Juntas de lunes, besos de viernes

Capítulo 11: Lo que el corazón empieza a decir

El viaje de trabajo estaba por terminar.

Después de varios días de reuniones, presentaciones y largas jornadas, Valeria y Nicolás se preparaban para regresar a la ciudad.

A primera hora de la mañana, la directora general volvió a comunicarse con ellos.

—Tengo una buena noticia. El cliente aceptó que el proyecto sea supervisado de manera híbrida. No será necesario que uno de ustedes se quede tres meses aquí.

Valeria sintió un gran alivio.

Nicolás también sonrió.

—Eso significa que podremos continuar el proyecto desde la oficina y viajar solo cuando sea necesario.

—Exactamente —respondió la directora—. Y quiero felicitarlos otra vez. Han demostrado que forman un excelente equipo.

Al terminar la llamada, ambos se quedaron en silencio.

—Parece que tendremos que seguir soportándonos —bromeó Nicolás.

Valeria sonrió.

—Supongo que sí.

—¿Solo lo supones?

—No te emociones demasiado.

Los dos rieron.

Esa tarde abordaron el vuelo de regreso.

Durante el viaje hablaron de cosas que nunca antes habían compartido.

Nicolás le contó que de niño soñaba con ser ilustrador de cuentos.

Valeria confesó que, cuando era adolescente, quería estudiar música, pero decidió seguir el camino de los negocios porque pensó que sería más seguro.

—¿Todavía tocas algún instrumento? —preguntó Nicolás.

—Hace años que no.

—Deberías volver a hacerlo.

—Tal vez algún día.

—Prométemelo.

Valeria lo miró sorprendida.

—¿Por qué te importa tanto?

Nicolás respondió con una sonrisa sincera.

—Porque quiero conocerte por completo, no solo a la gerente perfecta.

Las mejillas de Valeria se tiñeron de un ligero color rojo.

No supo qué responder.

Al llegar a la ciudad, el equipo de Nova Ideas los recibió con aplausos por el éxito del proyecto.

Camila fue la primera en acercarse.

—¡Bienvenidos! Ya extrañaba esta oficina... bueno, a ti, Valeria.

—Yo también te extrañé.

Camila miró de reojo a Nicolás.

—Y veo que el viaje salió bastante bien.

—Fue un viaje productivo —respondió Valeria intentando sonar tranquila.

—Ajá... productivo.

Nicolás soltó una risa.

Más tarde, mientras organizaban los documentos en la sala de juntas, la luz de la oficina se apagó por unos segundos debido a una falla eléctrica.

Todo quedó en silencio.

Valeria dio un pequeño paso hacia atrás por la sorpresa.

Sin pensarlo, Nicolás tomó suavemente su mano.

—Tranquila. Solo fue un apagón.

Ella sintió el calor de su mano y, por primera vez, no quiso apartarse.

Cuando la electricidad volvió, ambos se miraron.

Nicolás soltó su mano con cierta timidez.

—Perdón... fue un impulso.

Valeria sonrió con dulzura.

—No tienes que disculparte.

El corazón de ambos latía con fuerza.

Aquel breve contacto había significado más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.

Mientras salían de la sala, Camila los observó desde el pasillo y sonrió para sí misma.

—Es cuestión de tiempo... —susurró.

Porque, aunque ninguno de los dos lo había dicho en voz alta, el corazón empezaba a hablar más fuerte que la razón.




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