Pov: Madison Hayes
Si alguien me preguntara cuál es la peor parte de vivir en una película adolescente estadounidense, probablemente respondería que los desayunos familiares, los partidos de fútbol americano o la absurda obsesión de todo el mundo con ser popular.
Pero estaría mintiendo.
La peor parte de mi vida tenía nombre y apellido.
Ryan Carter.
Y, lamentablemente, vivía en la casa de al lado.
—¡Maddie! ¡Si no bajas en treinta segundos, me voy sin ti!
Cerré los ojos y respiré profundamente.
Eran las siete y doce de la mañana del primer lunes de nuestro último año de secundaria, y mi mejor amigo ya estaba haciendo lo que mejor sabía hacer: arruinarme la paz.
—¡Pues vete! ¡Nadie te necesita! —grité desde el baño.
—¡Perfecto! ¡Le diré a tu padre que moriste porque no pudiste elegir qué zapatos ponerte!
Miré mis zapatillas.
Luego miré mi reflejo en el espejo.
Después volví a mirar las zapatillas.
—¡TE ODIO, CARTER!
Su carcajada atravesó la ventana abierta.
Sí. Definitivamente iba a matarlo antes de graduarnos.
Me recogí el cabello en una coleta desordenada, agarré la mochila y bajé las escaleras con el teléfono entre los dientes mientras intentaba ponerme una pulsera.
Mi padre estaba en la cocina preparando café. Tyler, mi hermano de dieciséis años, desayunaba cereales mientras miraba algo en su teléfono. Y Ryan…
Ryan estaba sentado en nuestra encimera, comiéndose una tostada como si pagara la hipoteca.
—Buenos días, princesa —dijo al verme—. Qué alegría comprobar que sigues viva.
Le arrebaté la tostada de la mano y le di un mordisco.
—Gracias. Tenía hambre.
Ryan me miró, indignado.
—¿Acabas de robarme el desayuno?
—No. Estoy evitando que consumas demasiadas calorías. Podrían afectar tu capacidad de hablar sin parar.
Tyler soltó una carcajada tan fuerte que casi escupió los cereales.
—Un día de estos ustedes dos van a casarse solo para poder divorciarse.
—Prefiero comer vidrio —contestamos Ryan y yo al mismo tiempo.
Nos miramos.
Él sonrió.
Yo puse los ojos en blanco.
Mi padre negó con la cabeza, divertido.
—No sé cómo se soportan desde hace tantos años.
—Yo tampoco —respondí.
—Porque está enamorada de mí —dijo Ryan, bajándose de la encimera.
Le lancé una servilleta a la cara.
—Porque tu familia me alimenta gratis y no pienso perder ese beneficio.
Ryan se quitó la servilleta del hombro y me guiñó un ojo.
—Lo que tú digas, Hayes.
Ese era el problema con Ryan Carter. Siempre tenía algo que decir. Siempre encontraba la manera de salirse con la suya. Y, por alguna razón inexplicable, estaba convencido de que el universo giraba alrededor de su sonrisa.
Lo peor era que el universo parecía estar de acuerdo con él.
Alto, cabello castaño siempre ligeramente despeinado, ojos claros y esa maldita sonrisa que le había conseguido más favores de los que yo podía contar. Era el quarterback titular de Westbridge High, una de las caras más conocidas del instituto y el tipo de chico que hacía que algunas personas olvidaran cómo funcionaba el lenguaje.
Yo, por supuesto, no era una de esas personas.
Conocía a Ryan desde que éramos niños. Lo había visto llorar porque se le cayó un helado, esconderse detrás de su madre cuando un perro le ladró y pasar una semana entera con un corte de cabello que parecía obra de unas tijeras manejadas durante un terremoto.
No había nada atractivo en conocer a alguien demasiado bien.
Absolutamente nada.
—¿Terminaste de admirarme? —preguntó.
Me di cuenta de que llevaba unos segundos mirándolo.
Le di una patada suave en la espinilla al pasar.
—Estaba intentando recordar si siempre fuiste tan insoportable o si empeoraste durante las vacaciones.
—Y yo intentando recordar por qué sigo llevándote al instituto.
—Porque tu mamá me quiere más que a ti.
—Eso es verdad —intervino mi padre.
Ryan se llevó una mano al pecho.
—Señor Hayes, pensé que nuestra amistad significaba algo para usted.
—Significa que puedes sacar la basura antes de irte.
Me eché a reír.
Por fin, una victoria.
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La calle Maple Ridge parecía sacada de un catálogo inmobiliario: casas de dos pisos, césped perfectamente cortado, buzones blancos y vecinos que sabían demasiado sobre la vida de los demás.
Las familias Carter, Hayes, Bennett y Walker llevaban años viviendo allí. Nuestros padres eran amigos desde mucho antes de que nosotros aprendiéramos a caminar, lo que significaba que nuestras vidas estaban tan mezcladas que, a veces, ya ni recordábamos a qué casa pertenecía cada cosa.
Mi sudadera favorita estaba en casa de Brooke. El cargador de Ryan llevaba tres semanas en mi habitación. Y alguien había dejado una zapatilla de Jace en nuestro garaje desde junio.
Nadie sabía por qué.
Nadie quería saberlo.
—¿Lista para el último año? —preguntó Ryan mientras caminábamos hacia su camioneta.
—Lista para graduarme y no volver a escuchar tu voz nunca más.
—Vas a llorar cuando me vaya a la universidad.
—Voy a organizar una fiesta.
—¿Sin mí?
—Especialmente sin ti.
Me abrió la puerta del copiloto con una reverencia exagerada.
—Después de usted, mi futura exesposa.
—Sigue hablando y tu funeral será antes de las vacaciones de otoño.
Subí a la camioneta y cerré la puerta de golpe.
Ryan rodeó el vehículo riéndose.
Y aunque jamás se lo admitiría, había algo reconfortante en aquellas mañanas. En las bromas estúpidas, en nuestras discusiones sin sentido y en la certeza de que, pasara lo que pasara, Ryan estaría allí para molestarme al día siguiente.
Era mi mejor amigo.
Mi vecino.
Mi compañero de desgracias.
Y, hasta donde yo sabía, eso era todo lo que alguna vez sería.
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Pov: Ryan Carter