Juntos, ¡pero jamas revueltos!

Capítulo diecinueve (parte uno): Soy un robot, nada me afecta...

—No puedo tener hijos.

—¿Cómo te sientes con eso?

—Odio que siempre hagas la misma pregunta.

—Y tú, como de costumbre, la persuades —dijo Connor, impasible.

Presioné mis labios. El contorno de mis dedos ardían de tantas veces que los había frotado entre sí. 

El único sitio en el que aceptaba tratar temas intocables para mí, era entre esas cuatro paredes celestes pálido. Aquel tema en particular estaba en lo más recóndito de mi subconsciente, enllavado y encadenado en un sótano. Lo había mencionado con la intención de demostrar que no me afectaba, pero me arrepentí al instante.

—Nunca quise tener hijos. No soporto a los niños y dudo mucho que ellos me soporten a mí… —afirmé, indiferente. El psicólogo no dijo nada después de mi silencio. Era como si supiera que había otros pensamientos luchando por salir y convertirse en palabras a pesar de que mi testaruda cabeza se negaba. Respiré profundo—. Pero… 

—Te escucho.

—Me gustaba la idea de tener una familia con Black. Quiero decir, no tenía por qué soportarlos yo, él podía hacerlo. Podríamos ejercer el rol de policía bueno y policía malo, ¿sabes? Yo ejercía el carácter y dictaba las reglas y Black sería siempre quien lo consintiera. Es muy bueno en eso. Es un encanto con los niños. Siempre ha querido tener una familia… —agaché la mirada. Connor sonrió e inclinó levemente su rostro. Sus piernas estaban cruzadas y tenía su habitual libreta de cuerina negra sobre su regazo—. Pero no será… No conmigo —froté mis dedos con mucha fuerza—. Eso me afecta.

—Hemos llegado al punto en el que admites que hay cosas que te afectan. Quiero felicitarte por eso, Rouse. Ahora bien, estoy seguro de que sabes que hay más métodos para tener una familia —aseveró—. ¿Realmente eso es lo que te afecta?

Lo miré fijamente. Siempre que iba a consulta, era una tortuosa batalla conmigo misma. Aunque después de un largo tiempo finalmente me sentía cómoda contándole sobre mi vida a Connor, una parte de mí seguía negándose arduamente a mostrarse vulnerable. Sin embargo, en ese instante, estaba lo suficientemente agrietada por tantos golpes constantes de la vida. No podía derrumbarme frente a mis seres amados y eso solo logró que lo que acumulaba en mi interior empeorara esas grietas. Un solo toque…, una sola pregunta de parte de Connor, podía hacerme trizas.

Y así fue.

Negué, con los ojos nublados.

—Toda…, mi vida…, he sido fuerte, Connor. Nunca me ha importado ser el sostén emocional de mi familia, al contrario, me hacía sentir bien. Fui el roble de mi padre, de mi madre, de mi hermano, de mis tíos, de mi abuelo, de mi prima… Nunca vacilé, nunca lloré frente a ellos o bajé los brazos ante cualquier adversidad. Siempre les animé. Sé que ellos me hubiesen consolado de haber llorado, pero sentía que si lo hacía, ellos se resquebrajarían… —Mi voz salió con dificultad. Mis lágrimas no tanto. Salieron suaves y fluidas, como nunca antes lo habían hecho. Negué, decepcionada—. Me impuse este papel… E inconscientemente ellos me lo concedieron. «Rouse, la más fuerte de todas, quien tiene un corazón de hierro, la mujer que te levanta en los tiempos difíciles, la que no tiene permitido flaquear, quien consuela y anima», pero… ¿Quién es mi roble, Connor? —musité, llorosa—. Como consecuencia, ya no puedo permitirme ser débil, siento que todos se han hecho una imagen tan inquebrantable de mí, que pueden juzgarme con facilidad porque piensan que no me harán daño. Y a veces, cuando quiero romperme, simplemente no puedo permitírselo. No puedo abrirme y decir “Hey, también soy humana. También siento y tengo carencias. Igualmente tengo un problema, aunque no puedas verlo ¿Podrías ser empático?” Sé que no estoy sola, ¡lo sé! Pero así me siento a veces… No tengo en quién apoyarme sin sentirme culpable por ser una carga. No tengo quien me consuele sin sentirme débil… Black cambió eso, con él me sentía a salvo, pero ahora ya no… A veces lo desprecio. A veces me desprecio a mí —toqué mi pecho, dolida—. Hay ocasiones en las que no quiero verlo y en las que aborrezco mi reflejo. Ahora ni siquiera él es mi consuelo. 

—Es normal que te sientas así. Son los efectos secundarios de los anticonvulsivos. Pueden causar cambios en el comportamiento y en el estado de ánimo.

—¡Tal vez mi cabeza lo sepa, pero mi corazón no! —espeté, perdiendo los estribos. Estaba agotada de sentirme así—. ¿Cómo crees que me siento al saber que mi estado de ánimo depende de unos malditos medicamentos?

—Te comprendo.

—No lo haces, Connor. No puedes comprenderlo. Quizá todos tus estudios te hagan pensar que puedes, pero no puedes imaginarte ni siquiera una pizca de lo que siento.

—Entonces explícamelo, Rouse. Si no puedo imaginármelo, ayúdame a hacerlo.

Presioné mis labios. Eché mi espalda hacia atrás, cansina. Un ardor se instaló en mi pecho.

—Es como…, si te quitaran la gravedad. Sientes que tu cuerpo, tu mente y tus emociones pesan demasiado como para poder sostenerlos. De por sí me resultaba difícil aceptar que había perdido el control sobre mi vida, ¡y ahora tengo que lidiar con no tener el control sobre mi propio cuerpo y mis emociones! Estoy cansada, Connor… —exclamé, destrozada. Apreté mis muslos y negué llorosa—. No quiero más medicamentos…

— ¿Sabes lo que significa «navegar a palo seco»?

—No lo sé.

—Cuando la tripulación de un barco enfrenta una tormenta, tiene varias opciones. Puede ponerse a un lado de las olas y soportar los vientos hasta que pasen, a eso se le llama capear. O también puede correr de la tormenta, atravesando las olas y yendo en la dirección del viento, pero usualmente es una decisión muy arriesgada, ya que podrías perder el control del timón en cualquier momento y naufragar. Cuando ninguna de estas funciona y la tormenta es demasiado fuerte, la mayoría intenta afrontar el atemporal navegando a palo seco —explicó, sonriendo sereno. Hizo un ademán con sus manos—. Recogen las velas del barco y dejan que el mismo busque su propio equilibrio entre las olas… A veces creemos que la mejor forma de solucionar los percances y las dificultades en la vida, es intentando sujetarlo con fuerza y ejercer control sobre él. Rouse, las tormentas más fuertes, se superan recogiendo las velas y teniendo la paciencia y la certeza de que el barco tarde o temprano encontrará el equilibrio entre las olas. Por supuesto, para sobrevivir a las peores tormentas, no solo se necesita un buen capitán, también se necesita una leal y preparada tripulación. Par superar una tempestad en un océano indomable, impredecible e imposible de controlar, el capitán confía en su tripulación y viceversa. Nadie puede asegurar que tiene nervios de acero si desespera en tiempos de crisis.




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