Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 6: Demasiado cerca

No sé en qué momento dejó de sentirse raro que estuviera ahí.

Tal vez cuando el silencio dejó de ser incómodo.
O cuando ya no pensaba tanto en qué decir.

O cuando empecé a notar cosas que antes no.

Como la forma en que Tomás miraba todo con calma, como si necesitara entender antes de reaccionar. O cómo hablaba poco, pero siempre decía lo justo.

O cómo, incluso sin hacer mucho, hacía que el espacio se sintiera… distinto.

Más fácil.

—Deberías ordenar eso —dijo de repente, mirando una de las cajas abiertas.

Seguí su mirada y solté una pequeña risa.

—Llevo diciéndome eso desde ayer.

—Entonces hazlo.

—Qué motivador eres.

Se encogió de hombros.

—Funciona.

Rodé los ojos, pero me levanté igual.

—Bien, pero si voy a hacer esto, necesito ayuda.

Lo miré de reojo.

—Tú empezaste.

No respondió, pero se levantó también.

Y eso fue suficiente.

No fue un orden real.

Fue más bien mover cosas de un lugar a otro, abrir cajas sin terminar de vaciarlas, decidir dónde iban algunas cosas y cambiar de opinión dos minutos después.

Pero no importaba.

Porque no estaba sola.

—¿Siempre eres así de desorganizada? —preguntó, sosteniendo un libro como si no supiera dónde ponerlo.

—No —respondí rápido—. Solo cuando mi vida está un poco… en pausa.

Le quité el libro de las manos y lo dejé sobre una mesa improvisada.

—O cuando intento no pensar demasiado.

Corrigí.

Tomás asintió levemente.

—Eso tiene más sentido.

Lo miré.

—¿Siempre analizas todo?

—No.

—¿Entonces?

—Solo lo que veo.

Fruncí el ceño, pero no insistí.

Había cosas en él que no se explicaban fácilmente.

Y, por alguna razón, eso ya no me incomodaba tanto.

Un rato después, el departamento seguía lejos de estar ordenado, pero al menos ya parecía más habitable.

Había un espacio libre en el suelo, algunas cosas en su lugar y menos cajas cerradas.

Progreso.

Me dejé caer en el sofá improvisado otra vez y solté el aire.

—Creo que eso es todo lo que puedo hacer por hoy.

Tomás miró alrededor.

—Es suficiente.

—Eso dijiste antes.

—Sigue siendo cierto.

Sonreí levemente.

El silencio volvió, pero esta vez vino acompañado de una calma distinta. Más liviana.

Apoyé la cabeza hacia atrás y cerré los ojos un segundo.

Y ahí fue cuando lo sentí.

Ese pensamiento.

Ese impulso.

Abrí los ojos y giré la cabeza.

Tomás estaba más cerca de lo que recordaba.

No mucho.

Pero lo suficiente.

Lo suficiente para notar detalles que antes no había visto con tanta claridad. La forma de su mandíbula, la leve sombra bajo sus ojos, la manera en que su expresión cambiaba apenas cuando no estaba hablando.

Tragué saliva.

—Gracias —dije de repente.

Me miró.

—¿Por qué?

—Por quedarte.

Silencio.

No respondió de inmediato.

Pero tampoco apartó la mirada.

—No es nada.

—Sí lo es.

Lo sostuve.

Porque lo era.

Porque alguien que se queda, cuando no tiene que hacerlo, siempre es algo.

Algo importante.

El aire cambió.

Otra vez.

Más denso.

Más… presente.

No sé quién se movió primero.

O si realmente alguien lo hizo.

Pero la distancia entre nosotros se redujo apenas.

Lo suficiente para notarlo.

Lo suficiente para que mi pulso se acelerara.

Bajé la mirada un segundo, como si necesitara escapar de ese momento antes de que se volviera demasiado real.

—Esto es una mala idea —murmuré.



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En el texto hay: vecinos, relación., vecino raro

Editado: 10.04.2026

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