Después de una semana llena de reuniones y trabajo acumulado, Valeria cerró su computadora y suspiró aliviada.
—Por fin terminó.
Nicolás apareció junto a su escritorio.
—¿Tienes planes?
Valeria negó con la cabeza.
—Ninguno.
—Perfecto.
—¿Por qué?
Nicolás sonrió.
—Porque quiero llevarte a un lugar.
Valeria levantó una ceja.
—¿Es otra sorpresa?
—Esta vez tendrás que confiar en mí.
—Eso siempre termina siendo peligroso.
Los dos rieron.
Nicolás la llevó hasta un pequeño restaurante que habían visitado durante los primeros meses de su relación.
Valeria reconoció el lugar inmediatamente.
—¡No puedo creer que hayas pensado en este sitio!
—Quería volver aquí contigo.
Se sentaron en una mesa junto a la ventana.
Mientras esperaban la comida, recordaron su primera cita.
—Estabas tan nerviosa —dijo Nicolás.
—Tú tampoco estabas muy tranquilo.
—Intentaba parecer seguro.
—No te funcionó.
Ambos rieron.
Después de cenar, Nicolás sacó una pequeña caja de su bolsillo.
Valeria lo miró sorprendida.
—¿Qué es eso?
—Ábrela.
Dentro había un pequeño llavero con dos piezas que encajaban entre sí.
Valeria sonrió.
—Es precioso.
—Quería darte algo que recordara todo lo que hemos vivido.
Ella lo abrazó.
—Gracias.
—Todavía falta algo.
Nicolás sacó su teléfono y puso una fotografía en la pantalla.
Era la primera fotografía que se habían tomado juntos en la oficina.
Valeria comenzó a reír.
—¡No puedo creer que todavía tengas esa foto!
—Por supuesto que la tengo.
—Yo salgo horrible.
—Yo también.
—Entonces estamos empatados.
Al salir del restaurante, caminaron hasta una plaza tranquila.
Había música en vivo y varias familias disfrutando de la noche.
Valeria tomó la mano de Nicolás.
—¿Sabes qué me gusta de nosotros?
—¿Qué?
—Que nuestra historia no fue perfecta.
Nicolás la miró.
—No.
—Tuvimos problemas, malentendidos, decisiones difíciles...
Hizo una pausa.
—Pero siempre encontramos la manera de hablar y seguir adelante.
Nicolás sonrió.
—Porque nunca dejamos de elegirnos.
Valeria apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Eso es lo que quiero seguir haciendo.
Antes de regresar a casa, se detuvieron frente a una pequeña fuente.
Nicolás la miró.
—¿Bailamos?
Valeria soltó una risa.
—Aquí no hay música para bailar.
—No importa.
Él extendió la mano.
Valeria la tomó.
Comenzaron a moverse lentamente mientras la música de la plaza sonaba a lo lejos.
No necesitaban nada más.
Cuando terminó la canción, Nicolás la miró con cariño.
—Feliz viernes.
Valeria sonrió.
—Feliz viernes.
Compartieron un beso corto y después continuaron caminando juntos.
Aquella noche no hubo grandes promesas.
Solo dos personas felices de haber regresado a casa y de poder seguir escribiendo su historia.