Volvimos en silencio.
No era incómodo. Tampoco necesario de llenar. Era ese tipo de silencio que se instala cuando ya no tienes que esforzarte tanto para estar con alguien.
Aun así, cuando el edificio apareció frente a nosotros, sentí algo raro en el pecho.
Como si cruzar esa puerta significara volver a pensar demasiado.
—Gracias por… —empecé, sin saber muy bien cómo terminar la frase.
Caminar. Acompañarme. Estar.
Tomás me miró apenas.
—De nada.
Simple.
Siempre simple.
Entramos al edificio y el sonido de la calle quedó atrás. El pasillo estaba igual que siempre: tranquilo, casi inmóvil, como si nada cambiara ahí dentro.
Pero algo sí había cambiado.
O al menos eso sentía.
Nos detuvimos frente a nuestras puertas. La mía. La suya. Separadas por apenas unos pasos que ahora parecían menos.
Saqué las llaves, pero no abrí de inmediato.
—Oye… —dije.
Él esperó.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
Dudé.
—No sé… —bajé la mirada un segundo—. Como si nada te afectara.
Hubo una pausa breve.
—No es eso.
Levanté la vista.
—¿Entonces?
Sostuvo mi mirada un segundo más de lo habitual.
—Solo no lo digo.
No supe qué responder.
Porque entendí.
No todo, pero lo suficiente.
Asentí despacio y, esta vez sí, abrí la puerta de mi departamento.
—Buenas noches, Tomás.
—Buenas noches, Emilia.
Cerré.
Y el silencio volvió.
Pero no era el mismo de antes.
Dejé las llaves sobre el mesón y caminé sin rumbo claro por el departamento. Todo seguía a medio ordenar, como si el lugar todavía no decidiera qué forma iba a tener.
Como yo.
Me senté en el suelo, apoyando la espalda en la pared, y dejé caer la cabeza hacia atrás.
El día había sido… distinto.
Mejor de lo que esperaba.
Y eso era un problema.
Cerré los ojos.
No debía sentirse así de fácil.
No después de todo.
No después de él.
La imagen apareció sin que la llamara.
Una voz.
Una discusión.
Esa sensación de no saber en qué momento todo había cambiado.
Abrí los ojos de golpe.
—No —murmuré.
Me levanté rápido, como si pudiera dejar el recuerdo atrás simplemente moviéndome. Fui a la cocina, abrí el grifo sin necesidad y me quedé mirando cómo el agua corría.
Respira.
Eso me repetí.
Respira.
Apoyé ambas manos en el mesón, sintiendo el frío bajo mis dedos.
No estás ahí.
No estás ahí.
El sonido del celular vibrando sobre la mesa me hizo girar de inmediato.
Lo miré.
Número desconocido.
El estómago se me tensó.
No.
No podía ser.
Se detuvo.
Silencio.
Exhalé lentamente, intentando relajar los hombros.
Tal vez no era nada.
Tal vez—
Volvió a vibrar.
El mismo número.
El aire se volvió más pesado.
Me acerqué despacio, como si eso cambiara algo. Como si la distancia hiciera la situación menos real.
La pantalla seguía encendida.
Llamada entrante.
No respondí.
No podía.
No quería.
El celular dejó de vibrar otra vez.
Silencio.
Uno… dos… tres segundos.
Un mensaje.
Tragué saliva antes de tomarlo.
No lo abrí de inmediato.
Solo me quedé ahí, mirándolo, como si el contenido fuera a cambiar por sí solo.
Como si no supiera lo que iba a encontrar.
Finalmente, respiré hondo y desbloqueé la pantalla.
Un solo mensaje.