Habían conseguido mucho más de lo que alguna vez imaginaron.
Pero ahora tenían que pensar en algo que les daba un poco de miedo.
Su futuro.
—¿En qué estás pensando? —preguntó Nicolás mientras caminaban hacia el estacionamiento.
Valeria suspiró.
—En todo lo que ha pasado.
—¿Mucho?
—Demasiado.
Nicolás sonrió.
—A mí también me pasa.
Esa noche, ya en el hotel, Valeria se sentó junto a la ventana mientras observaba las luces de la ciudad.
Nicolás se acercó con dos tazas de café.
—Una para ti.
—Gracias.
Se sentó a su lado.
Durante unos segundos simplemente contemplaron la ciudad.
—Cuando nos conocimos —dijo Valeria—, jamás pensé que terminaríamos aquí.
—Yo tampoco.
—Pensé que solo serías otro compañero de trabajo.
Nicolás soltó una risa.
—Y yo pensé que nunca conseguiría que confiaras en mí.
Valeria lo miró.
—Me alegra haberme equivocado.
Nicolás tomó su mano.
—A mí también.
La conversación cambió cuando Valeria recibió un correo de la empresa.
Lo abrió y comenzó a leer.
La nueva área internacional requería que ambos asumieran cargos permanentes.
Eso significaba que tendrían que decidir si querían quedarse en el extranjero o regresar definitivamente a México.
Valeria dejó el teléfono sobre la mesa.
—Es una decisión grande.
—Sí.
—Mi familia está en México.
—Y la mía también.
Ambos se quedaron pensativos.
No era una decisión sencilla.
Por primera vez, sus carreras y su vida personal estaban completamente conectadas.
Al día siguiente, fueron a caminar por la ciudad.
Entraron a una pequeña cafetería y se sentaron junto a una ventana.
—¿Sabes qué quiero? —preguntó Nicolás.
—¿Qué?
—Que no tomemos esta decisión pensando solamente en el trabajo.
Valeria asintió.
—Yo también.
—Quiero que pensemos en la vida que queremos tener.
Ella sonrió.
—¿Y cómo sería esa vida?
Nicolás pensó un momento.
—Una casa tranquila. Un trabajo que nos guste. Viajes de vez en cuando. Domingos sin computadora...
Valeria soltó una risa.
—Eso último sí me parece difícil.
—Podemos intentarlo.
Ella lo miró con cariño.
—Y quiero seguir teniendo nuestros viernes.
—Eso nunca se negocia.
Los dos rieron.
Al salir de la cafetería, Valeria entrelazó su mano con la de Nicolás.
—Creo que ya sé qué quiero.
—¿Qué?
—Quiero construir mi futuro contigo, pero también quiero seguir teniendo mis propios sueños.
Nicolás sonrió.
—Entonces hagamos las dos cosas.
Valeria asintió.
—Juntos, pero sin dejar de ser nosotros.
Se quedaron un momento en silencio.
No necesitaban tener todas las respuestas todavía.
Por primera vez, entendieron que el futuro no tenía que estar perfectamente planeado.
Podían construirlo poco a poco.
Juntos.
Esa noche, enviaron un mensaje a la empresa:
Necesitaban unos días para tomar la decisión.
Todavía no sabían dónde vivirían el próximo año.
Pero sí sabían con quién querían compartirlo.