe de los hechiceros.

   Caminé junto a ellos, viendo sus rostros, oyendo sus pesares, sus deseos de venganza, sus alegrías del pasado, sus miedos. Eran humanos, detrás de la magia solo había humanidad. Seguí caminando hasta la plaza de los juramentos, y me dispuse a esperar pacientemente a que dieran las doce. La hora de las brujas, mí hora. Entonces configuraría el último gran hechizo de la historia.

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