El viernes llegó y, aunque Valeria intentó convencerse de que era un día normal, algo se sentía diferente.
Desde que llegó a la oficina, notó que buscaba a Nicolás sin darse cuenta.
—Buenos días —dijo Camila al verla entrar.
—Buenos días.
Camila sonrió al notar su expresión.
—¿Estás esperando a alguien?
Valeria dejó su bolso sobre la silla.
—No.
—Ni siquiera pregunté quién.
Valeria se quedó callada y Camila soltó una pequeña risa.
—Definitivamente algo está pasando.
Antes de que pudiera responder, Nicolás apareció en la oficina.
—Buenos días.
Valeria levantó la mirada.
—Buenos días.
—¿Lista para sobrevivir al viernes?
—Depende. ¿Vas a llegar tarde otra vez?
Nicolás fingió estar ofendido.
—Estoy intentando mejorar mi reputación.
—Todavía tienes mucho trabajo.
Ambos sonrieron.
Durante la mañana terminaron algunos detalles del proyecto. Trabajar juntos ya no era complicado.
Las discusiones seguían existiendo, pero ahora estaban llenas de confianza y pequeñas bromas.
Nicolás notó algo que le gustaba de Valeria: aunque siempre parecía seria, tenía una forma especial de cuidar a las personas.
Y Valeria descubrió algo de Nicolás: detrás de su sonrisa había alguien que realmente se esforzaba por hacer felices a los demás.
Por la tarde, cuando terminaron sus pendientes, Nicolás se acercó.
—Tengo una propuesta.
Valeria lo miró con precaución.
—¿Qué tipo de propuesta?
—Una que no tiene nada que ver con trabajo.
Ella levantó una ceja.
—Eso suena peligroso.
—Solo es salir a tomar algo.
Valeria dudó unos segundos.
Normalmente habría rechazado la invitación.
Pero esta vez no quiso hacerlo.
—Está bien.
Nicolás sonrió.
—¿Eso fue un sí?
—No lo repitas mucho.
Fueron a una cafetería tranquila donde pudieron hablar sin interrupciones.
No hablaron de clientes, proyectos ni reuniones.
Hablaron de sus sueños.
De los lugares que querían conocer.
De las cosas que habían dejado pendientes por concentrarse en sus carreras.
—Nunca pensé que alguien como tú aceptaría salir conmigo —dijo Nicolás.
Valeria lo miró divertida.
—¿Alguien como yo?
—Alguien que tiene una agenda hasta para descansar.
Ella soltó una risa.
Una risa verdadera.
Nicolás se quedó mirándola sorprendido.
—¿Qué?
—Nada. Solo que debería reírte más seguido.
Valeria bajó la mirada, un poco avergonzada.
—No suelo hacerlo mucho.
—Entonces tendré que encontrar más formas de lograrlo.
Por un momento, ambos se quedaron en silencio.
No era un silencio incómodo.
Era uno de esos momentos donde dos personas empiezan a conocerse de verdad.
Cuando salieron de la cafetería, la noche había caído sobre la ciudad.
—Gracias por hoy —dijo Valeria.
—Gracias a ti por aceptar.
Ella caminó unos pasos y luego se detuvo.
—Nicolás.
—¿Sí?
—Me divertí.
Él sonrió.
—Entonces valió la pena.
Valeria siguió caminando, pero esta vez con una sonrisa imposible de esconder.
Ese viernes no hubo una reunión.
No hubo documentos.
No hubo trabajo.
Solo dos personas descubriendo que quizás algo nuevo estaba comenzando.