Juramento Inquebrantable

Prólogo: Parte uno

Galilea,

Con la respiración todavía descontrolada, el cabello revuelto y las mejillas ardiendo, me senté en la cama y cubrí la desnudez de mi cuerpo con las sábanas de seda que aún conservaban el aroma cálido de nuestro encuentro, de todo lo que acababa de pasar y, principalmente, de él.

Leandro Crawford.

El mundo entero lo conocía como el frío y arrogante genio tecnológico. Un hombre admirado por muchos y odiado por más debido a su carácter implacable y perfeccionista. Temido por todos sin excepción. En todos estos años trabajando a su lado, jamás presencié a un solo socio comercial que no terminara sometiéndose ante su voluntad. No toleraba el menor de los errores y resultaba entendible, pues la más mínima equivocación podía significar la pérdida de sumas astronómicas de dinero. Su búsqueda implacable de la excelencia lo había llevado a consolidar la más grande empresa tecnológica y a proclamarse como el líder supremo de la seguridad informática mundial. Las corporaciones más poderosas del planeta confiaban la protección de sus negocios a las manos de Leandro.

Sin embargo, esa estatua de mármol, carente de sentimientos y de piedad, con esos profundos ojos grises verdosos que blandía como temibles espadas de hielo y ese cabello dorado que era el reflejo vivo de su imponencia y rebeldía, representaba una fachada. Esa imagen implacable que le mostraba al resto del mundo correspondía a un hombre sumamente distinto al que yo conocía en la intimidad; al hombre al que me entregaba devotamente tres noches por semana desde hacía dos largos años.

Yo gozaba del sagrado privilegio de contemplarlo desnudo de esa máscara tan bien ensayada.

Durante el día, ejercía como el jefe implacable que apenas se dignaba a mirarme en la oficina. Pero, al caer la noche, esta costosa habitación de hotel se transformaba en nuestra burbuja protectora; aquí adentro, él era… casi humano. Y yo estaba perdida e irremediablemente enamorada de ese hombre casi humano.

Adoraba ver cómo su cuerpo habitualmente rígido se relajaba únicamente para mí. Adoraba que en este espacio nos volviéramos un solo ser. Aquí no existía nada más que nuestros cuerpos entrelazados, sus caricias abrasadoras y mis besos impregnados de todo aquello que no podía expresarle con palabras. Estaba prohibido, no de forma explícita, sino de una manera tácita e inquebrantable.

Tampoco poseía el maldito valor de confesarle lo que sentía, porque me aterraba la idea de perderlo. Sabía perfectamente que solo me pertenecía tres veces a la semana, pero me consolaba pensando que eso era infinitamente mejor que la nada. Al menos, así razonaba antes de saber… de descubrir la vida que crecía en mi vientre. Esa era la prueba definitiva e irrefutable de que lo nuestro era real.

Me desplacé despacio hacia el borde de la cama. La piel aún me hormigueaba intensamente con el recuerdo palpitante de sus manos y de su aliento cálido contra mi cuello. Aquello había sido un acto de amor, o al menos, la versión más pura y cercana al amor que el poderoso Leandro Crawford se permitía experimentar.

Con las manos temblando por la emoción y los nervios, saqué la prueba de embarazo del interior de mi bolso. La deposité con sagrada reverencia sobre la mesita de noche, justo al lado de su teléfono móvil, anhelando con todo mi ser que fuera lo primero que contemplara al salir de la ducha.

Sentía que ese resultado positivo brillaba en medio de la penumbra de la estancia como una deslumbrante señal de neón.

Regresé al centro de la cama con los nervios a flor de piel y toqué suavemente mi vientre. Un vientre que todavía no comenzaba a abultarse, pero que resguardaba con celo una nueva vida en su interior. Cincuenta por ciento de él y el otro cincuenta por ciento mío.

Una súbita oleada de náuseas me revolvió el estómago, pero una sonrisa inevitable y llena de ternura se dibujó en mis labios. Sí, resultaba aterrador, arriesgado y completamente loco... pero era una parte viva de los dos. De ese “nosotros” secreto y prohibido que solo cobraba vida en estas horas robadas desde hacía dos años.

Estaba convencida de que, a pesar de su característica frialdad, él terminaría alegrándose. Este bebé representaba la prueba indiscutible de que su fachada de hielo al fin se resquebrajaba, de que me amaba a su manera, con la misma intensidad con la que yo lo amaba a él.

Mi corazón dio un vuelco desbocado en el pecho cuando escuché que el agua de la ducha dejó de correr.

La puerta del baño se abrió y Leandro emergió con una toalla ceñida a la cadera, mientras las gotas de su cabello dorado y rebelde empapaban la costosa alfombra de la habitación. Tomó otra toalla y comenzó a secar la humedad de su melena.

Sin poder evitarlo, me quedé contemplando embobada cómo las gotas de agua resbalaban por su anatomía; cómo sus músculos se tensaban y flexionaban con cada uno de sus movimientos. Era, francamente, una obra de arte viviente.

Jamás sabía con certeza qué hacer una vez que nuestro momento de pasión llegaba a su fin. Siempre me invadía el miedo de decir o hacer algo inadecuado que pudiera arruinar las cosas. De modo que me limitaba a admirarlo en absoluto silencio, sin terminar de creerme del todo que, en esta lujosa habitación de hotel, dos personas verdaderamente se volvían una sola.

Instintivamente, desvié la mirada hacia el pequeño objeto que había colocado con esperanza sobre la mesita de noche; pero al volver la vista hacia él, me percaté de que Leandro había seguido la dirección de mis ojos.




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