Junto a ti

Inicio

Las dos semanas pasaron demasiado rápido para Argi, deslizándose entre los días como si el tiempo hubiera decidido no darle espacio para procesar nada. La noticia de que tendría “dos nuevos mejores amigos” como había dicho su esposo con una ligereza casi irónica, no le provocaba la emoción que él parecía esperar.

Si algo había aprendido Argi a lo largo de su vida, era a adaptarse.

A todo.

Siempre.

Desde que tenía memoria, su existencia había sido una cadena de cambios forzados, de circunstancias que no elegía, pero que debía aceptar si quería sobrevivir. No había espacio para negarse, para cuestionar, para desear algo distinto.

Nació en un prostíbulo.

Su madre era una omega que vendía su cuerpo por unas pocas monedas, lo justo para seguir respirando un día más. De su padre no sabía nada; era un nombre inexistente, una figura que nunca había tenido forma. Pero, a pesar de todo, su madre lo había protegido como había podido.

Siempre lo escondía.

Lo encerraba en un armario estrecho, oscuro, cargado de polvo y pequeños insectos que se movían entre la madera vieja. Le pedía que no hiciera ruido, que no saliera, que esperara. Afuera, los hombres iban y venían, tomando lo que querían sin preguntar, sin mirar más allá de sus propios deseos. Y ella hacía todo lo posible para que ninguno de ellos supiera que había un niño allí.

Para que no lo tocaran.
Para que no lo vieran.
Para que no lo vendieran también.

Pero esa protección no duró.

Un día, desde la oscuridad de aquel armario que había sido su refugio, Argi vio cómo todo terminaba. A través de una rendija, entre sombras y luz mal filtrada, presenció cómo dos clientes le arrebataban la vida a su madre de la forma más cruel posible. No hubo gritos que alguien escuchara, no hubo ayuda, no hubo nada.

Solo el final.

Y él, inmóvil, en silencio, como le habían enseñado.

Tenía seis años cuando quedó huérfano.

No pasó mucho tiempo antes de que los dueños del prostíbulo lo encontraran. Seguía en el mismo lugar, en la misma posición en la que su madre lo había dejado, como si el tiempo no hubiera avanzado para él. Pero para ellos, aquello no era una tragedia.

Era una oportunidad.

Un niño omega.

No tardaron en decidir su destino. Sería vendido, preparado, convertido en lo mismo que había sido su madre. Era cuestión de tiempo, de paciencia… de romperlo lo suficiente.
Pero nunca llegó a suceder.

Argi nunca supo si fue suerte, destino… o algún tipo de intervención que no lograba comprender. Ese mismo día, antes de que pudieran hacer nada con él, su pueblo fue atacado.
Hombres armados irrumpieron sin aviso.

Bárbaros.

Arrasaron con todo a su paso. Robaron dinero, destruyeron casas, tomaron a las mujeres betas y omegas como si fueran objetos sin valor propio. Y en medio de ese caos, lo encontraron a él.

No lo vieron como un niño.

Lo tomaron como se toma a un animal destinado al sacrificio.

Sin preguntar.
Sin dudar.

Y así, sin entender del todo lo que ocurría, Argi fue arrancado de lo único que había conocido… y arrastrado hacia un destino que, una vez más, no le pertenecía.

Aquellos hombres lo llevaron a un lugar que, con el tiempo, aprendería a nombrar, aunque nunca a comprender del todo: el Mercado Rojo.

No era un sitio único ni permanente. Como le había explicado Mirko años después, el Mercado Rojo no pertenecía a un solo territorio, sino que se extendía en distintas regiones del mundo, oculto bajo diferentes formas, adaptándose al lugar que lo albergaba. Pero sin importar dónde estuviera, su propósito jamás cambiaba.

El placer.

El comercio de cuerpos.

Allí se compraban y vendían omegas y alfas dominantes, reducidos a simples objetos cuyo valor dependía únicamente de lo que podían ofrecer a quien los adquiriera. No había nombres, no había historias. Solo precios.

Y allí, a la edad de siete años, Argi fue vendido.

O al menos, puesto en venta.

Con el tiempo, hubo momentos en los que llegó a dar gracias, si es que aquello podía llamarse así, por haber nacido como un omega dominante. En su mundo, los omegas comunes no eran más que herramientas vivientes, existencias destinadas a servir, a complacer, a sobrevivir en función de otros.

Pero los dominantes… eran distintos.

Raros.

Valiosos.

Los únicos que podían aspirar a algo parecido al respeto.

Porque eran los únicos capaces de engendrar alfas dominantes, y eso los convertía en piezas codiciadas dentro de una estructura de poder que giraba alrededor de la sangre, la herencia y la fuerza. No pertenecían a cualquiera. Estaban reservados para los más altos rangos: reyes, duques, emperadores, grandes generales, almirantes cuyo nombre

imponía temor.

Si un omega dominante nacía en una familia pobre, su destino estaba sellado desde el inicio. Era vendido casi de inmediato, entregado como esposa a alguien importante, como si su vida fuera una ofrenda necesaria para sostener el equilibrio de aquel mundo.

Argi lo sabía.

Lo entendía.

Pero eso no cambió lo que vivió.

Pasó años en el Mercado Rojo.

Años que se arrastraron lentos, pesados, marcados por la espera. Porque, a pesar de su condición, nadie lo compraba. Era demasiado pequeño, demasiado débil, demasiado marcado por el abandono. Su cuerpo, delgado y mal alimentado, no reflejaba el valor que, en teoría, poseía.

Y en ese lugar, la apariencia lo era todo.

Comprar un omega dominante no era solo una cuestión de necesidad; era una demostración de poder, de estatus, de jerarquía. Era un acto que debía impresionar, que debía ser visto, reconocido.

Y no había nada impresionante en un niño que apenas podía sostenerse en pie.

No había grandeza en alguien que apenas sabía contar hasta veinte sin equivocarse.

Así que Argi permaneció allí.

Esperando.

Observando cómo otros eran elegidos, llevados, desapareciendo de su vista sin dejar rastro. Mientras él seguía en el mismo lugar, atrapado en un tiempo que no avanzaba, acumulando días que no parecían conducir a nada… excepto a la certeza de que, tarde o temprano, alguien también lo elegiría.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.