Junto al sauce te vi llorar

Capitulo 1

Capitulo 1

Las botas de Anderson machacaron las ramas que yacían esparcidas sobre el musgo. Se reconfortó las manos en el calor de los bolsillos al introducirlas de la gabardina.

El caminito que llevaba a su lugar secreto era solitario y frío, fuese octubre o marzo, el aire helado era un sello indómito que no se alejaba de ese lugar.

Se internó en el silencio siendo acallado únicamente por el silbar del viento y distraído por el paisaje invernal que le producía tanto el cielo gris como la humedad por todas partes. Se quitó la boina y se peinó el cabello con los dedos antes de volver a ponérsela.

A lo lejos, bajo un sauce viejo, vislumbró la figura de una mujer, envuelta en un vestido blanco cubierta de un velo oscuro tan largo que cubría toda su espalda. Avanzó con Pasos seguros, esquivó varios truncos derribados y observó que la cercanía a esa figura de cuento se hacía más certera.
Salto sobre las rocas que sobresalían de una pequeña quebrada y dejo escapar un suspiro cuando se vio libre de todos los acostumbrados obstáculos.

Las ramas caídas del sauce se balanceaban con aura tranquila e hipnótico. Estando a tan solo unos diez pasos contempló con más sosiego su presencia, ella yacía de espalda y el velo oscuro que había visto dejos no era más que su grueso cabello cayendo en picado hasta sus caderas.
Los diez pasos que los separaban pronto fueron uno tan solo. Bajó la complicidad de la sombra del sauce se aventuró con más libertad a soltar el deseo que lo carcomía por dentro.
Deslizó una mano por su cabello, dejando al descubierto la piel de su cuello y la otra por su cintura. Ella se estremeció enseguida al sentir besos sobre su hombro. Cerró los ojos y se dejó embriagar por su colonia al tiempo que se aferraba al antebrazo que yacía sujeto a su cintura.

—Anderson...—sin voltearse elevó una mano hasta palpar su rostro. —Tardaste.

—Tuve un contratiempo. —susurro contra su cabello—Pero puntual cómo canto de madrugada.

—Se me hacía triste el paisaje sin ti.

—Cualquiera juzgaría tus palabras con dramatismo, amor.

—Pero tú no me juzgas. —dejó caer la cabeza sobre su pecho al tiempo que masajeaba con los dedos sus antebrazos a través de la gabardina.—El juicio de la gente es un suspiro para mí, no tienen peso alguno.

Anderson se inclinó y le besó la mejilla con sosiego. Pegó su mejilla junto a la de ella y la pegó más contra así.

—¿El juicio de tus hermanas es un suspiro?

Esme parpadeo y por un instante la duda osciló en sus ojos.

—El más débil suspiro. —respondió rápido.

—¿Y tu padre?

Esme tardó en responder. Anderson conocía su dilema. Su padre la mantenía bajo una enseñanza ortodoxa que provenía de costumbres familiares. Donde la universidad no era opción para ellas sino el matrimonio sin más. Y ella yacía bajo ese yugo, yugo que internamente deseaba soltar, para poder irse y estudiar fuera.

Sus expectativas habían aumentado desde que se habían conocido en la estación del tren y conversado durante su estadía turística hacía cinco años. Su enamoramiento había sido tan mutuo que el mismo día Anderson se le había confesado y ella aceptado.

El ser adolescentes había jugado mucho en la decisión de haberse apresurado a confesarse, pero ya pasado la fiebre de la inmadurez sus sentimientos permanecían más apasionados que nunca.

—Mi padre es un fuerte suspiro fuerte que trato de evadir y...

Anderson la soltó brevemente para hacerla girar y verla directamente a los ojos. Su larga cabellera enmarcó el rostro de Esme haciendo contraste con su piel, pálida y suave. Anderson deslizó el dorso de la mano por su mejilla y ella la sostuvo ahí con la suya.

—¿Por cuánto tiempo hemos de esperar? —preguntó con voz gentil.

Esme se enterneció. Los ojos de él no delataban otra cosa más que amor y preocupación.

—Amor, sabes que estoy dispuesto a esperarte, pero el ansía me consume cada día.

—¿Tanto me deseas?

—Esme, cuanta ofensa en tu pregunta, sabes que te deseo, ¿acaso tu no a mi?

—Claro que si.

—¿Entonces?

—No quiero decepcionarte...—dijo en un hilo de voz. — ...Te amo tanto que temo hacerlo.

—Hablas locuras, ¿Por qué lo harías?

—Soy una chica aburrida y sometida a costumbres tontas.

—Eso no me intimida y sabes que tu padre tampoco.

Esme guardó silencio un momento. Paseó la mirada por encima del hombro de él y observó las débiles gotitas que empezaban a caer y que chocaban sobre las rocas en la quebrada. Soltó un suspiro cuando sintió como sus manos se deslizaban sobre su espalda con suavidad.

—Pero no puedo pedir tu mano sin que tú me la concedas primero.

—Mi mano es tuya desde que nos conocimos en la estación del tren...—musitó extasiada por su olor.

Ella besó su pecho por encima de la tela de su camisa negra al tiempo que internaba la manos per debajo de la gabardina y lo abrazaba con fuerza.

—Sabes a que me refiero, Esme...



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En el texto hay: invierno, romance

Editado: 08.11.2026

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