La siguió en silencio, con sigilo aprendido en campos de guerra, manteniendo la distancia suficiente para no ser oído, pero sin perderla de vista.
El bosque parecía cambiar a cada paso.
Un repentino revoloteo de aves multicolores —de plumas encendidas y picos vivos como gemas talladas— captó su atención. Se alzaron desde la copa de un árbol en una espiral brillante, cruzando el aire como un estallido de luz. Más adelante, el agua resplandecía con un fulgor suave, casi lechoso. Un arroyo de corriente clara descendía en una pequeña cascada que no rugía, sino que cantaba; su murmullo tenía cadencia, como si el bosque entero respirara al compás de ese sonido.
Entre las raíces y los helechos danzaban diminutos seres alados. No eran exactamente hadas: parecían hojas desprendidas de los árboles, pero cada una tenía un pequeño rostro risueño y ojos vivos. Revoloteaban en torno a la bruja sin tocarla, como si la reconocieran.
Una franja de luz se coló entre las copas altas y lo alcanzó de lleno en el rostro. Parpadeó. No recordaba haber visto jamás una claridad así. No era la luz áspera del mediodía en el campo de batalla. Era una luz que parecía despertar algo dormido bajo su armadura.
Apretó la empuñadura de la daga y siguió las huellas casi invisibles sobre el musgo.
Al final la halló.
Se había detenido junto al agua, inclinada apenas, con la cesta apoyada en una roca. Mantuvo la distancia, oculto entre los troncos.
El vestido que llevaba no guardaba el decoro rígido de la corte. La tela, ligera y húmeda por la bruma de la cascada, se ceñía a su figura. Una de sus piernas quedaba al descubierto al dar un paso entre las piedras del río. El guerrero apretó más la daga, como si el acero pudiera disciplinar sus pensamientos.
Sacó de su mente cualquier atisbo de deseo.
Debía acabar con ella.
Eso era lo correcto.
Eso era lo que le habían enseñado.
Pero el cabello oscuro caía libre por su espalda y se adhería apenas a la curva de su cuello. La luz se deslizaba por su piel como si la reconociera. Las líneas de su cuerpo no eran provocación, sino armonía; no tentación, sino algo más profundo, más inquietante.
No parecía una hechicera corrupta.
Parecía parte del bosque.
Divina.
Hermosa.
Parpadeó, como si despertara de un hechizo silencioso.
La cesta estaba casi llena de peces
— Eredil no se deja matar por cualquiera —dijo ella sin girarse—conocí a su padre era el dragón mas gruñón que conocí.
El guerrero se detuvo en seco.
Las luces vibraron entre los árboles y el murmullo del bosque volvió a crecer, suave, casi expectante.
Ella no apartó la mirada.
Esta vez no había solemnidad en su expresión, sino ese brillo travieso que aparecía cuando lo estudiaba demasiado de cerca.
—Te pones muy serio cada vez que algo se mueve —dijo, ladeando la cabeza—. ¿Siempre eres así… o es solo conmigo?
El guerrero apretó la daga, pero no respondió.
La bruja dio un paso corto hacia él, lo justo para invadir su espacio sin tocarlo. Su presencia no era agresiva; era ligera, segura, consciente del efecto que provocaba.
—Tranquilo —añadió, con una media sonrisa—. Si quisiera atraparte, ya lo habría hecho.
Sus dedos rozaron el aire cerca de su brazo, sin llegar a tocarlo, como si probara su reacción. Luego se apartó con naturalidad, caminando alrededor de él.
—Además —continuó—, no pareces el tipo de hombre que se deja guiar fácilmente… y aun así me seguiste.
Lo miró por encima del hombro.
—Eso dice mucho.
El guerrero frunció el ceño.
—No significa nada.
Ella dejó escapar una risa baja.
—Claro que sí. Significa curiosidad. Y la curiosidad es peligrosa… sobre todo en un bosque como este.
Se inclinó ligeramente hacia él, lo bastante cerca para que su voz bajara.
—O conmigo.
Las luces azules y rosadas se intensificaron, envolviéndolos en un resplandor suave.
Ella retrocedió un paso, observándolo con descaro tranquilo, como si disfrutara de cada pequeña reacción que lograba sacarle.
—Dime, guerrero —murmuró—… ¿sigues aquí por deber… o porque ya no quieres irte?
El guerrero no respondió de inmediato.
Su silencio no era duda, sino contención. Como si cualquier palabra que dijera fuera a inclinar la balanza en una dirección que todavía no quería admitir.
Ella lo observó, paciente, con esa media sonrisa que no se borraba del todo.
—Vaya… —susurró—. Pensé que los de tu clase siempre tenían una respuesta lista.
Se acercó de nuevo, despacio, sin romper el ritmo del lugar. El bosque parecía adaptarse a sus pasos, como si la reconociera. Las luces se apartaban a su paso y luego regresaban, rodeándolos otra vez.
—¿Te incomoda que te mire así? —preguntó, inclinándose apenas hacia él.
El guerrero sostuvo su mirada.
—No
—Mientes un poco —replicó ella, divertida—. Pero no lo suficiente como para ofenderme.
Giró a su alrededor con calma, evaluándolo desde otro ángulo, como si lo comparara con una idea previa que tenía en mente.
—Esperaba a alguien más rígido… más predecible.
Se detuvo frente a él otra vez.
—Y, sin embargo, sigues aquí. Sin atacar. Sin irte.
Sus ojos recorrieron su rostro un instante, luego descendieron hasta la mano que sostenía la daga.
—Eso no es cautela —añadió—. Es interés.
El aire se movió entre ellos, tibio.
Ella dio un paso atrás, dándole espacio, pero sin romper la tensión.
—Este bosque no atrae a quienes quieren destruir —continuó—. Atrae a quienes buscan algo… aunque no sepan qué.
Lo miró como si la respuesta estuviera escrita en él.
—¿Qué viniste a buscar?
El guerrero dudó por primera vez.
Fue apenas un segundo.
Ella lo notó y sonrió, satisfecha, como si hubiera confirmado algo.
—Ahí estás —murmuró—. Ya empezabas a parecer una estatua.