Justo al otro lado del pasillo

Capítulo 9: Después de cruzar la línea

El silencio después fue distinto.

No incómodo.
No vacío.
Pero tampoco tranquilo.

Era ese tipo de silencio que aparece cuando algo cambia y todavía no sabes cómo acomodarlo.

Me separé apenas, lo suficiente para recuperar el aire, pero no tanto como para fingir que nada había pasado.

Porque había pasado.

Y no podía ignorarlo.

Bajé la mirada por un segundo, intentando ordenar algo dentro de mí. No pensamientos, no exactamente. Más bien… sensaciones.

Demasiadas al mismo tiempo.

—Emilia… —dijo Tomás.

Su voz fue baja.

Cauta.

Levanté la vista de inmediato.

—No —lo interrumpí suavemente—. No digas nada.

No porque no quisiera escucharlo.

Sino porque temía que cualquier palabra cambiara el momento.

Que lo hiciera más real de lo que ya era.

O peor… que lo volviera algo que tenía que entender.

Y no quería entenderlo todavía.

Quería sentirlo.

Solo un poco más.

Tomás se quedó en silencio.

Pero no se alejó.

Nunca lo hacía.

Y eso, otra vez, lo hacía más difícil.

Respiré hondo y me pasé una mano por el pelo, intentando volver a algo más estable.

—Esto… —murmuré— no estaba en mis planes.

Solté una pequeña risa, sin humor.

—Ni siquiera cerca.

Él inclinó levemente la cabeza.

—No todo tiene que estarlo.

Lo miré.

—Eso suena bien en teoría.

—Y en práctica.

Negué suavemente.

—No siempre.

El aire volvió a tensarse un poco.

No por él.

Por mí.

Por lo que sabía que venía después.

Porque el problema nunca había sido sentir.

El problema era lo que pasaba después.

Di un paso atrás.

Pequeño.

Pero suficiente.

Tomás lo notó.

Claro que lo notó.

—No es por ti —dije rápido.

Demasiado rápido.

—Lo sé.

Eso me detuvo.

Parpadeé.

—¿Lo sabes?

—Sí.

Su respuesta fue simple.

Pero no indiferente.

—Entonces… —dudé—. ¿Por qué no dices nada?

Hubo una pausa breve.

—Porque no tienes que decidir ahora.

El pecho me dio un pequeño golpe.

No fuerte.

Pero sí preciso.

—¿Y tú? —pregunté.

Mi voz salió más baja.

—¿No tienes que decidir nada?

Me sostuvo la mirada.

—Ya lo hice.

Tragué saliva.

—¿Qué decidiste?

Silencio.

Un segundo.

Dos.

—Quedarme.

Otra vez esa palabra.

Quedarse.

Como si fuera tan fácil.

Como si no implicara todo lo que yo sabía que implicaba.

Bajé la mirada.

—No sé si puedo.

La confesión salió más suave de lo que esperaba.

Más honesta también.

—No después de todo.

No dije más.

No hacía falta.

El pasado seguía ahí.

Aunque ya no estuviera frente a mi puerta.

Tomás no se acercó.

Pero tampoco se alejó.

—No tienes que poder ahora.

Levanté la vista.

—¿Entonces cuándo?

Se encogió de hombros.

—Cuando dejes de intentar controlarlo todo.

Solté una pequeña risa.

—Eso no va a pasar pronto.

—No tiene que ser pronto.

Silencio.

Pero esta vez no era incómodo.

Era… claro.



#5549 en Novela romántica
#1496 en Chick lit

En el texto hay: vecinos, relación., vecino raro

Editado: 10.04.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.