No pensé que volvería a verlo tan pronto.
Pero ahí estaba.
Otra vez.
Esta vez no en el pasillo, sino afuera del edificio, justo cuando yo estaba tratando de decidir si salir o no. Llevaba varios minutos parada frente a la puerta principal, con las llaves en la mano y la mente en cualquier parte menos en el presente.
Salir implicaba enfrentar la ciudad.
Quedarme… implicaba seguir pensando.
Ninguna opción era especialmente buena.
Empujé la puerta finalmente y el aire de la tarde me golpeó con suavidad. No hacía frío, pero tampoco calor. Ese punto intermedio que siempre me había gustado.
Di un par de pasos hacia la vereda cuando lo vi.
Estaba apoyado contra la reja, mirando su celular, con la misma expresión tranquila de siempre. Como si el mundo no lo apurara.
Como si nada lo apurara.
Por un segundo consideré volver a entrar.
Ridículo.
Seguí caminando.
Al pasar cerca de él, levantó la vista.
—Hola.
Su voz sonó igual que siempre. Baja. Directa.
—Hola —respondí.
No me detuve. O al menos eso intenté.
—¿Vas saliendo?
Me frené.
No era una pregunta complicada. Pero me tomó por sorpresa.
Me giré apenas.
—Sí… —dudé—. Creo.
Frunció levemente el ceño, no de forma incómoda, sino como si intentara entender.
—¿Crees?
Solté una pequeña risa.
—Estoy intentando decidirlo todavía.
Por un segundo, pensé que no diría nada más.
Pero lo hizo.
—Camina un rato.
Lo miré.
—¿Eso es un consejo?
Se encogió de hombros, apenas.
—Funciona.
No explicó más.
Y, extrañamente, no lo necesitaba.
Miré hacia la calle, luego de vuelta a él.
—¿Vienes?
La pregunta salió antes de que pudiera analizarla.
Silencio.
Un segundo.
Dos.
Asintió.
Y eso fue todo.
Caminamos sin rumbo claro.
Al principio, ninguno hablaba. Solo el sonido de nuestros pasos y el movimiento constante de la ciudad alrededor. Autos pasando, gente conversando, puertas que se abrían y cerraban.
Era raro.
Pero no incómodo.
—¿Siempre das consejos a desconocidos? —pregunté después de un rato.
—No.
—Entonces tuve suerte.
—No lo sé.
Giré la cabeza para mirarlo.
—Eres extraño, ¿lo sabías?
—Me lo han dicho.
Había algo en su forma de responder. No era sarcasmo. No era indiferencia. Era… honesto. Demasiado, tal vez.
Bajé la mirada al suelo, siguiendo una grieta en la vereda con la punta de la zapatilla.
—A mí no —murmuré—. A mí me dicen otras cosas.
No sé por qué dije eso.
Tal vez porque el silencio entre nosotros no exigía explicaciones.
Tal vez porque, por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de ocultarlo todo.
No respondió de inmediato.
—¿Como qué?
Tragué saliva.
—Que siento demasiado.
Las palabras salieron más suaves de lo que esperaba.
Más reales también.
El ruido de la ciudad pareció alejarse un poco. O tal vez fui yo la que dejó de prestarle atención.
—No parece algo malo —dijo.
Lo miré.
—Depende.
—¿De qué?
—De con quién.
No dijo nada.
Pero esta vez, el silencio cambió.
No era vacío.
Era… lleno.
Como si hubiera algo ahí que ninguno de los dos estaba nombrando.
Seguimos caminando unos minutos más hasta que llegamos a una esquina donde había una pequeña plaza. No era nada especial, pero tenía un par de árboles y una banca libre.
Me senté sin pensarlo mucho.
Tomás dudó un segundo antes de hacer lo mismo, dejando una distancia prudente entre nosotros.