No lo vi al día siguiente.
Y eso… fue extraño.
No porque esperara verlo.
Sino porque, de alguna forma, me había acostumbrado.
Al pasillo.
A los encuentros casuales.
A esa sensación de que, aunque no lo buscara, iba a estar ahí.
Pero no.
Ese día no.
Salí temprano, más por necesidad que por rutina. Necesitaba aire. Movimiento. Algo que me sacara de mi propia cabeza.
Porque quedarme significaba pensar.
Y pensar… significaba volver a ese momento.
El beso.
Cerré los ojos un segundo mientras caminaba por la vereda.
No.
No iba a empezar con eso.
No hoy.
Volví al departamento cerca del mediodía.
El pasillo estaba vacío.
Silencioso.
Igual que siempre.
Pero distinto.
Abrí la puerta y entré sin detenerme, dejando las llaves sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.
—Perfecto —murmuré.
No sabía si estaba molesta.
O aliviada.
Tal vez ambas.
Dejé mi bolso sobre una silla y me quedé de pie en medio del departamento, mirando alrededor como si esperara que algo hubiera cambiado.
Pero no.
Todo seguía igual.
Las cajas.
El desorden.
La sensación de estar a medio camino entre irme y quedarme.
Solté el aire lentamente.
—Esto es lo que querías —me dije en voz baja—. Tranquilidad.
Y ahí estaba.
Silencio.
Espacio.
Nadie complicando nada.
Nadie acercándose demasiado.
Nadie haciendo que todo se volviera más difícil.
Entonces, ¿por qué se sentía… vacío?
Fruncí el ceño, incómoda con ese pensamiento.
No.
No iba a depender de eso.
No otra vez.
Me moví de inmediato, abriendo una de las cajas que quedaban sin tocar, como si el simple hecho de ocuparme en algo pudiera ordenar también lo que tenía en la cabeza.
Saqué ropa. Libros. Cosas pequeñas que todavía no tenían un lugar definido.
Intenté concentrarme.
De verdad.
Pero cada tanto, sin darme cuenta, mi mirada se iba hacia la puerta.
Como si esperara algo.
Como si—
Negué con la cabeza.
No.
Basta.
La tarde pasó lenta.
Demasiado.
Intenté leer.
No pude.
Intenté ordenar.
A medias.
Intenté no pensar.
Fracaso total.
Porque cada vez que lograba distraerme un poco, volvía.
La sensación.
El momento.
La forma en que todo se había detenido.
El beso.
Exhalé con frustración y me dejé caer en el sofá.
—Esto es ridículo.
Me tapé la cara con ambas manos.
No era solo lo que había pasado.
Era lo que significaba.
Porque ya no podía fingir que era solo el vecino.
O alguien con quien hablaba para pasar el rato.
Había cruzado esa línea.
Y eso cambiaba todo.
Incluso si intentaba ignorarlo.
Incluso si él no aparecía.
El sonido de pasos en el pasillo me hizo levantar la cabeza de inmediato.
Instintivo.
Sin pensar.
Me quedé quieta.
Escuchando.
Se detuvieron frente a una puerta.
Su puerta.
El corazón me dio un pequeño salto.
Ridículo.
No iba a salir.
No iba a—
La manilla de mi puerta se movió apenas.
Por reflejo.
Como si mi cuerpo hubiera decidido antes que yo.
La abrí.
Y ahí estaba.
Tomás.