Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 8: Después del ruido

No entré de inmediato.

Me quedé en el pasillo, mirando el lugar donde había estado hace unos segundos, como si algo fuera a cambiar si lo observaba lo suficiente.

Pero no.

Ya se había ido.

De verdad.

Exhalé lentamente, sintiendo cómo el aire volvía a entrar a mis pulmones sin ese peso constante.

—Emilia.

La voz de Tomás me hizo girar.

Seguía ahí.

No se había movido mucho, pero su atención estaba completamente en mí. Como si no hubiera dejado de estarlo en ningún momento.

—Sí… —respondí, todavía un poco desorientada.

Me observó unos segundos más.

—Entra.

No fue una orden.

Pero tampoco una sugerencia.

Asentí y volví a mi departamento, esta vez con pasos más lentos, como si todo mi cuerpo estuviera intentando procesar lo que acababa de pasar.

Escuché la puerta cerrarse detrás de nosotros.

El silencio regresó.

Pero no era incómodo.

Era… necesario.

Me llevé una mano al pelo, pasándola hacia atrás con nerviosismo, y caminé unos pasos sin dirección clara.

—No pensé que… —empecé, pero no supe cómo terminar.

No pensé que iba a venir.
No pensé que iba a decir todo eso.
No pensé que yo iba a poder hacerlo.

Tomás no dijo nada.

Esperó.

Siempre esperaba.

Me detuve frente a la mesa, apoyando las manos en el borde.

—Gracias.

Esta vez mi voz fue más firme.

Más consciente.

Lo miré.

—Por estar ahí.

Él sostuvo mi mirada.

—No ibas a abrir.

Negué levemente.

—No.

—Igual ibas a enfrentarlo.

Lo dudé.

Pero no lo negué.

—Tal vez.

Silencio.

Pero esta vez no se sintió pesado.

Se sintió… compartido.

Me dejé caer en el sofá improvisado otra vez, soltando el aire como si recién ahora pudiera hacerlo bien.

—Siento como si me hubiera sacado algo de encima —murmuré.

Miré al frente.

—Pero al mismo tiempo… no sé qué viene ahora.

Tomás se apoyó en la pared, cruzando los brazos.

—Ahora sigues.

Giré la cabeza hacia él.

—¿Así de simple?

—No —respondió—. Pero es lo que toca.

Lo observé unos segundos.

Había algo en su forma de decir las cosas que hacía que sonaran posibles.

No fáciles.

Pero sí posibles.

Bajé la mirada a mis manos.

Todavía temblaban un poco.

—Tenía miedo de que volviera —admití—. De que no entendiera.

Una pausa.

—De que yo tampoco pudiera.

Levanté la vista.

—Pero lo hice.

No fue una pregunta.

Fue una afirmación.

Y decirlo en voz alta lo hizo más real.

Más mío.

Tomás asintió.

—Lo hiciste.

Algo en mi pecho se aflojó.

Un poco más.

Lo suficiente.

El silencio volvió, pero esta vez tenía otro tono.

Más suave.

Más cercano.

Tomás se acercó un poco más, sin apurarse, como siempre. Como si cada paso estuviera medido, pero no calculado.

Me di cuenta de que ya no me tensaba cuando lo hacía.

Al contrario.

Había algo en esa cercanía que ya no me hacía querer retroceder.

Levanté la mirada.

Estaba más cerca ahora.

Otra vez.

Como en la noche anterior.

Pero distinto.

Porque esta vez no había interrupciones.

No había ruido.

No había pasado invadiendo el momento.

Solo nosotros.

Y eso lo hacía más claro.

Más difícil de ignorar.



#5549 en Novela romántica
#1496 en Chick lit

En el texto hay: vecinos, relación., vecino raro

Editado: 10.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.