Pov: Madison Hayes
Había tres cosas que necesitaba para sobrevivir a mi último año en Westbridge High.
Un café decente.
Un horario que no pareciera diseñado por alguien que odiaba a los estudiantes.
Y que Ryan Carter aprendiera a cerrar la boca.
Por desgracia, a las ocho y quince de la mañana del primer lunes de clases, ya había perdido toda esperanza con respecto a la tercera.
—Te guardé un asiento —anunció Brooke Bennett, dejándose caer a mi lado en la cafetería.
Miré la silla vacía frente a mí.
—¿Y por qué pareces tan orgullosa? ¿El asiento tiene poderes mágicos?
—No. Pero tiene una vista excelente de cierta persona.
Seguí su mirada.
Ryan estaba al otro lado de la cafetería, sentado con Jace y varios chicos del equipo de fútbol americano. Llevaba la chaqueta deportiva del instituto, tenía el cabello despeinado y se reía de algo que uno de sus amigos acababa de decir.
Dos chicas de último año pasaron junto a su mesa. Una de ellas le tocó el hombro y Ryan le dedicó una sonrisa.
Ella se rio como si acabara de escuchar el chiste más gracioso de la historia.
Patético.
—¿Qué? —preguntó Brooke.
—Nada.
—Lo estás mirando.
—Estoy observando el deterioro de la educación estadounidense.
Brooke siguió mi mirada y soltó una carcajada.
—Claro. Y yo estudio física nuclear.
—¿No se supone que debes estar buscando novio o algo así? —pregunté, abriendo mi botella de agua—. Déjame criticar en paz.
—No necesito novio. Necesito entretenimiento. Y ustedes dos son mi programa favorito.
—No hay ningún nosotros dos.
—Todavía.
Le lancé una servilleta.
Brooke la atrapó en el aire y sonrió.
—Por cierto, el sábado vamos a la fiesta de Jace.
—Ya le dije a Ryan que iría.
—¿Desde cuándo necesitas que Ryan te invite a las cosas?
—Desde nunca. Me invitó porque soy una persona maravillosa y todos quieren tenerme cerca.
—O porque si no te invita, apareces de todas formas y te comes sus papas fritas.
—Eso también.
La puerta de la cafetería se abrió y varios estudiantes comenzaron a entrar. Entonces Brooke me dio un codazo.
—No mires ahora.
Naturalmente, miré.
Un chico alto, de cabello oscuro y sonrisa tranquila acababa de entrar acompañado por dos compañeros del equipo de fútbol.
Lo reconocí de inmediato.
Adrian Brooks.
Había pasado buena parte del verano escuchando a Brooke hablar de lo atractivo que era, pero verlo en persona era otra cosa. Llevaba una camiseta gris, una mochila colgada de un hombro y esa clase de sonrisa que parecía completamente involuntaria.
—Ese es Adrian, ¿verdad? —pregunté, intentando sonar indiferente.
Brooke giró lentamente hacia mí.
—Oh, Dios mío.
—¿Qué?
—¡Te gusta!
—No me gusta.
—Acabas de preguntar su nombre cuando sabes perfectamente quién es.
—Solo quería confirmar que no fuera su hermano gemelo malvado.
Brooke apoyó los codos sobre la mesa.
—Maddie Hayes, creo que este año vamos a divertirnos.
Antes de que pudiera responder, alguien me quitó una papa frita del plato.
Ni siquiera tuve que levantar la vista.
—¿Sabes que hay una diferencia entre tener hambre y ser un parásito? —pregunté.
Ryan se sentó a mi lado y tomó otra papa.
—¿Sabes que hay una diferencia entre compartir y ser una persona egoísta?
—Sí. Compartir es lo que haces cuando alguien te lo pide. Robar es lo que haces tú.
—Qué interesante. ¿Lo aprendiste en tus clases de ética?
—No. En las de supervivencia. Son las que tomé para soportarte.
Jace se sentó frente a nosotros con una bandeja enorme.
—Y así comienza otra temporada de Maddie y Ryan: dos idiotas, una amistad.
—Cállate, Jace —dijimos Ryan y yo al mismo tiempo.
Brooke empezó a reírse.
Jace levantó ambas manos.
—¿Ven? Ni siquiera necesitan ensayar.
Ryan me robó otra papa.
Le di un golpe en los dedos con el tenedor.
—¡Au!
—La próxima vez será más fuerte.
—Violencia doméstica entre mejores amigos —murmuró Jace—. Qué bonito.
Le apunté con el tenedor.
—Tú eres el siguiente.
Jace se concentró inmediatamente en su almuerzo.
Ryan, por su parte, parecía encantado con la situación.
Y entonces cometió el error de mirar hacia donde estaba Adrian.
—¿Por qué estás mirando a Brooks? —preguntó.
Me atraganté con el agua.
Brooke bajó la cabeza para ocultar su sonrisa.
—No lo estoy mirando.
—Acabas de mirarlo tres veces.
—¿Llevas la cuenta?
—Es difícil no darse cuenta cuando giras la cabeza como un búho.
—Y es difícil no notar que eres un metiche.
Ryan se recostó en su silla.
—Solo digo que Brooks tiene el encanto de una puerta.
Lo miré, ofendida.
—¿Y tú tienes el encanto de una alarma de incendios? Porque ambos hacen ruido innecesariamente.
Jace escupió una risa contra su servilleta.
Ryan lo ignoró.
—¿Te gusta?
La pregunta fue tan directa que parpadeé.
—¿Y si me gusta?
Ryan se encogió de hombros.
—Nada. Haz lo que quieras.
—Eso pienso hacer.
—Perfecto.
—Perfecto.
Nos quedamos mirándonos durante un segundo.
Después Ryan me quitó la última papa frita del plato y se la metió en la boca.
—¡RYAN!
Se levantó riéndose antes de que pudiera alcanzarlo.
Lo perseguí alrededor de la mesa mientras Brooke gritaba que alguien grabara aquello y Jace apostaba cinco dólares a que yo terminaría golpeándolo con una bandeja.
Lo peor era que probablemente tenía razón.
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Pov: Ryan Carter
No me importaba que a Maddie le gustara Adrian Brooks.
En serio.
Podía gustarle quien quisiera. Podía salir con él, invitarlo a una fiesta o incluso regalarle una de esas pulseras horribles que ella misma fabricaba cuando estaba aburrida.
No era asunto mío.
Entonces, ¿por qué llevaba diez minutos escuchando a Jace hablar sobre el tema?
—Brooks no está mal —dijo mi mejor amigo mientras caminábamos hacia los casilleros.
—No me interesa.
—Tiene buen físico, juega bien y no parece un completo imbécil.
—Dale tiempo.
Jace sonrió.
—¿Crees que Maddie va a intentar hablarle?
Abrí mi casillero.
—No sé. Pregúntale a ella.
—Podría.
—Entonces hazlo.
—Aunque quizá tú quieras presentárselos.
Cerré la puerta de mi casillero con más fuerza de la necesaria.
Jace se quedó mirándome.
—Interesante.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces deja de mirarme como si estuvieras a punto de diagnosticarme una enfermedad.
—No sabía que eras tan sensible.
—Y yo no sabía que podías hablar tanto sin respirar.
Jace soltó una carcajada y me dio una palmada en el hombro.