Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 5: Quedarse un poco más

No cerré la puerta.

Y eso ya decía demasiado.

Tomás seguía ahí, a unos pasos de mí, sin invadir, sin apurar nada. Como si entendiera que cualquier movimiento brusco podía hacer que todo se rompiera.

Yo tampoco me moví.

Tenía el celular aún en la mano, aunque ya no estaba mirando la pantalla. Solo lo sostenía, como si soltarlo fuera aceptar que lo que acababa de pasar era real.

—¿Quieres que me vaya? —preguntó.

Negué de inmediato.

Más rápido de lo que esperaba.

—No.

El silencio que siguió no fue incómodo. Fue… necesario.

Me hice a un lado, dejando espacio para que pasara.

—Puedes… quedarte un rato.

No era una invitación clara. Tampoco firme.

Pero fue suficiente.

Entró sin decir nada y cerró la puerta con suavidad detrás de él. Miró alrededor con calma, como si registrara el lugar sin juzgarlo: las cajas, el desorden, el intento a medio hacer de construir algo habitable.

—Sigue igual que ayer —dijo.

Solté una pequeña risa, sin humor.

—Sí, bueno… hoy no fue exactamente un día productivo.

Dejé el celular sobre la mesa, esta vez con más intención, como si necesitara poner distancia entre eso y yo.

Tomás no preguntó.

Se quedó de pie unos segundos más antes de apoyarse levemente contra la pared, manteniendo esa distancia prudente que parecía tan propia de él.

—¿Era él?

La pregunta fue directa.

Simple.

Asentí.

No tenía sentido fingir.

—Sí.

No dije su nombre.
No hacía falta.

El aire se volvió más denso por un momento, pero no insoportable.

—¿Te sigue molestando?

La forma en que lo dijo me hizo fruncir un poco el ceño.

—No es “molestar” —respondí, bajando la mirada—. Es… más complicado.

Silencio.

Sabía que podía no decir nada más.

Sabía que él no iba a obligarme.

Y aun así—

—No entiende que ya se acabó.

Las palabras salieron solas.

—O no quiere entender.

Me crucé de brazos, más por necesidad que por frío.

—Siempre fue así.

Me detuve.

Había ido demasiado lejos.

O eso pensé.

Pero cuando levanté la vista, Tomás seguía ahí. Igual. Esperando.

Sin presión.

Sin juicio.

Eso hizo que continuara.

—Al principio no era así —murmuré—. O eso creía.

Me reí suavemente, pero no había nada gracioso en eso.

—Supongo que uno ve lo que quiere ver.

El silencio volvió, pero esta vez se sentía distinto.

Más… lleno.

Tomás desvió la mirada un segundo, como si pensara bien lo que iba a decir.

—¿Te hizo daño?

La pregunta fue tranquila.

Pero cayó pesado.

No respondí de inmediato.

Porque decirlo en voz alta lo hacía real de otra forma.

Más concreta.

Más difícil de ignorar.

Tragué saliva.

—Sí.

Apenas audible.

Pero suficiente.

No entré en detalles.
No podía.

Todavía no.

Él asintió levemente.

Como si no necesitara más.

Y eso… alivió algo.

No tener que explicar todo.

No tener que justificarme.

No tener que convencer a alguien de que lo que sentí fue real.

Me dejé caer en el sofá improvisado —si es que una pila de cojines podía llamarse así— y solté el aire lentamente.

—Pensé que venir acá iba a ser suficiente.

Miré al techo.

—Cambiar de ciudad, de rutina… de vida.

Una pausa.

—Pero parece que no funciona así.

Tomás se acercó un poco más, pero sin invadir mi espacio. Se sentó en el borde de una de las cajas, apoyando los antebrazos en sus rodillas.

—No funciona así —repitió.

Lo miré de reojo.

—¿Y cómo funciona entonces?



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En el texto hay: vecinos, relación., vecino raro

Editado: 10.04.2026

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