Juramento Inquebrantable

Prólogo: Parte dos

Galilea,

Caminé pensativa entre las estrechas calles del parque de remolques. Cada paso me pesaba en el alma al imaginar el instante en el que tendría que darles la noticia a mis padres. ¿Cómo les iba a decir el estado en el que me encontraba? Lo peor de todo era admitir que había perdido mi empleo. Estaba embarazada y, para rematar mi desgracia, el padre me había dejado completamente a mi suerte.

Vi la luz encendida de nuestro remolque y suspiré con profunda pesadez. Tal vez podía esperar un poco más antes de enfrentar esa pesadilla. Definitivamente, tuve que haber comprado una botella de alcohol por el camino, eso me hubiera ayudado.

Empujé la puerta desgastada con fuerza y luego la halé hacia mí para lograr abrirla. Mi vida era un completo caos; ni siquiera vivía en un lugar decente.

Entré y vi a mis padres en la cocina, por suerte, parecían estar bebiendo.

—¿Cómo te fue? —indagó mi madre fingiendo amabilidad.

—No muy bien, la empresa pasa por una crisis y hay recorte de personal —comenté preparando el terreno, sintiendo que un nudo se me formaba en la garganta.

—Tranquila, hija. Sé que no te van a correr porque eres una chica trabajadora. —Mi padre se colocó a mi lado y me rodeó en un abrazo.

El olor a alcohol me golpeó con fuerza, pero ese era su olor habitual. Tuve ganas de romper a llorar ahí mismo, pero reprimí el llanto con todas mis fuerzas.

—Tienes razón, igual luego se verá. —Suspiré sintiendo que me ahogaba y dejé mi bolso sobre la mesa.

—¿Tienes hambre? —preguntó mi madre.

Al fijar la mirada en la comida, una intensa oleada de náuseas me revolvió el estómago y me dieron ganas de vomitar.

—No, comí algo en el camino.

Seguí por el angosto e incómodo pasillo y entré a lo que era mi cuarto desde hacía diez años. Por desgracia, al vivir en este basurero, jamás había tenido un verdadero espacio privado.

—Regresaste —me recibió Assia, mi hermanita pequeña.

Ella siempre había sido la más lista de la familia; todos en la casa lo sabíamos de sobra. A veces sentía ligeros celos de ella, de lo despierta y hermosa que era. Me quedé observándola: llevaba su cabello castaño atado en un moño maltrecho, sus ojos azul celeste estaban completamente perdidos en la pantalla del teléfono y mostraba esa mueca particular que ponía cuando estaba realmente concentrada en algo.

—¿Qué haces? —me acosté a su lado y me quedé viendo con frustración el techo oxidado del remolque.

—Me postulo para una beca en una escuela de cocina.

Me apoyé sobre un codo y la miré fijamente, anonadada.

—¿Has perdido la cabeza? —Le di un suave golpe en la frente—. ¿Nuestros padres lo saben?

—Les dije y me odian, pero es lo que quiero.

—¿Qué dijo mamá?

—Casi se muere. —Assia soltó una pequeña risita sin ganas—. Sacó el tema de los concursos y ya sabes... Me vine al cuarto esperando a que se le pase su rabieta.

Sonreí de medio lado y me dejé caer de vuelta en el desgastado colchón.

—¿Piensas que nuestra vida sería diferente si hubiéramos seguido en esos concursos de belleza?

Assia dejó caer su teléfono sobre la cama y me examinó detenidamente con la mirada.

—¿Qué te sucede?

—Nada... perdí mi empleo, pero no tuve el valor de decirles.

—Somos hermosas, seguro hubiéramos arrasado con todos los trofeos, pero sabes tan bien como yo que ese dinero solo serviría para cosas banales. —Assia suspiró derrotada y se dejó caer a mi lado, uniendo su vista a la mía hacia el mismo techo ruinoso—. No podemos vivir eternamente aquí. Me niego a solo tener esto, quiero más. Mamá y papá eligieron vivir su vida de este modo, pero no es lo que elijo para mí… Seguir en esos concursos nos hubiera dado dinero, pero solo hubiera servido para pagar el alcohol de papá y las drogas de mamá. Somos mejores que eso.

—¿De verdad lo crees? —mi voz se quebró violentamente por la emoción contenida.

—Claro que sí. Somos un par de margaritas que lograron crecer en un basurero.

Los crueles recuerdos me golpearon de golpe. El alcohol le daba poderes a papá; se volvía un boxeador profesional y nosotras éramos su humillado saco de golpes. Mamá estaba tan ida por sus adicciones que no se enteraba de lo que pasaba hasta días después. Ganábamos concursos y aplausos, pero el menú diario en casa era golpes y aterradora soledad.

»Odio este lugar y voy a salir de aquí…

La puerta se abrió de golpe, interrumpiendo las tajantes palabras de mi hermana. Ambas nos incorporamos de un brinco y nos topamos con la figura de mi madre, completamente fuera de sí por la furia.

—¿Qué es eso? —preguntó lanzando violentamente mi prueba de embarazo sobre la cama.

—¿Revisaste mis cosas? —estallé llena de humillación y vergüenza.

—No, pero ahora me arrepiento de no haberlo hecho antes. ¿Te dejaste preñar?

—¿Quién es el padre? —indagó mi padre desde atrás, con una voz cargada de ira, casi tan molesto como mi madre.




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