Despertar en un lugar nuevo es extraño.
Abrí los ojos y por un segundo no supe dónde estaba. El techo blanco, la luz suave entrando por la ventana, el silencio… todo se sentía ajeno.
Hasta que recordé.
El departamento.
La ciudad.
El pasillo.
Y él.
Cerré los ojos otra vez, como si así pudiera retrasar el inicio del día.
No funcionó.
Suspiré y me incorporé lentamente. Había dormido en el colchón sin armar, con una frazada improvisada y la mitad de mis cosas aún dentro de cajas. No era precisamente cómodo, pero tampoco podía decir que esperaba otra cosa.
Me até el pelo en un moño desordenado y caminé descalza hasta la cocina. Bueno… lo que algún día sería una cocina. Por ahora, era solo un espacio vacío con una taza, una cuchara y un paquete de café instantáneo.
Progreso.
Mientras esperaba que el agua se calentara, apoyé las manos en el mesón y dejé caer la cabeza unos segundos.
Hoy iba a ordenar todo.
Hoy iba a empezar bien.
Eso me repetí, al menos.
El sonido de la tetera me sacó de mis pensamientos. Preparé el café con movimientos automáticos y lo sostuve entre mis manos, dejando que el calor me devolviera un poco a la realidad.
Cuando salí al pasillo, lo hice sin pensar demasiado.
Error.
Ahí estaba otra vez.
Esta vez más cerca. Mucho más.
Estaba justo frente a su puerta, como si estuviera por entrar, pero se detuvo al verme. Llevaba una chaqueta oscura y el pelo ligeramente despeinado, como si tampoco hubiera tenido una mañana especialmente ordenada.
Me quedé quieta un segundo, sosteniendo la taza con ambas manos.
—Hola —dije, esta vez con un poco más de firmeza.
Él asintió levemente.
—Hola.
Silencio.
Otra vez.
Fruncí un poco el ceño, más para mí que para él. No entendía cómo alguien podía hacer que un simple saludo se sintiera tan… incómodo.
Di un pequeño paso hacia adelante, decidida a no quedarme congelada en mi propia puerta.
—Soy Emilia —agregué, porque algo dentro de mí dijo que era lo mínimo.
Él dudó apenas un instante, como si no estuviera acostumbrado a ese tipo de interacciones.
—Tomás.
Asentí.
Tomás.
El nombre le quedaba.
—Recién me mudé —dije, levantando ligeramente la taza, como si eso explicara algo—. Ayer.
—Lo noté.
Parpadeé.
—¿Ah, sí?
—Las cajas.
Miré por encima de mi hombro, como si pudiera verlas desde ahí, y solté una pequeña risa.
—Claro. No soy muy sutil.
—No.
La respuesta fue directa, pero no sonó pesada. Solo… honesta.
Por primera vez, la tensión en mis hombros bajó un poco.
Di otro sorbo a mi café y dudé antes de hablar otra vez.
—¿Vives aquí hace mucho?
—Lo suficiente.
Eso no era una respuesta.
Pero tampoco parecía alguien que diera muchas explicaciones.
Asentí de nuevo, aunque no había mucho que entender.
El silencio volvió a instalarse entre nosotros, pero esta vez no se sintió tan incómodo. Solo… presente.
Como si ninguno de los dos tuviera apuro en llenarlo.
De repente, miró la taza en mis manos.
—¿No tienes hervidor?
Bajé la mirada.
—Sí… bueno, no. Todavía no. Estoy improvisando.
No sé por qué lo dije así, como si necesitara justificarme.
Tomás no respondió de inmediato. Simplemente se giró, abrió la puerta de su departamento y desapareció dentro sin decir nada.
Me quedé ahí, confundida.
—Ok… —murmuré para mí—. Definitivamente raro.
Estaba a punto de volver a mi departamento cuando lo escuché regresar.
Extendió la mano hacia mí.
En ella, un hervidor eléctrico.
Parpadeé.
—¿Qué…?
—Úsalo.
Lo miré, luego al hervidor, y otra vez a él.
—No, no es necesario, yo—
—No lo uso en la mañana.
Su tono no era insistente. Era simple. Como si no hubiera razón para discutirlo.
Dudé un segundo más antes de tomarlo.
—Gracias…