Julieta quiso quedarse

Las Manadas

  Aquello era digno de celebración. Por fin, después de tantos años, tenían un motivo de celebración. Y no era cualquier motivo, sino el único que habían tenido desde que los Beta habían sido creados. Los cazadores, habían sido desposeídos por Julieta, olvidando completamente quienes eran o porque estaban allí, a excepción de unos poco casos como Joel y Matt. Como quien dice, un lavado de cerebro, había borrado su historia para siempre. El resto de las legítimas tenían como tarea el reubicarlos en el mundo, a ellos y a los hechiceros sobrevivientes, que también habían sido despojados de su poder y sus memorias. Esa había sido la idea de Julieta, el darles una nueva oportunidad de vivir.  Los lobos, lejos de ofenderse por conservar con vida  a los cazadores, consideraron justa a Julieta, y no tardaron en adorarla. En su naturaleza, en su sangre, ya venía incluido el amor por ella. Por su sangre legítima y primigenia. Nadie puede odiar a su creador, a la sangre de su sangre.

   Los lobos no cabían en sí de la dicha. Y no solo por haberse quitado de encima a los Beta, sino porque acababan de reencontrarse con sus manadas, su familia, los suyos. Para ello habían organizado un festejo a todo dar, dentro de sus posibilidades. Los lobos y lobas de las manadas, durante la ausencia de los alfas habían construido un galpón en el que guarecerse del frío y los agentes climáticos agresivos del sur. Allí se gestaba ahora la celebración, en nombre de la vida pacífica que podrían mantener de ahora en más, bajo el mandato de su nueva reina, Julieta. Los lobos bailaban enloquecidos por la música medieval que amaban, elevando sus copas llenas de vino, comiendo carne asada, disfrutando del calor de hallarse juntos otra vez. Sanos y salvos.

  Milo se había reencontrado con su madre, y los lobos no habían visto otra escena más afortunada y feliz que esa en muchísimos años. El chico les había caído en gracia desde su llegada y se había adaptado a la vida de los lobos como si fuese uno más. Aquello había sido de lo más emotivo, y todos ansiaban ahora el momento de conocer a su reina. Su salvadora.

  Pero había un problema, y ya todos lo conocían. Enzo, el lobo omega que los había ayudado desde el principio, había muerto en la batalla, o al menos eso les habían dicho, y Julieta estaba deshecha por ello. Le habían insistido a los alfas, que la trajesen para que descansara de aquel golpe en el sur, pero los alfas habían dejado que Julieta tomara la iniciativa. Ella no necesitaba que nadie le dijese nada. Permanecería o viajaría al sitio que necesitara para recuperarse.

-¿Qué va a suceder con John? –preguntó Ranulf a Alain.

-No lo sé. Decidió quedarse en la Convención, ayudando con el desastre que había allí –rebuscó algo en su bolsillo –Me hizo llegar este mensaje –dijo extendiendo un papel sucio a su compañero. El otro lo leyó rápidamente.

-Son tiempos de cambio –dijo Ranulf convencido –es tiempo de que seamos libres. Sí quiere permanecer con Amara, no debemos oponernos.

-Pienso igual –dijo Alain –Fátima y su familia han decidido unírsenos, por loco que parezca. A excepción del hijo mayor.

-Bienvenidos sean –le extendió un vaso de vino –el mundo va a volver a ser el de antes y eso no me puede poner más feliz. Solo quiero volver a tener hijos y hallar la felicidad personal.

-¡Bien dicho viejo! –Alain palmeó la espalda de su amigo –yo ya tengo una hija –dijo pensando en Clara –y es lo último que me falta recuperar.

 

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