Llegar a una ciudad nueva se suponía que debía sentirse como libertad.
Pero mientras cerraba la puerta de mi departamento por primera vez, lo único que sentí fue silencio.
Un silencio raro. Pesado. Como si el lugar todavía no supiera que ahora yo vivía ahí.
Dejé la caja que tenía en las manos en el suelo y miré alrededor. No había mucho: paredes blancas, una ventana grande y ese eco incómodo que hacen los espacios vacíos.
Mi nuevo hogar.
O eso se suponía.
Solté el aire lentamente y me pasé una mano por el pelo, acomodando un mechón que no dejaba de caerme en la cara. Siempre hacía eso cuando estaba nerviosa, aunque intentara convencerme de que no lo estaba.
Esto era lo que quería.
Irme. Empezar de nuevo. Dejar todo atrás.
A él.
Tragué saliva y desvié la mirada hacia la ventana. Afuera, la ciudad empezaba a encenderse poco a poco. Las luces de los edificios aparecían como pequeñas señales de vida, como si todo siguiera avanzando… menos yo.
—Bien —murmuré en voz baja—. Puedes hacer esto.
No sonó muy convincente.
Me agaché para abrir otra caja cuando escuché un ruido afuera. Pasos. Cerca. En el pasillo.
Me quedé quieta un segundo.
Ridículo. Era obvio que no vivía sola en el edificio.
Aun así, algo en mi pecho se tensó.
Me levanté despacio y abrí la puerta solo un poco, lo suficiente para mirar.
Y ahí estaba.
Apoyado contra la pared del pasillo, a unos metros de mi puerta, había un chico. Alto. Más de lo que esperaba. Llevaba una polera oscura y las manos en los bolsillos, como si no tuviera ninguna prisa en estar en otro lugar.
Parecía… tranquilo.
Pero no relajado.
Levantó la vista.
Y por un segundo, nuestros ojos se encontraron.
Sentí algo incómodo, como si me hubiera descubierto haciendo algo que no debía, aunque no estaba haciendo nada.
Aparté la mirada primero.
—Hola —dije, más por educación que por ganas.
Mi voz salió más suave de lo que esperaba.
Él tardó un segundo en responder.
—Hola.
Su tono era bajo. Directo. Sin esfuerzo.
No dijo nada más.
Y eso, de alguna forma, fue peor.
Asentí levemente, como si eso cerrara la interacción, y volví a meterme en el departamento. Cerré la puerta con cuidado, apoyándome en ella apenas lo suficiente para sentir algo firme.
Exhalé.
—Genial —murmuré—. Vecino raro.
Aunque, si era honesta, no había sido raro. Solo… distante.
Y no sabía por qué eso me incomodaba tanto.
Tal vez porque me recordaba a algo.
O a alguien.
Negué con la cabeza de inmediato, como si así pudiera borrar el pensamiento antes de que tomara forma.
No.
No iba a empezar con eso otra vez.
Me separé de la puerta y volví a las cajas. Tenía cosas más importantes en las que pensar. Como desempacar. Como ordenar. Como construir una vida que no dependiera de nadie más.
Como no volver a cometer los mismos errores.
Aun así, mientras abría la siguiente caja, mi mente volvió, inevitablemente, al pasillo.
A su voz.
A la forma en que había sostenido la mirada sin decir nada más.
Y por primera vez desde que llegué, el silencio del departamento no se sintió tan vacío.
Solo… diferente.
Como si algo acabara de empezar, aunque todavía no supiera qué.