Al guerrero le enseñaron a obedecer antes que a preguntar.
Desde niño aprendió a sostener la espada con la mano firme y el rostro impasible. Su familia, antigua, poderosa, había servido al reino durante generaciones. No eran campesinos elevados por la guerra, sino sangre vieja, nombres grabados en piedra, juramentos heredados como cicatrices. Servir al rey no era una elección: era un destino.
Por eso no dudó cuando llegó la orden.
El mensajero no explicó demasiado. No hacía falta. Bastó con pronunciar una palabra para que el peso del encargo quedara claro:
—Bruja.
El rey la culpaba de las plagas que asolaban los campos, de los animales nacidos enfermos, de los niños que no sobrevivían al invierno. Incluso aquella dolencia temida, la que volvía la piel áspera y escamosa como la de una criatura olvidada por los dioses, llevaba su nombre susurrado en las sombras del reino. Decían que vivía más allá del Bosque Oscuro, en un territorio que los mapas evitaban y los soldados maldecían. Decían que no era humana. Decían que adoptaba una forma hermosa para engañar a los hombres antes de condenarlos.
El guerrero escuchó sin mostrar emoción.
Había matado cosas peores que rumores.
Partió al amanecer, con la armadura limpia y el estandarte del reino plegado. No necesitaba escolta. No la aceptó. Aquella misión no requería testigos.
El camino se volvió más estrecho a medida que avanzaba. La tierra, antes fértil, se tornó gris. Los árboles crecían torcidos, como si evitaran mirar al cielo. El aire era denso, cargado de un silencio que no pertenecía a la naturaleza, sino a algo más antiguo.
El Bosque Oscuro no recibió al guerrero con hostilidad inmediata.
Eso lo inquietó más.
Avanzó con cautela, mano en la empuñadura. Fue entonces cuando el suelo tembló.
La criatura emergió de entre las raíces como una blasfemia hecha carne: garras demasiado largas, ojos sin brillo, un cuerpo que parecía cosido con restos de otras bestias. No rugió. No necesitó hacerlo. Su sola presencia era una amenaza.
El combate fue brutal.
El guerrero esquivó por instinto, atacó con precisión, recordó cada lección aprendida desde la infancia. La espada atravesó carne negra, hueso deformado. La criatura cayó, pero no sin cobrar su precio. Las garras lo alcanzaron. El dolor fue inmediato, profundo. La sangre empapó su costado.
Cuando todo terminó, el bosque volvió a quedar en silencio.
El guerrero respiraba con dificultad. Se sostuvo de un árbol para no caer. Sabía que no podía quedarse allí. Si la bruja existía, su guarida debía estar cerca.
Avanzó tambaleante hasta ver la cabaña.
No era lo que esperaba.
No había símbolos infernales ni restos humanos. Era una construcción sencilla, de madera clara, rodeada de hierbas vivas. El humo que salía del techo era tenue, doméstico. Casi… humano.
Entró preparado para atacar.
Y la vio.
La bruja no tenía cuernos ni sombras adheridas al cuerpo. No había fuego en sus ojos ni risa cruel en su boca. Era hermosa de una manera serena, ajena a la seducción burda que le habían descrito. Su mirada era clara. Su postura, tranquila.
El guerrero sintió desconfianza de inmediato.
—Así que esta es tu forma —dijo, con la voz dura—. Hermosa, para engañar.
Ella no se ofendió. No sonrió.
—Así que tú eres el que enviaron —respondió con calma—. Sangras más de lo que crees.
Hablaron.
Él la acusó. Ella escuchó.
Él habló de plagas. Ella habló de castigos.
Él sostuvo que el reino estaba maldito por su causa.
Ella negó ser la fuente de nada.
El guerrero se mantuvo firme. Cada palabra de ella, cada movimiento, le parecía un intento de hechizo. Sin embargo, el dolor empezó a nublarle la vista. El mundo giró.
Cayó.
Cuando despertó, la luz entraba suave por la ventana. El dolor había cedido. Su costado estaba cubierto por vendas impregnadas de bálsamo. El olor era herbal, limpio.
Había sido curado.
La bruja estaba cerca, moliendo hojas con paciencia.
El guerrero se incorporó de golpe, alarmado por su propia reacción: no podía dejar de mirarla.
—Me has hechizado —dijo, con rabia—. Tu belleza, tu voz… es un engaño.
Ella negó despacio.
—Solo te curé. Lo demás es cosa tuya.
Él apretó los dientes. Recordó quién era. Recordó su deber.
—Tarde o temprano tendré que matarte —afirmó él, sin apartar la mano del puño de la espada—. Es la única forma de romper la maldición del reino.
La bruja lo observó en silencio, largo, como si midiera el peso de sus palabras y hallara en ellas más ignorancia que amenaza.
—La única maldición del reino —dijo al fin— duerme bajo la cama del rey.
El guerrero tensó la mandíbula.
—Mide tu lengua.
—¿Por qué? —replicó ella, ladeando apenas el rostro—. ¿Temes que la verdad también necesite ser decapitada?
Aquello era una blasfemia. Una traición. El rey era sagrado. Pero antes de que pudiera replicar, la bruja se inclinó, tomó una cesta de mimbre y la apoyó contra su cadera.
—Debo ir al río —añadió con calma inesperada—. Incluso las maldiciones necesitan comer.
Y salió de la cabaña sin esperar permiso.
El guerrero, aún confundido, se levantó y la siguió hasta la puerta.
Y entonces vio el bosque.
No era oscuro.
Era vasto.
No lo recibió con sombras amenazantes ni con el murmullo lúgubre que él esperaba de un lugar vinculado a una bruja. Lo recibió con luz.
Los árboles se alzaban altos, de cortezas plateadas y copas teñidas de azul suave, como si el cielo hubiera descendido a vivir entre sus ramas. El viento no rugía: susurraba. Y cada susurro parecía una voz antigua, una lengua que no necesitaba ser comprendida para sentirse viva.
La luz danzaba entre las hojas en destellos líquidos, como si el aire mismo respirara claridad. Enredaderas de flores rojizas colgaban de los troncos, desprendiendo un polvillo brillante que flotaba sin prisa. Pequeñas hadas —apenas del tamaño de una mano— revoloteaban entre los claros, curiosas, luminosas, riendo con un sonido fino que no hería el silencio, sino que lo completaba.